NOTAS DE LECTURAS. PRÓLOGO

No soy partidario de las etiquetas de carácter restrictivo (salvo aquellas que sirven para identificar objetivamente algo concreto o mensurable), por lo tanto, tampoco me gustan las que tratan de parcelar la literatura, aunque soy consciente de que en determinados ámbitos como el pedagógico y el académico, las taxonomías son de uso común, porque facilitan a los estudiosos las agrupaciones y las generalidades según criterios geográficos, cronológicos, temáticos o en virtud de cualquier otro epígrafe susceptible de regulación o normativa. Los que las usan evitan así entrar en particularidades, siempre enojosas por que requieren un trabajo de investigación exhaustivo y riguroso, más pormenorizado, de carácter más personal que necesariamente aporte una visión propia del asunto tratado, algo que no siempre están dispuestos a llevar a cabo los implicados o, según los casos, ni siquiera están capacitados para intentarlo. Viene todo esto a cuento porque me propongo comentar brevemente algunos de los libros de poesía que he leído últimamente y al emprender esta tarea me he dado cuenta de que he estado a punto de caer en la tentación de clasificar alguno de estos libros bajo categorías preconcebidas, entre otros, el de poesía femenina, por una parte, y el de poesía laureada, por otro, rótulos, que desapruebo porque estigmatizan el libro con unos prejuicios en ningún caso ecuánimes o neutrales. Como se sabe, las categorías rara vez son estancas, y menos en este caso, porque comentaremos algunos libros que, si siguiéramos este controvertido criterio, podrían rotularse con ambas etiquetas, lo que colocaría en un aprieto al redactor de estas notas, incapaz de determinar que epígrafe debiera de imponerse al otro, pero también descolocaría al lector menos avisado, ese que necesita las taxonomías para orientarse en el laberinto de la poesía actual. Sirvan pues estas palabras como disculpa por sí, involuntariamente, en los comentarios que siguen, he cometido alguna torpeza que dé lugar a interpretaciones maniqueas. Si la expresión utilizada careciera de relevancia, al instante la propia lógica del discurso la relegará a un segundo plano o la soslayará como se soslaya un inadecuado comentario sin importancia.

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