AUGUST KLEINZAHLER

LO MEIN

Eras todavía sólo un niño,

yo, diecinueve, la edad de tu hijo mayor ahora.

Era la noche de la Marihuana Caper

primero tus ojos se encontraron con los míos en el China Chalet.

Creo que había comenzado la primavera,

pronto, porque los días se alargaban visiblemente,

quizás una placa de hielo aquí o allá,

pétalos de sauce ceniciento…

Casi lo compramos dos veces esa noche,

mi padre volanteando hacia la izquierda y la derecha,

Madre, a su lado, en silencio, agarrotada de espanto.

Estaba desesperado por algo.

Desesperado, por supuesto, por la vida, pero desesperado:

sólo muy de vez en cuando, y en esta ocasión.

Darían la dosis a un hombre así estos días,

o lo intentarían. Él nunca hubiera tolerado eso,

ni ninguno de nosotros, que sabíamos de la tormenta cuando se embarcó

y dábamos tumbos a bordo con él, pero aún así. . .

Su pelo era casi negro

y largo para un niño, hasta la mitad de la espalda.

Sus ojos oscuros, también errantes, inquietos,

entonces, como ahora, tomando posesión del comedor lleno,

mientras escarbaba entusiasmado en un montón de lo mein.

No habíamos planeado apedrearlo.

La improvisación era un hábito cotidiano.

Insistió en que lo pusiéramos en su pipa,

para demostrar que tenía razón, que drogarse

era  un disparate, una idea que entretiene a los pardillos.

Madre se escondió en la cocina, fuera de la vista.

Para ser domingo fue un largo viaje, pero no tan largo como acostumbraba a serlo.

Su histerismo, eso es lo que habría llamado la atención,

la forma en que lo persiguió, como un perro esquelético,

frunciendo el ceño por encima de su hombro izquierdo, luego sobre el derecho,

desafiando a los extranjeros que se aproximan para compartir o para llevar

patatas fritas wantán o albóndigas, carne de vaca

con cebolletas, picado de cerdo, lo que sea preciso para

la comida china del día en Nueva Jersey.

Esto habría entusiasmado, o asustado, a un niño

que contempla a un adulto en la mesa bastante descontrolado.

Hace 40 años, 40 años. . .

¿No recuerdas nada de esto, verdad?

¿Cómo podrías? Lo estoy inventando,

nosotros dos allí, al mismo tiempo.

Fácilmente podría haber sido cierto.

Si lo he inventado es porque me encanta.

Como tú me encantas, asomando desde tu lo mein,

levantando la cabeza con nerviosismo para entrar en la habitación,

conmigo, y con lo que sobra.

 

Versión de Carlos Alcorta

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