ADELA SAINZ ABASCAL. ESA EXTRAÑA, LA LUZ. EDITORIAL RENACIMIENTO,  2014

Han pasado casi diez años desde la publicación del anterior poemario de Adela Sainz, Cartografía del silencio (2005), y a uno le apetecía ver ya en forma de libro los poemas que con tanta delectación ha escuchado en innumerables lecturas durante este largo silencio sólo editorial. Intervalo temporal que, conviene decirlo ya, se ha visto recompensado por la hermosa edición que ha hecho la editorial Renacimiento. Esa extraña, la luz afianza la poética de Adela Sainz porque es un libro macerado por el paso del tiempo y por el trabajo de selección que la poeta ha realizado tan calladamente, y eso se nota en la naturaleza lírica de los poemas, en la contención expresiva, en la desnudez de un lenguaje tan sugerente como riguroso. El carácter simbólico que posen una gran parte de los poemas de este libro —algo que podemos comprobar desde el primer poema, «Albada», en el que la ambigüedad consustancial a la sombra que desaparece con el clarear de la amanecida se identifica, en un sugerente contraste, con la luz del día— no se alcanza por medio de una retórica grandilocuente o por el abuso de conceptos abstractos, tan del gusto de cierta poesía irracional. Muy al contrario, estos poemas están construidos con palabras sencillas, cotidianas y, sin embargo, con estas humildes herramientas la autora logra trasmitirnos una grave sensación de fragilidad, de incertidumbre, de zozobra, pero también de esperanza, de agradecimiento existencial, como en el poema titulado «Puro goce este rayo».

Preceden a las tres partes en las que está dividido Esa extraña, la luz, dos poemas únicos poemas, el ya citado «Albada» y «Alucinación», un velado homenaje a José Hierro, poeta con el que Adela Sainz mantuvo una larga y fecunda amistad. Es este, sin duda, uno de los poemas más enigmáticos del libro, porque parece estar escrito desde un lugar intermedio entre la realidad y el sueño, entre el aquí y el más allá, lugar éste último en donde «Puede/ que el tiempo/ también habite». Como el título del libro sugiere, la luz es el eje sobre el que giran todos los poemas. Una luz, sin embargo, que lejos de simbolizar la verdad, la razón o la claridad, remite a al claroscuro, a lo indeterminado, a las manchas más que a las formas perfiladas. El poema con el que finaliza esta primera sección, «Golpe de sol» resume, a mi modo de ver, el sentido de la especulación inicial. La poeta se acoge a la intimidad de una luz morigerada, casi enfermiza, la que proporciona el sol del invierno: «Desde el invierno/ no se acaba el abismo./ Regresará diciembre/ con su golpe frío de sol. / Y la extrañeza de esa luz», tal vez porque el exceso de luz, de la luz del verano, termina cegando más que esclareciendo la mente.

«Luminaria» se titula la segunda parte. En ella las variaciones de la luz y su distinta manera de incidir en la realidad siguen presentes, pero coexiste con otro hilo argumental, el de la reflexión sobre el acto de la escritura, más en concreto, sobre la presunta validez de las palabras para reflejar en la página en blanco el calado del pensamiento o, lo que es lo mismo, sobre la desconfianza en que el lenguaje, a pesar de las imaginativas asociaciones que suscita, sea capaz de trasmitir adecuadamente la compleja  experiencia de la vida íntima, «La insoportable lucha con las palabras y los significados», de la que hablaba Eliot. Cuando la poeta, tras horas o días de búsqueda, percibe que una determinada palabra y no otra es la que debe ocupar el lugar en el poema, se produce algo parecido a un chispazo, a un relámpago. Un fugitivo instante de luz primordial, eso es la intuición que regala la palabra. La identificación entre luz y poesía —aunque ya he dicho que se trata de una luz tamiza, recóndita, que parece llegar de un lugar remoto— me parece uno de los aciertos fundamentales de este libro. El poema es el escenario de la indagación, y ésta se transforma, como ocurre siempre cuando uno se interna en lo desconocido, en un arduo andar a tientas, «Los ojos saben lo que dicen,/es el embuste de la primavera/ en febrero/ con su herida de sol en los ojos/ y las legañas del frío en las manos. Es esta luz y no otra, la de ahora», escribe en el poema «Esta luz y no otra».

En «Tratado de paz», la tercera y última parte del libro, el armisticio se ha consumado. Ese pacto entre la luz y la escritura, como constatan los versos de Ángel Crespo que sirven de pórtico a la sección: «Morir será como cerrar el libro,/ mas no será como apagar la luz», supone un compromiso de redención —¿o de rendición?— por parte de la poeta. La extraña luz, la luz fantasmal —como la que emite la luna en ese poema, «Perro ladrando a la luna», escrito bajo el amparo de García Lorca y de Quirós y que uno relaciona con los versos del poeta persa Rumi cuando escribe: «Solamente recuerda que la luna está en el cielo y no en el agua»— toma las riendas, dicta sentencia, gobierna sobre los propósitos. Aunque no se trata, en rigor, de una poesía confesional, en estos poemas últimos parece más evidente que están construidos sobre fragmentos de biografía. No importa, por supuesto, si, como expresan los versos del poema «Salto en el tiempos», esas imágenes están relacionadas con algo real. Los configura una verdad del corazón, un inconformismo interior que se rebela contra esa apariencia de realidad, y esto es lo que más nos llama la atención de este libro, el cómo, desde una posición aparentemente neutral, en la que parece no existir un personaje protagonista, Adela Sainz consigue hacernos cómplices de una intimidad ajena, pero que sentimos como nuestra. Algo de mágico deben tener estos poemas para someternos a tal hechizo sin darnos cuenta, y eso que, siendo sinceros, ya estábamos avisados desde el principio. En uno de los primeros poemas, el titulado «Argucia» nos lo avisa: «Se acabó la letra pequeña,/ esconderse en cláusulas con trampa,/ la mirada turbia del polvo en los ojos./ Busca la luz, intuyendo que, detrás,/ está la sombra, lo oscuro».

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