LORENZO OLIVÁN. NOCTURNO CASI. TUSQUETS  EDITORES, 2014*

«No existe Dios. Al menos/ no el Dios que crea y en que cree el hombre.// Pero existe lo hondo, que te llama/ —como los precipicios—/ desde tu propia tumba.// En donde espera». Con estos versos finaliza Nocturno casi, el último libro de Lorenzo Oliván, pero el  hecho de comenzar con ellos este comentario obedece, no a un deseo de resaltar la presunta religiosidad del libro, sino todo lo contrario, porque el autor desconfía de un creador omnisciente y pone el énfasis en el hombre como sujeto de esa creación, capaz de encontrar sentido a la existencia en su relación con las cosas, no a pesar de ellas. Nos encontramos ante unos poemas que si algo poseen de religioso es sólo en el sentido etimológico de la palabra, es decir, en su significado de religar, de unir, de entretejer —como ocurre en el poema titulado «Hilo de nadie» (título también de su anterior poemario) — «sin fin astros ficticios/ y tender esa red hacia la vida/—la más preciada presa—/ sin descubrir jamás quien caza a quién.» Astros o estrellas como los de Rilke, que se precipitan en el abismo a pesar de su elevación, un contraste que veremos repetido a lo largo de estos poemas en los que existen, pensamos, suficientes evidencias para rastrear la influencia de Rilke y del Juan Ramón transterrado, devotos de una religiosidad sin fe, que Oliván encauza hacia las leyes invisibles que gobiernan el mudo real, el mundo de lo visible. La tensión poética que provoca este conflicto, éste llegar hasta los límites de lo decible se hace más patente cuando el poeta trata de afirmarse en lo transitorio de todo ser. «¿Por qué la luz hiriente de los astros/hace que se derrumbe con más ímpetu/ la noche sobre ti// y te da altura?», una altura que, paradójicamente, se encuentra en lo hondo, en lo profundo, donde se atrinchera la raíz.  La palabra y la vida ansían una unidad que resulta impracticable, por eso se alternan los momentos de júbilo en los que parece rozarse esa percepción —el poema «Unidad» es un buen ejemplo— con otros más pesimistas — el poema «Contra ese fondo» ilustra este aserto—, hasta alcanzar una especie de equilibrio, un vitalismo que recuerda en sus momentos más álgidos al Jorge Guillén complacido con su destino, aunque aquí no se desestime la parte menos amable de la realidad. Pero Nocturno casi no remite, como podríamos suponer por todo lo expuesto, únicamente a coordenadas vitales, sino a una vinculación de carácter ontológico entre el autor y su obra, lo que significa que poeta y poema se construyen a la par, cuando uno crece lo hace el otro, cuando uno se abisma, el otro cae en lo hondo. De esa nocturnidad, de ese espacio que no llega a serlo, que tiene unos límites difusos —«límites que no he de hallarte/pues aquí no los tienes»—provienen las imágenes que habitan los poemas de Lorenzo Oliván, como podemos comprobar desde «Desbandada», el primer poema del libro, en el que el poeta reflexiona sobre qué rasgos de la identidad permanecen en la página y cuáles se pierden en la desbandada de las palabras. Acaso para no quedar a la intemperie, a merced de la singularidad perversa de los significados o para distanciarse de posibles analogías ineficaces, los primeros poemas del libro los protagoniza una segunda persona que, posteriormente, se transforma en un yo recluido en su propia visión del mundo—«Escapando de mí/ fui más yo mismo» escribe en el poema «Raíz y huida»—, un yo que vuelve a ser un tú, incluso en un mismo poema, como ocurre en «Ardua Trama». Podemos interpretar esta transformación como ejercicios de aproximación a la realidad, a las cosas que la constituyen, ejercicios asistemáticos, guiados en la mayor parte de la ocasiones por intuiciones más que por certezas. Por la misma razón, se alternan poemas de carácter más narrativo —y no me refiero sólo a los poemas en prosa, porque el titulado «Una alucinación» (con Hierro al fondo) comparte densidad narrativa con misterio— con otros en los que la dicción se adelgaza como si se observara el entorno no con un catalejo, sino con un microscopio. El poeta es, como el Salinas de El contemplado, quien contempla, pero también lo contemplado, «el mar más mar aún pasado el límite» (asoma por ahí solapadamente la interpretación de carácter metafísico sobre la visión de Berkeley). Sólo de esta forma Oliván puede conseguir la ansiada unidad entre el mundo y el hombre, sólo así puede forjarse una identidad en la que se concilien los resultados con los propósitos, desdeñando la opinión de la mirada ajena, escrutadora, inmisericorde, como describe, no sin cierta ironía —algo que recuerda al Valente más irreductible— en el poema «Formas de la erosión»: «Perdón por no ser yo,/ por no estar a la altura/ de mi imagen de gato con imanes» (qué inquietante imagen construyen estas palabras).  La fidelidad a un lenguaje personal en el que no hay manierismos verbales ni falsas abstracciones, unida a una rigurosa forma de entender la creación poética nos demuestra que la evolución artística precisa de un lento aprendizaje en el que la mirada interior hacia las propias inquietudes es el paso ineludible para comprender nuestro lugar en el mundo. Lorenzo Oliván alberga la sospecha de que no se puede llegar al fondo de las cosas, por eso excava y excava con sus poemas, hasta llegar a ese centro que está tan alto.

*Reseña publicada en el núm. 110 de la revista Clarín. Revista de nueva literatura. Dirigida por José Luis García Martín.

Anuncios