NOTAS DE LECTURA. JOSE LUIS PARRA.CIMAS Y ABISMOS (ANTOLOGÍA POÉTICA). EDICIÓN DE ANTONIO CABRERA. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2012

José Luis Parra (1944-2012) comenzó a publicar poesía a una edad avanzada, los cincuenta años, si tomamos con fecha de referencia la publicación de Un hacha para el hielo (1994), porque un libro anterior, Más lisonjero me vi (1986) fue repudiado posteriormente por el propio autor. Sin embargo, a partir de ese año 1994, las ediciones de sus libros se suceden con una frecuencia casi matemática. Cimas y abismos (Antología poética), publicada por Renacimiento en el año 2012, recoge en edición preparada por Antonio Cabrera, una selección de todos sus libros, acompañados por unos inéditos del que, a la postre, fuera su último libro, Inclinándome (Pre-textos, 2012). Pocos días después de que viera la luz, José Luis Parra fallecía víctima de una larga enfermedad. Un poema de este último libro, incluido también en la antología, el titulado «Adieu vive clarté» muestra la resignación con la que se acercaba a su final el poeta: «En el confín de la orfandad,/ cimas y abismos, que tanto me elevaron/ y me hundieron,// por fin caminan juntos/ en una extraña e inquietante calma./ Ah concordia tardía,/ la alegría y la desesperación/ son casi lo mismo». No son muchos los poetas capaces de dibujar un autorretrato tan poco complaciente, en el que sus defectos queden tan desenmascarados, un autorretrato que muestre tan crudamente el proceso de deterioro físico que sufre el poeta, y hablo de autorretrato porque a una gran parte de los poemas recogidos en esta antología los podemos considerar como tales, desde el primer poema recogido, «Invocación al viento de la tarde» hasta «Ciervos escuálidos», que pertenece a Inclinándome, entonces, como he dicho, era aún inédito,. La poesía de José Luis Parra no deja lugar a dudas sobre el grado de importancia que la biografía adquiere en la escritura. De una forma indisociable, ambas comparecen juntas ante el tribunal de lector, aunque conviene dejar claro que también forman parte de la biografía los anhelos, los propósitos, la imaginación o los sueños. Si observáramos en un gráfico los dientes de sierra que traza la curva afectiva veríamos una precisa concordancia con los poemas a que dieron lugar dichas experiencias, porque, como escribe Antonio Cabrera en ese magnífico prólogo mezcla a partes iguales de precisión y afecto «Hay poetas que hacen girar la mayor parte de su tiempo diario alrededor del poema, poetas pertinaces, siempre al acecho…A esta tribu de poetas que hacen que la poesía flote sobre sus vidas ingresó José Luis Parra», como decíamos, en plena madurez vital, cuando es ya mayor el pasado vivido que el futuro que queda por vivir. Este hecho no hace sino confirmar la fe que en la poesía, en la palabra, tenía Parra. El poema resulta ser un espejo en el cual se mira el poeta, y lo que ve no le gusta, hasta el punto de que, en algunas ocasiones, le produce repulsión. En otras, sin embargo, hay una compasiva ternura hacia el hombre que ahora es, sabiendo como sabe cuál fue su pasado. En lo que uno se convierte no es algo que ocurra de forma súbita, sino fruto de un lento proceso de degeneración, más o menos intensa, según las circunstancias. De la conciencia de ese envilecimiento nacen muchos de los poemas de Parra, muchos, pero no todos, porque hay sitio todavía para el amor, para ese «Amor que no se rinde» o para la celebración de la vida, como en «Insurrección en mayo»: «Si vierais, qué belleza,/ siento la insurrección de la alegría,/ cabrillea la luz en mi conciencia ciega». Parra era un enamorado de la vida y de la belleza, pero eso la bebió a grandes sorbos, como si pensara que sólo de esa forma podría disfrutarla en toda su extensión, y era también, en sus últimos años, cuando lo vi por última vez, en Valencia, un hombre vencido por la enfermedad, desahuciado que, sin embargo, no renunciaba a dejar por escrito sus vivencias, vivencias escritas en las que no se dejaba vencer por el patetismo y la sensiblería. Parra siempre fue un poeta muy consciente de su oficio y su autoexigencia, aun en los momentos más difíciles, no le abandono nunca. Sus poemas destilan autenticidad, una autenticidad que el lector percibe al instante, pero también hay un sordo trabajo con la palabra, más sutil, mas subterráneo, que es el que logra que esa autenticidad parezca tan natural. La publicación de esta antología es un completo acierto, teniendo en cuenta la inaccesibilidad de los primeros libros de Parra, publicados en cuidadas ediciones regionales, de poca repercusión más allá de su propio ámbito geográfico. No será hasta que empieza a publicar en la editorial Pre-Textos (a partir de Los dones suficientes, en 2002) cuando su poesía consigue una mayor difusión. Yo creo que leer a José Luis Parra resulta imprescindible para cualquiera que pretenda ser poeta, esté o no de acuerdo con ese absorbente confesionalismo, con esa sintaxis directa, con ese decir sin eufemismos. Si hay alguna verdad en ese concepto de la poesía como salvación moral, la encontraremos sin lugar a dudas en la poesía verdadera de este inmenso poeta que tanto echaremos en falta.  

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