NOTAS DE LECTURA 4. PILAR BLANCO. ALAS LOS LABIOS

La autora leonesa, aunque alicantina de adopción, Pilar Blanco vuelve, en su último libro Alas los labios (Olcades poseía, 2013), a cuestionarse la eficacia de la palabra, del lenguaje para dar cuenta fielmente de la experiencia vivida, un asunto que concita permanentemente sus inquietudes, tras haber publicado una antología de su obra, Con la cal en los dedos, en 2012. Nos encontramos pues, ante lo que podemos considerar su primer libro después de la citada antología, porque hay un antes y un después de una selección de este calibre y, sin embargo, no hay un cambio sustantivo (no tiene por qué haberlo) con respecto de su obra anterior. La autora continúa profundizando en el sentido misterioso del lenguaje y en las preguntas sobre la identidad: «Soy la que soy; no intentes reducirme, luchan en mí dos lunas disparejas». Entre estos dos polos fluctúan los poemas del libro, un libro denso, simbólico, con una prosodia muy encadenada a los movimientos de la intuición, como ha estado siempre la poesía de Pilar Blanco. Hay poemas, como el titulado «El hacedor de palabras» o «No sabe nombrar» más explícitos en lo que se refiere a la cuestión sobre los límites de ese artefacto verbal que es el poema: «para qué las palabras/ si no inventan el mundo», se pregunta la autora, aunque en poemas posteriores ella misma responda a la pregunta: «Boca de centro cálido,/ el aliento habitado de palabras,/ faro único/ para la plenitud». Estas incertidumbres, estas aparentes contradicciones, como no podía ser de otra forma, pues de ellas nace en gran medida la emoción poética, están presentes también en aquellos poemas en los que el propio yo se cuestiona su esencia, como en estos versos: «¿soy/ la que quise ser?// No todavía.» o en estos otros: «Y desde entonces soy/ y no soy la que fui,/ todo es antes y anhelo,/ morir en la quietud de los glaciares». No son estas dos argumentos los únicos que articulan el libro y, acaso, sea en su tercera parte, «Sobre la palma del mundo», donde esto se haga más evidente, porque predomina en ella la temporalidad del sujeto poético: «No pedir la tregua,/ asumir lo que soy:/ lo efímero y lo eterno.» No es esta una poesía de carácter realista. Abundan en ella las intuiciones, cierta escritura vinculada a la alucinación, al libre fluir del sueño que permite al lector construir su propio relato, de acuerdo, sí, a una experiencia común de la vida, aunque autónoma, sin dogmatismos, basada sólo en indicios, en sugerencias, en su condición de trascendencia, como queda de manifiesto en el último poema del libro: «La realidad», cuyos versos dicen así: «Ala de mosca,/ creíste ser de hada/ y el viento te arrastró en su torbellino».

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