RAMÓN COTE  BARAIBAR. COMO QUIEN DICE ADIÓS A LO PERDIDO. VALPARAÍSO EDICIONES, 2014.

La poesía de Ramón Cote —también ha escrito cuentos y libros infantiles—goza de una merecida difusión en nuestro país, gracias sobre todo a la publicidad que llevan implícita galardones de la importancia del Premio Casa de América y del Premio Unicaja de Poesía, ambos publicados en la colección Visor, por esta razón, el lector que se acerque a Como quien dice adiós a lo perdido (endecasílabo que toma prestado del poeta cubano Eliseo Diego), publicado por la emprendedora editorial Valparaíso, ya sabe de antemano que va a encontrar una poesía reflexiva, de un intrínseco carácter narrativo que se demora en los aspectos cotidianos y, sólo aparentemente, irrelevantes, de su existencia hasta convertirlos en alegorías de del ser humano, que da cuenta del deterioro que inflige el paso del tiempo o que se pregunta por esas extrañas transiciones que el lenguaje necesita para convertir en palabras los pensamientos. Creo que en el caso de Ramón Cote no se puede desligar, sin sufrir un menoscabo significativo, la biografía de la obra poética, porque existe entre ambas un flujo de relaciones que permite acomodar la escritura a los acontecimientos vitales, igual que una pieza de orfebrería se supedita a la firmeza de las manos que engarzan los metales que la componen. Basta para certificar esta opinión leer el poema titulado «Para empezar el año», del que extraigo unos versos: «Llevas dieciséis años escribiendo/ al lado de la misma ventana […]Dos hijas, varios libros publicados, un matrimonio/ y una biblioteca, cientos de noches/ y miles de cigarrillos».

De las cuatro partes que componen el libro, la que, a mi parecer, posee mayor relevancia es la primera, titulada «La memoria y su tinta solitaria», no sólo por ser la más extensa, sino porque en ella se configura el leitmotiv, y toma cuerpo en los respectivos poemas, del libro, la memoria. La memoria no sólo como recuperación de instantes arrinconados en algún lugar innominado de la mente y que gracias a un fogonazo inesperado son rememorados —estoy pensando en la lluvia del poema «Bíblica»: «La lluvia que entonces veía desde una ventana solitaria volvió a caer/ cuarenta años más tarde, esta vez sobre mí»—, sino como intento de conservación del presente en un futuro que, por definición, resulta imprevisible. «Por la ventana resbalan uno a uno/ los rostros que me esperan, la cara que tendré el próximo año/ tal vez un treinta de octubre» escribe en el primer poema del libro. Una memoria que ejerce también como un espejo que refleja los cambios que sufre la identidad en proceso: «Yo sólo veo/ en mí lo que no es de mí». Este desencuentro, esta percepción en disputa con la percepción ajena ha sido un motivo recurrente en mucha de la última poesía en español, en la que no se escatiman los autorretratos, pero también dio lugar a muchos de los mejores poemas de autores como Jaime Gil de Biedma o Ángel González, por circunscribirnos a autores de una generación que influye notablemente en la poesía de Ramón Cote. No podemos olvidar, sin embargo, el origen de esta dicotomía, el famoso aserto rimbaudiano «Je est un autre», bajo el que laten todas las contradicciones que acosan al hombre moderno, contradicciones aún vigentes hoy en día hasta el punto de que están incluso exacerbadas por los nuevos conflictos íntimos que construyen la conciencia del presente.

El poeta es un observador de la realidad, de esa observación minuciosa y de las consecuencias que dicha observación promueve en la mente se nutre la poesía. Ramón Cote contempla su entorno desde un observatorio privilegiado. Abre las ventanas de su memoria y su mirada se adentra en un lugar del pasado como la azotea del Circulo de Bellas Artes —un lugar propicio al deslumbramiento escénico y al compañerismo—, disfruta siendo el espectador de un partido de fútbol entre amigos en la playa o recuerda con la nostalgia de lo irremediable un rostro entrevisto a través de unas rejas conventuales.  La memoria «se abre al recuerdo», pero éste sólo es capaz de materializarse en el lenguaje, en el lenguaje escrito, de ahí que el poeta confíe en las palabras para convertir la evanescente sensación de rescate en un hecho consumado. ¿Hasta dónde alcanza ese poder redentor de la palabra? Como el poeta sabe muy bien, las palabras son sólo un simulacro de la realidad, una maniobra de distracción que nos induce a creer, aunque sólo sea por un instante, que somos capaces de reconquistar el pasado. La quimera del éxito dura muy poco y todo vuelve a ser presente continuo: «Si lo que fuimos es lo que somos/ y si lo que nos sucede hoy será lo que seremos,/ entonces le pido a las palabras que sean/ sólo presente constante…» escribe Cote.

Terrazas, balcones, azoteas, ventanas son los lugares desde los que el poeta contempla esa realidad otra que va construyendo con palabras (la cita de Nuno Judice, «El poema me dice lo que nunca sabré», que encabeza la cuarta y última parte del  libro, «Apropiaciones indebidas», corrobora esta percepción), pero más que esa mirada hacia afuera, lo que se impone en estos últimos poemas es una mirada interior en la que la consciencia del paso del tiempo y de las innumerables pérdidas que ese transcurso acarrea poseen nombres y apellidos. Parece que el poeta necesita dejar constancia de que el dolor también forma parte de su itinerario vital y para ello extrema los recursos expresivos de la palabra para extraer su esencia metafísica. Los versos trascienden la mera descripción y ahondan en sugerencias, en aproximaciones a través de indicios, no de certidumbres, a un significado más profundo: «Muy pronto fui tocado por el filo de la muerte,/ y desde entonces le sumo a lo mío/ su morada».   La muerte se enseñorea y muestra sus triunfos en ese pabellón de la memoria que antes, en los poemas precedentes, fue el escenario de la reconciliación con el propio pasado. La muerte es la única verdad, y las trampas de la memoria son ineficaces para arrinconarla. Para llegar a escribir estos últimos poemas, Ramón Cote ha exprimido su propia experiencia —desde el primer poema titulado «Mis muertes» hasta «Palmera Bismarkia», cuyas hojas dan sombra a las cenizas de un ser querido— hasta alcanzar el despojamiento absoluto que conduce a ese vacío que es la nada, la ausencia definitiva, por eso, si todo libro es consecuencia de los libros anteriores, produce cierta aprensión especular sobre los cimientos que sustentarán el libro futuro —que acaso esté escribiendo ya— de Ramón Cote. Acaso no implicarse demasiado en las tragedias cotidianas o renunciar a establecer concordancias precisas entre la escritura y la propia vida sean condiciones necesarias para que el poema cauterice las heridas y funcione como antídoto ante el veneno del olvido. En su defecto, el «personaje verbal» (en palabras de Luis García Montero) subsidiario que habita en los poemas estará obligado a encarnar una identidad autónoma con la que afrontar el drama cotidiano de la existencia. Ese personaje será el escudo que permitirá al yo real salir indemne del desafío, aunque en ese desafío, por muy protegido que se esté, si se escribe una poesía con conflicto, como es este caso, el poeta siempre dejará una parte de sí en los permanentes altercados con las palabras con las que define su incertidumbre.

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