LUIS BAGUÉ QUÍLEZ. PASEO DE LA IDENTIDAD. XII PREMIO EMILIO ALARCOS. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA.

El problema de la identidad parece ser uno de los asuntos más debatidos en la actual poesía española —y en la literatura, en general— tanto por los poetas más jóvenes como por significados miembros de generaciones precedentes, y si alguien conoce en profundidad las maneras de abordar esta cuestión, ese es Luis Bagué Quilez, porque a su condición de poeta hay que añadir la de crítico literario en distintos medios de comunicación y la de reconocido especialista en la poesía de las últimas décadas escrita en nuestro país. Que estas actividades están entrelazadas sin posibilidad de escisión es algo que nadie parece cuestionar hoy en día. Creadores de indudable prestigio tanto poético como crítico lo han justificado en diferentes contextos. Basta recordar a Auden o a Charles Simic, quien llega a afirmar en uno de sus relatos autobiográficos que él «Quería escribir un libro que no fuera de ensayos ni de prosa ni de poemas en prosa —sino algo hecho de todo tipo de cosas distintas. Hay párrafos que son prosa expositiva, historia del arte, crítica…párrafos que suenan como poesía en prosa, fábulas, anécdotas, sabrá Dios qué más», y es que la frontera entre el ensayo y la poesía, en muchos casos, resulta imposible de discernir, hasta tal punto que las opiniones que vierte el poeta en su función de crítico sobre determinado autor objeto de estudio, en gran parte comulgan con la prescripción estética que gobierna su propia poesía. Si damos por sentado esta premisa, no será difícil encontrar vínculos evidentes entre algunas de las tesis defendidas en el libro Malos tiempos para la épica. Última poesía española. (2001-2012) del que es editor, junto al también poeta Alberto Santamaría, y su último libro de poemas, Paseo de la identidad. Nos referimos en concreto al uso de la ironía, «un recurso capaz de dar cuenta del mundo exterior y de superar las contradicciones inherentes a la actividad artística», pero también al apartado en el que los editores describen el particular diálogo que lleva en su seno el fragmento: «El fragmento no es la negación del sentido, sino la afirmación de un sentido que desaparece cuando estamos a punto de apresarlo. Se trata de la afirmación constante de un tiempo situado en el interior de una cadena de la que desconocemos el antes y el después.»

El cambio de rumbo que Luis Bagúe ha experimentado en su escritura con este libro, sin ser drástico —alguna evolución se percibía ya en su anterior libro, Página en construcción— no deja de ser acusado y digno de elogio porque, en esencia, toda asunción de riesgos supone cierta temeridad, algo que muchos creadores, acomodados a reglas fijas,  no están dispuestos a asumir. Así, la apuesta que Bagué hace por el discurso fragmentario, con las variantes interpretativas que conlleva (aunque haya aún significativas muestras de poesía discursiva, como en el poema «Oración en Starbucks» o «Biología marina», de la primera parte) y la carencia de un continuum de carácter temporal exigen al poeta una tensión creativa permanente y una formidable capacidad de asociación, lo que obliga al lector a practicar una lectura desprejuiciada que en más de una ocasión le conducirá a lugares absolutamente desconocidos.  El sentido del humor y la ironía, a pesar de que el poeta afirme lo contrario («No hay más de lo que ves./ Ni rastro/ de ironía, ni sombra/ de argumento.), resulta evidente en la alteración de frases hechas que abundan en algunos poemas, como, por ejemplo, «Nunca será soluble la belleza», «Nadie bebe dos veces/ la misma mezcla Starbucks» o «Lo prometido es agua/ corriente en pagarés de deuda extrema». La influencia de algunos iconos de la cultura de masas norteamericana no se esconde, aunque está al servicio de la idea argumental del libro, no es un mero soporte, sino un atributo de la identidad en crisis no sólo del poeta, sino de la sociedad en su conjunto. Esa ironía aparece también en la crítica soterrada que se realiza a determinadas modas que pretenden rebatir los modos del consumismo desmedido, reflejadas aquí en el turismo ecológico, una especie de lenitivo, de compensación que aletarga la mala conciencia.

Como decía, menudean las estrofas compuestas por uno o dos versos de carácter sentencioso (quizá el poema «Palo alto» – sin duda, un velado homenaje a Kenneth Rexroth— sea el ejemplo más extremo). Podríamos considerarlos como aforismos si no fuera porque están supeditados a un contexto del poema, pero hay versos que indudablemente producen ese efecto al parodiar pensamientos ajenos que pertenecen ya a nuestro acervo cultural, como el quevediano «No cambia lo que solo se transforma./ Solo lo que ha cambiado permanece» o el goyesco «El sueño del dragón produce monstruos». La última parte del libro, titulada «Escala real» incide en un tema muy querido por Bagué y por otros poetas coetáneos, el del cine y todo lo que comporta (un joven poeta, Martín Bezanilla ha titulado su estupendo primer libro Cine), desde la virtualidad de lo real hasta las diversas formas en las que la apariencia escenifica la verosimilitud. Planos secuencia, imágenes de carácter narrativo, dislocaciones temporales no logran responder a esta pregunta tan candente: «Qué diferencia ves/ entre la filmación y lo filmado?». La ironía sigue siendo una artimaña perfecta para construir esa identidad que se ve vulnerada por una globalización que incide hasta en lo más profundo de la intimidad del ser humano. Acaso por esa razón, el distanciamiento que facilita el humor sea la mejor arma autodefensiva, ahora que se cuestiona, no sin razón, la utilidad de las palabras. Como escribe Luis Bagué el último penúltimo poema del libro, «Lenguas modernas»: «Las palabras que nos salvan la vida/ son las mismas que pueden condenarnos a muerte».

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