EL ARTE DE VOLAR. REVISTA LITORAL, Nº 256. MÁLAGA, 2013

Para quienes padecemos de vértigo o tenemos mal de altura, el mero hecho de programar un viaje en el que sea imprescindible utilizar el avión supone días y días de angustia, sofocada sólo en el momento del aterrizaje. Cuando regreso, intento juramentarme con las circunstancias para no repetir la experiencia. Uno intente corregir esa aversión, incomprendida por familiares y amigos más temerarios, siguiendo determinados pasos, capaces, en teoría, de ir paliando los efectos de ese mal de altura, no sé si congénito, pero en todo caso, perjudicial  —a tenor de la rivalidad que mantienen alcaldes y arquitectos por diseñar y construir aeropuertos  o edificios que desafíen la verticalidad con extrañas piruetas a ciento de sobre el suelo— e incluso mal visto por los defensores a ultranza del riesgo, algo comprensible en una época como la nuestra, en las que la superación de metas inverosímiles se ha convertido en un reto sólo al alcance de presupuestos desmesurados. Estoy pensando en la lista de espera para viajar al espacio, un reciente y lucrativo negocio para las empresas aeroespaciales o en el intrépido piloto austriaco Felix Baumgartner, que se lanzó desde más de 39.000 metros con el objetivo de  romper la velocidad del sonido y conseguir el récord de velocidad en caída libre al rebasar los 1,100 kilómetros por hora. A mí estas aventuras me ponen los pelos de punta. Yo, no me avergüenza decirlo, soy de las personas que sufrió mareos asomándose a la terraza del piso 86 del Empire State, cuando miraba hacia abajo, hacia la Quita Avenida o hacia el bosque de edificios que rodean el rascacielos; soy de los que ha tenido que mirar hacia el horizonte de los picos de Europa mientras estaba en vilo cuando viajaba en el teleférico panorámico de la estación de Fuente Dé, situada a 1.823 metros o de los que tuvo que sentarse bajo el pedestal de la gran cruz blanca que corona el monte La Viorna, a 1.151 metros, sobre el monasterio de Santo Toribio en el valle de Liébana, cuando observaba a los intrépidos aventureros que se lanzaban en parapente hacia el vacío de las corrientes térmicas de aire con la sola armadura de unas alas de nylon flexibles. Por todo esto, leo casi con el corazón encogido el último número de siempre exquisita revista Litoral, titulado El arte de volar. Siguiendo su estructura habitual, el número contiene un sinfín de ilustraciones que, de forma autónoma, o acompañando los textos, hacen de la revista un objeto especialmente bello y de admirable composición que ha tenido que suponer un auténtico rompecabezas para los responsables de la edición, aunque estos son verdaderos expertos en estas lides como vienen demostrando en cada uno de los números de Litoral, que son un prodigio de diseño y de ensamblaje, de armonía entre textos e imágenes. «Este Litoral — nos recuerda su director, Lorenzo Saval— se ha construido con los mismos planos que Líneas Marítimas, su antecesor en esta serie dedicada a los medios de transporte». El volumen comienza con un hermosísimo y documentado texto de Juan Antonio González Iglesias, titulado «El vuelo en la antigüedad grecolatina» y continúa con unas reflexiones, encajadas ya en el primer apartado de la revista, «Icarus», de Leonardo Da Vinci entresacados de sus cuadernos de notas. Divido en secciones, «El anhelo de volar», «Cielos inflados», « Volar por partes», «Pájaros locos», « Aeropoesía», «Acrobacias», «Aeropuertos», «Dueños del aire», etc. Cuenta con un plantel de colaboradores realmente de lujo que nos resulta imposible enumerar uno por uno. Baste decir que van desde San Juan hasta Vicente Huidobro, desde William Carlos William o Wallace Stevens hasta Robert Lowell o Philip Larkin, desde Antonio Cabrera y Carlos Marzal hasta Fabio Morábito o Gioconda Belli, desde Alberto Santamaría a Josep M. Rodríguez o Erika Martínez, entre los más jóvenes. Hay, como no podía ser de otra forma, ilustraciones, fotografías realmente espectaculares, reunidas aquí de una forma que quizá no se repita. «El Hindenburg junto al Empire State Building», de 1936, la de la primera mujer en obtener la licencia de piloto, Elise Deroche (1886-1916), la primera fotografía de un aeroplano, el planeador LeBris, en 1868 o algunos de los sugerentes collages de Ródchenko, por no hablar de los cuadros de Ángel Mateo Charris o Frank Wootton. Concluyendo, es tan inmensa la información gráfica y escrita que nos ofrece el sumario de este número de Litoral (algo que, por otra parte, es norma de la casa) que resumirlo es un esfuerzo inútil. Para hacerse una idea real del contenido no queda otro remedio que leerlo y, por supuesto, guardarlo como una joya en los estantes de la biblioteca personal. El trabajo que han realizado los responsables de esta edición, investigando a la busca de textos e ilustraciones, merece un especial reconocimiento de quienes tenemos la fortuna de tener un ejemplar en nuestras manos.

 

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