ALICE OSWALD. BOSQUES, ETC. TRADUCCIÓN DE CHRISTIAN LAW PALACÍN. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2013.

He releído Bosques, etc. —el primer libro traducido íntegramente al castellano de esta poeta galardonada con el prestigioso premio T.S. Eliot por el poema/río Dart, publicado en 2002, que describe el curso de dicho río desde las fuentes de Devon hasta la mar, y autora de una recreación de la Ilíada, titulada Memorial, donde realza el papel de los, por llamarlos de algún modo, personajes secundarios de la epopeyaunas semanas después de haberlo leído por primera vez, algo que suelo hacer habitualmente, porque soy de los que piensan que conviene distanciarse tanto temporal como emocionalmente de la primera impresión si queremos analizar con la mayor objetividad de la que somos capaces lo leído —aunque, bien pensado, la objetividad sea más necesaria para examinar un auto judicial o la declaración de hacienda que para apreciar un libro de poemas— y esta relectura no ha hecho sino confirmar este prejuicio. No ha significado lo mismo la lectura de «Poema marino», el primer poema del libro, hoy, pocos días después de constatar los efectos que el último y agresivo temporal ha causado en la costa junto a la que vivo, que la lectura inicial. He sido testigo de cómo el mar trataba de «librarse de la creciente complejidad del mundo,/ rehacerlo perfecto con arena perfecta», cambiando en pocas horas un paisaje que decenas de años habían perfilado lentamente, he visto cómo «la fuerza del agua» rompía balaustradas y muros, arrastraba pesadas rocas pulidas por el oleaje, anegaba playas y arenales. He sentido la furia desbocada de un mar que arremetía contra sus propios límites enroscándose como una serpiente en el oleaje. He visto «multitud de aves marinas»  muertas de cansancio y hambre sobre los arenales replegados, esas aves que piden infructuosamente al Espíritu santo que les dé «todo el aire posible,/ para ascender y sostenernos».

Alice Oswald observa la naturaleza con la pasión de quien la conoce y respeta (su trabajo como jardinera en el Tapley Park de Devon y en el Chelsea Physic Garden de Londres no es, sin duda, ajeno a esta devoción naturalista), de quien es consciente de que la mano del ser humano, de una jardinera en este caso, la transforma en paisaje, como si dejara de ser naturaleza para convertirse en una obra de arte, y a pesar de esas mutilaciones logra encontrar en ella, domesticada o salvaje (incluso cuando es brutal), correspondencias con sus emociones más secretas, lo que no significa que practique una poesía autobiográfica, porque si habla de sí misma, siempre es por medio de alusiones. Sobre este asunto, recogemos la propia opinión de la poeta. «Creo que el poeta no debe estar en el poema en absoluto, excepto como una lente o como oídos». Esa es la razón de que una gran parte de sus poemas tengan como protagonistas la flora y la fauna de su entorno, aunque, paradójicamente, esté «a un mundo de este cuarto». Oswald contempla minuciosamente los cambios estacionales, el efecto de estos sobre la vegetación o sobre el comportamiento animal. Una simple hoja lleva «el susurro de las cosas/ oculto en el interior, el latido de las ramas muertas», una semilla nos habla casi ingrávida en el aire: «Partí —dice—, llevándome todo mi mundo,/ envuelta en mi identidad tan fina como una película de jabón,// y todo ese día fui un ojo a merced del viento.»  Algunos elementos de esa naturaleza se personifican, como por ejemplo la piedra, que es capaz incluso de escribir una autobiografía en la que se lamenta de su inmovilidad, sólo rota por fuerzas ajenas, propulsoras o deslizantes. Flores de invierno, dientes de león «que el viento azota/ y reduce a su elemento más recalcitrante», espectros de árboles talados, volanderas hojas sienten como seres humanos, por más que esto resulte a veces difícil de interpretar. Incluso los lugares descritos en los poemas pretenden resultar tan familiares al lector geográficamente cercano como el rostro de una persona conocida. Esta visión antropomórfica de la naturaleza posee —según Carol Rumens— una influencia determinante de Ted Hughes (algo que también han subrayado otros críticos, que añaden además la voz de Heaney), aunque hay otros poetas británicos como Pauline Stainer o John Burnside (éste último vertido también al castellano recientemente por Jordi Doce en una antología publicada también por Pre-textos y por Juan Antonio Muriel, que ha traducido Dones —un libro que guarda bastante relación con el que comentamos— en la editorial Lumen) que también consideran a la naturaleza como algo simbólico y sagrado.

Pero no todo el libro está sujeto a este patrón. Me atrevería a decir que sólo la mitad, aproximadamente, de la larga treintena de poemas que lo componen se circunscriben a asuntos directamente relacionados con lo natural, en los restantes sólo interviene creando diferentes escenarios en los que una memoria fluctuante y refractaria a toda tentativa de verificación se disuelve con el entorno, transformando la mera descripción —incluso cuando ésta roza la trivialidad, como en el poema «Himno lunar»—, en interrogaciones y enumeraciones de carácter metafísico, como en el poema «Al pasar junto a una rosa esta mañana de junio». Una rosa que ella cuida regularmente se convierte en símbolo que funciona como si fuera «una bisagra entre lo espiritual y el mundo tangible».  Poemas como «Sísifo» o «Danaides» en los que la naturaleza cede el protagonismo y el orden natural de las cosas se altera por mor de la supervivencia ahondan en ese sentido trascente.  El trabajo inútil, sin más fin que el terminar para empezar de nuevo, es una de las mayores condenas a la que puede someter el ser humano en cualquier circunstancia (lo saben bien los neurólogos y los carceleros), porque al esfuerzo físico agotador se añade la angustia de una situación sin salida, perfectamente simbolizado por las Danaides castigadas a llevar agua en un jarro con agujeros o Sísifo condenado a cargar sobre sus hombros la misma roca hasta la cima una y otra vez. Por el contrario, en la naturaleza no hay acto superfluo, todo tiene su razón de ser, su consecuencia. Acaso sea esta diferencia entre el hombre y un entorno castigado por sus actividades sin control lo que desea poner de relieve Oswald. Personalmente, son este tipo de poemas los que más me interesan del libro. Algunos, como «Hace horas que hay una pareja de ancianos en la ventana», con sus estremecedores versos finales: «Después de todo, sólo tienen sus respuestas habituales./ Casi no saben quiénes son, se sienten como brotes/ de gramíneas, que siguen y siguen creciendo» o el titulado «Poema para sacar a un bebé del hospital» nos hablan de la fragilidad y de la necesidad de protección  del ser humano. Otros poemas se sustentan en el ritmo del canto popular, «Salomon Grundy» es un buen ejemplo, algo que le interesa especialmente a Alice Oswald desde su lectura de los cantos homéricos: «Siempre he tenido este interés en cómo se puede (re) crear una tradición oral dentro de una tradición literaria», afirma. Acaso sea esta intención de fusionar oralidad y escritura lo que la impulsa a utilizar formas tradicionalmente musicales como el soneto, frecuentado en este libro —el titulado «Hojas» está dedicado a dos de sus hijos (el tercero no había nacido por entonces) —, los himnos o los salmos, como el titulado «Salmo para cantar en una canoa». La poesía convierte las percepciones personales en experiencias universales gracias a la magia del lenguaje y Alice Oswald no es ajena a esta premisa, por eso se esmera en escoger la palabra precisa, aquella que permite al lector entrever otras realidades ajenas a su propio pensamiento. Bosques, etc. es un libro en el que la naturaleza está muy presente, pero no se acaba ahí su contenido Ese enigmático etc. nos hace pensar en un mundo mucho más complejo que el que nos ofrecen las formas naturales, un mundo en creciente proceso de destrucción que necesita expandirse hacia el espacio. Los poemas finales del libro así lo ponen de manifiesto. Versos como «Diversos astrónomos deslumbrados dilatando sus ojos,/ Diversos astronautas partiendo hacia la circunspecta ausencia de la Tierra,…» del poema «Diversos portentos», lo que expresan la imposibilidad de que se desarrolle vida humana en Mercurio: «un misterio/ sin yo sin aire/ sin tú sin sonido» de «Excursión al planeta Mercurio», o la silenciosa incursión en el espacio interestelar de la nave Voyager I, de la que somos testigos en el «Soneto» con el que finaliza el libro, hacen partícipe al lector de una búsqueda interior que se salta las barreras de la conciencia y se aventura, igual que un viajero del tiempo, por unos territorios inexplorados que la pericia narrativa de Oswald (muy patente en el poema «Los recuerdos salpicados de barro de una mujer que vivió su vida hacia atrás») nos describe como si ella hubiera estado allí y regresara para mostrarnos las transformaciones que en su estancia ha sufrido su alma, «todos sus yoes opuestos suspendidos y aleteando/ ahí fuera en el aire…».

Anuncios