TRIVIUM: LA GARÚA

ARIADNA G. GARCÍA. HELIO; CARLOS VITALE. FUERA DE CASA Y NURIA RUIZ DE VIÑASPRE. PENSATORIUM

Resulta realmente digno de admiración el esfuerzo que está realizando un conjunto de editoriales modestas, diseminadas por nuestra geografía, por seguir publicando poesía —una empresa ruinosa, como se sabe— con la pulcritud y la belleza inherentes a este género. Decía Juan Ramón algo así como que un mismo libro dice cosas diferentes dependiendo de cómo esté editado. Yo no me atrevería a ser tan taxativo, pero sí creo que la calidad del continente beneficia de forma extraordinaria al contenido. La Garúa —una editorial cuyo responsable sabe cuidar todo el proceso de edición con profesionalidad, pero también con mimo, con ilusión, con humildad y convicción, sabiendo como sabe que está trabajando con algo muy delicado y  frágil— lleva desde el año 2004, con alguna interrupción, involucrada en la tarea de asentarse como una editorial independiente, es decir, asumiendo los muchos inconvenientes que esa independencia conlleva, pero también, amparándose en su autonomía, gozando de una libertad de decisión que poco tiene que ver con los dictados del mercado (poesía, por otra parte, y mercado forman un socorrido oxímoron) ni con sinecuras institucionales. Con esta libertad ha ido construyendo un variado catálogo poético que se acerca ya a la cincuentena de libros, lo que tiene un innegable mérito en los duros tiempos que corren.

Helio hace el número 48 de la colección y es, por el momento, el último libro que ha salido de la factoría de La Garúa. De su autora, Ariadna G. García quien esto escribe ha tenido el placer de leer alguno de sus libros anteriores, como Napalm (2001), Apátrida (2005),  y La guerra de invierno (2013), un excelente poemario que obtuvo el Premio Miguel Hernández.  Pocos meses después llega a las librerías este nuevo libro que desmenuza las fases de una historia de amor de forma directa, con un lenguaje apegado a la realidad, sin hacer concesiones a la retórica de carácter digresivo o a la indagación metafísica. Aquí los sentimientos están a flor de piel, lo que, muy probablemente, algunos lectores agradecerán, aunque otros, entre los que me encuentro, hubieran preferido que los versos trasmitieran un mayor ahondamiento en la intimidad emocional, que dieran fe de un conflicto que, sin poner en duda la naturaleza trágica de la ruptura, aquí da la impresión de estar muy mitigado por el distanciamiento temporal, lo que repercute en una frugal angustia existencial, en una moderada fiebre de desamor. Escribir sobre un tema como éste, no está exento de dificultades ni de recovecos. El peso de la tradición es enorme, como lo es el riesgo de caer en tópicos o en las arenas movedizas del patetismo (no está de más recordar aquí que muchos de los grandes poetas de todos los tiempos, han cantado su propia idea del enamoramiento, más que a la persona de la cual estaban enamorados). Acaso para sortear estas trampas —en las que, conviene decirlo ya,  Ariadna no cae— la autora no haya encontrado mejor forma de hacerlo que utilizando un tono bajo, como de confesión, sin recurrir al efectismo del arañazo y la sangre. Y, seguramente, no le falta razón para hacerlo así, a tenor del desconcierto y el arrobo que producen ciertos libros, algunos primerizos y otros no tanto, en los que la vanidad induce al poeta a sentirse, alternativamente,  el hombre más feliz del mundo o el más maltratado por el destino y, lo que es peor, esa vanidad le instiga a contarlo. Como he dicho, Ariadna G. García no padece estas anomalías emocionales. Dejando a un lado esta observación, Helio es un libro estructurado de tal forma que va dando cuenta de los altibajos que sufre la relación amorosa, en función de la presencia o de la ausencia del ser amado, algo que explican con precisión los dos últimos versos del libro: «La realidad pervive en dos estados/ que no son excluyentes». El libro está dividido en cinco secciones más un poema final que es, además, una poética, una justificación del título del libro, Helio, porque «Lo que fuimos y somos,/ como le ocurre al helio, nos conforma». El descubrimiento del amor como razón de vida ocupa «Naturaleza mística», aunque la dicha no dura demasiado y esa fugacidad da paso a cinco poemas elegíacos que conforman la segunda sección, «Elegías», en las que se canta, como decía Machado, lo que se pierde: «De ti sólo me queda este silencio/ de especie que se extingue», escribe en la «Cuarta elegía». Un interregno de poemas en prosa forma la tercera sección, poemas que parecen provenir de un tiempo de desconcierto, de un compás de espera previo a la decisión final, a la toma de conciencia de la identidad. «El deshielo», la cuarta sección es más heterogénea. No hay elegías  y los poemas celebratorios están más apegados a la inmediatez del instante, como el «Poema del aniversario», motivo éste que sirve de pretexto para que el personaje que Ariadna G. García construye en el poema se funda con el sujeto de su amor, hasta el punto de que su identidad fragmentada se recompone gracias a la mirada ajena: «Con qué empeño tu amor/ me va recomponiendo/ igual que se restaura/ una vasija griega/ en un museo». Los poemas que componen la última parte del libro, «Historia de un derecho», enfocan desde un punto de vista social y reivindicativo, fruto sin duda de un choque con la realidad histórica que compromete la existencia de los enamorados, el decurso del amor, una realidad histórica que, por fortuna, al menos en ese aspecto, ha mejorado sustancialmente, lo que no invalida, sino todo lo contrario la ácida crítica de la que es objeto ese sector de la Iglesia arcaico y conservador en el poema «La venda púrpura», que finaliza con estos versos: «No entenderé en la vida/ la falta de conciencia de su tiempo/ que tienen los prelados».  Como se ve en este libro, no siempre es necesario el fin del amor para que comience el poema. Al fin y al cabo, los poemas se escriben con palabras y el júbilo no tiene porqué conducir a la afasia.

Que el poeta necesita explicarse a sí mismo y a los otros su conflictiva relación con la realidad es algo difícil de negar. Que esta sea la razón que le lleva a manifestar por escrito las contrariedades y vicisitudes sufridas en dicha relación no parece tampoco albergar ninguna duda. En unos casos lo hace con una economía del lenguaje extrema y en otros por medio de un derroche imaginativo, eso dependerá de las correspondencias que el poeta establezca entre experiencia y lenguaje, entre palabra y emoción. Carlos Vitale (Buenos Aires, 1953) es autor de una numerosa obra poética —Códigos (1981), Noción de realidad (1987), Confabulaciones (Premio de Poesía Ciudad de Zaragoza, 1992) y Autorretrato (2001), todos ellos recogidos en Unidad de lugar 19811998 (Candaya 2005) y es, también, un reconocido traductor de poesía catalana y, fundamentalmente, de poesía italiana, galardonado en repetidas ocasiones. Autores como Dino Campana, Eugenio Montale, Ungaretti o Umberto Saba han sido vertidos magistralmente al castellano gracias a la vocación y la pericia de su pluma. Esta labor de traductor, así como las referencias culturales que lleva aparejadas, ha influido de forma más o menos subterránea en la propia escritura y para confirmar esta conjetura basta con leer, Fuera de casa, el número 46 de la colección La Garúa. El hermetismo y la austeridad en el decir propio de algunos de los poetas italianos que antes he enumerado ha dejado su huella en los poemas de este libro, lleno de referencias espaciales, de lugares de paso que sirven como escenario para representar el chispazo, la intuición que lo da forma. Como en el haiku, aquí parece primar no el pensamiento, sino la impresión del instante, una visión fugaz que queda inmovilizada, suspendida en el tiempo gracias a unas pocas palabras, igual que el pintor eterniza un gesto con un trazo, con una pincelada. Sirvan estos ejemplos tomados al azar: «Encaramado al suelo/ tienta las estrellas», del poema «Vasco Szinetar, el funambulista» o «Intento ver con los ojos de un muerto» del poema «En el cementerio de Micenas». No tengo intención de polemizar sobre los géneros literarios,  pero creo que muchos de estos breves poemas, algunos compuestos por un solo verso, podrían encajar sin ningún problema en un libro de aforismos, tan frecuentes, por otra parte, en los últimos tiempos. ¿No les trasmiten similar desasosiego e inquietud que una sentencia versos como «Cuídate de quien te ama» o «La mano cobriza de las hojas viste de otoño bienes y raíces», de los poemas «Montseny» y «En la tumba de Agamenón» respectivamente? A pesar de la desnudez expresiva es imposible que no resuenen como un eco en una mente alerta que indagará en lo profundo de su memoria para enriquecer su experiencia de la realidad. Fuera de casa —el título es acertadísimo—  es un libro que conviene abrir al azar, porque cada página, a pesar de la brevedad de los poemas, nos dará motivos sobrados para reflexionar sobre lo escrito. En muchas ocasiones, menos es más. Esta es una de ellas.

 

A Nuria Ruiz de Viñaspre (Logroño, 1969) uno la conoce por sus dos últimos libros publicados, Orbita cementerio (2011) y Tabula rasa (2013) escrito con Ana Martín Puigpelat, pero es una poeta que goza de una larga y consistente trayectoria, desde 1999, año en el que publicó su primer libro, El mar de los suicidas. Pensatorium es su nuevo libro y, como los anteriores, está publicado por la meritoria editorial La Garúa. Los tres libros que comento se insertan en tres tradiciones poéticas distintas, opuestas incluso, lo que no hace otra cosa que revelar la amplitud de miras con la que los responsables de la editorial se enfrentan al acto poético, con absoluta libertad, sin estar subordinados sus planteamientos a estéticas o corrientes determinadas, reflejando la  diversidad de estilos y tendencias que conviven hoy en el panorama poético español.

Este verso: «El lenguaje es la realidad suprema», en el que no es difícil advertir ecos de Wallace Stevens, puede servir al lector de pauta para vislumbrar el alcance de la experiencia poética que se desarrolla en estos poemas., poemas en los que asistimos a una lucha por traspasar los límites de la expresión, en los que percibimos la tensión entre el decir y lo dicho, entre lo pensado y lo escrito. Esta tensión («El lenguaje es el resorte de la seducción/ pero el lenguaje no es suficiente») aumenta o disminuye en la misma medida en la que la poeta intenta convertir asuntos cotidianos o circunstancias personales en conflictos puramente lingüísticos, algo que nos recuerda al viso más filológico de Nietzsche.  La percepción de la realidad está sometida a la forma en la que el lenguaje la aprehende, pero no es la única sumisión que padece. Hay que tener en cuenta cómo la conciencia de esa realidad —y de su opuesto, la irrealidad, lo imaginario— dirime sus propias incertidumbres antes de verbalizarse, en ese rincón de la mente en el cual el lenguaje todavía no se ha corporizado. Sólo teniendo en cuenta la suma de variables —no se puede obviar tampoco la construcción social tanto de la personalidad como de la lengua— el poema podrá representar la intensidad de la emoción, dentro de los límites que el propio lenguaje impone a la palabra, como testimonian estos versos: «en cuanto decimos perdemos la dicho/ y las palabras dichas se disuelven como/ un cadáver de medusa se diluye bajo el sol no dicho»

Pensatorium supone un escalón más hacia la profunda altura de lo indecible, hacia la hondura celeste de lo impensable que Nuria Ruíz de Viñaspre está llevando a cabo en sus últimos libros. Esta ardua indagación, este sumergirse en uno mismo, este crecer hacia dentro del que hablaba Octavio Paz no es un camino fácil. Exige una convicción a prueba de decepciones, porque los hallazgos se diluyen en la propia búsqueda y no está muy claro dónde están los límites de la experiencia y dónde los del lenguaje. Cuando estos desaparecen, cuando los márgenes son indistinguibles acaso la mudez, el no decir sea la única opción, porque como escribe la autora: «Escribo. Escribo y borro. Escribo y borro. Escribo y borro».  En este proceso de tachado, de afirmación y negación, de indefinida claridad oscura se engendra el poema, en puridad sólo lenguaje, y esto es lo que debe importarnos a la hora de abordar el nada condescendiente argumento de este libro.

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