FABIO MORÁBITO. DELANTE DE UN PRADO UNA VACA. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA, 2013

Aunque a primera vista pueda parecerlo, puedo asegurar que no es el título lo más sorprendente de este libro, un título, por otra parte, entresacado del primer verso del último poema del poemario. Lo que de verdad llama la atención es la frescura, la falta de prejuicios estéticos, la innovadora forma de  introspección que se materializa en el poema mezclando, en porcentajes que derivan de una extraña alquimia, sutiles dosis de ironía con hábiles porciones de eficacia metafísica. Lo que asombra es la aparente facilidad con la que está hilada la trama existencial con el lenguaje, un lenguaje diáfano pero no directo, narrativo pero no coloquial, porque en su discurrir a través del significado atraviesa innumerables meandros que provocan en el lector un deslumbramiento esperanzado. El suceso más banal o anecdótico engendra en su interior lo imprevisto, lo desacostumbrado y de esa visión divergente nacen, en una suerte de gradaciones exuberantes, racimos de una fruta llamativa y exquisita. Da la impresión de que los sucesivos versos que componen el poema son fragmentos de una conversación interminable —sin diálogos—, un soliloquio que emprende alguien acostumbrado a hablar durante más tiempo consigo mismo que con sus semejantes, lo que permite al autor no hacer concesiones a la inteligibilidad o a la retórica al uso y mantener cierto suspense, lo que le emparenta, a mi parecer, con un novelista de la talla de Onetti (aunque Morábito es también novelista, no he tenido la oportunidad de leer ninguna de sus novelas, pero las semejanzas que percibo van más allá de los géneros) y, cinematográficamente hablando, con las películas de suspense.

Aunque de ascendencia italiana, Fabio Morábito nació en Alejandría (Egipto) en 1955. Vivió en Milán hasta los quince años, edad en la se trasladó a México.  Su obra abarca tanto la poesía, como la novela, el ensayo o la literatura infantil. Yo tuve la fortuna de descubrir su poesía con el libro La ola que regresa (Poesía reunida) publicado por el Fondo de Cultura Económica en 2006. Allí estaban agrupados los tres libros que el autor había publicado hasta la fecha: Lotes baldíos (1985), De lunes todo el año (1992) y Alguien de lava (2002). En el año 2010, la editorial Pre-textos publicó una versión corregida del libro, Caja de Herramientas, impreso en su primera edición en 1989, de género inclasificable, aunque podríamos considerarlo como un catálogo razonado de sustancias y de objetos de uso cotidiano. Lo que sí pude observar tras la lectura de ambos libros es que los alentaba una idéntica forma de mirar absolutamente original capaz de encontrar similitudes entre objetos o situaciones en apariencia heterogéneas. Esa habilidad para relacionar lo imposible con lo verosímil, para hacer real la irrealidad o sus contrarios que entonces me llamó la atención se aprecia en toda su magnitud en Delante de un prado una vaca (2013), publicado por Ediciones Era en 2011 y del que se incluían unos poemas en la antología a cargo de Juan Carlos Abril, Ventanas encendidas, editada por Visor en 2012.

El libro está divido en cinco secciones y quizá, para comprender su ambición, sea apropiado comenzar este comentario por su parte final, la de carácter más metapoético y, a la vez, de alto contenido crítico con una sociedad que desprecia la poesía y, sin embargo, la tolera (y por ende a los poetas), porque sirve al poder para adornarse con ese prestigio que sólo la cultura otorga: «La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,/ pero ellos lo ignoran porque no leen poesía,/ sólo piden poemas inéditos.» En cualquier caso, son las reflexiones sobre el origen y el alcance del poema los que nos permiten releer el libro con mayores argumentos, cobijarnos de esa intemperie que supone siempre una primera lectura: «La poesía, ¿es una falla del lenguaje/ de la que sale un magma ardiente?/ ¿Qué están tratando de decir las placas?» El último poema del libro, al que ya hemos hecho mención, plantea una analogía inédita, hasta lo que yo conozco, entre una vaca y una ballena con el poeta. Inicialmente puede parecer ruda o forzada, pero pronto nos rendimos a la evidencia: los dos estómagos de la vaca o el sifón de los cetáceos sirven para seleccionar el alimento y para evacuar lo inservible respectivamente , pero el poeta carece de esos atributos, no tiene «doble estómago, y con uno/ hay que escoger, no todo sirve,/ sólo la poesía no desecha,/ ve el mundo antes de comer.», esa es la última y definitiva razón de la escritura, «…recobrar/ del fondo todo lo adherido,/ porque es en el único rodeo en el que creo,/ porque escribir abre un segundo estómago/ en la especie.» Pero este carácter metapoético no está ausente en el resto de las secciones, de una forma más o venos evidente, según los casos, actúa como un hilo imperceptible que  hilvana todo el libro, atreviéndose, incluso, a poner en cuestión el orden superior del significando sobre el significante, del nombre sobre lo nombrado en unos versos tan eficaces como estos: «me adelanté a conocer el orden de sus letras/ antes de conocer el orden de sus ramas».

A lo largo del libro nos dejamos arrastrar fascinados por una corriente subterránea que nos interna, sin saber muy bien cómo, en insospechados sinuosidades en las que las palabras, en lugar de definir, contribuyen a desorientar. Siembran el cauce de pistas falsas, encubren más que revelan lo verdaderamente importante, igual que «las cicatrices que no brillan/ porque su resplandor es de otra índole».  Desde luego, si algo caracteriza esta poesía es la ausencia de convencionalismos retóricos. El titubeo, la indecisión con respecto a la identidad propia y la del otro —«Van demacrados, sudorosos, solos, como yo» escribe en «Pista de atletismo», uno de los pocos poemas que llevan título—,una filiación moral de carácter laico: «…pero prefiero este zumbido neutro [el de un purificador de aire],/ que es fe en estado puro,/ a las palabras de los rezos,/ que circunscriben una fe/ y estrechan el espíritu», prefiere lo que Seamus Heaney, comentando el poema Hero y Leandro de Marlowel, al hablar de una dinamo, definió como «un sonido que entusiasma y eleva al mismo tiempo, como si las palabras se liberaran y, al mismo tiempo, se vieran forzadas a seguir una trayectoria de vuelo muy elevada.»

Como en las fábulas clásicas, la variedad de animales que habitan en los poemas de Fabio Morábito no opera como una simple justificación de su comportamiento, sino que funcionan como paradigma de las incertidumbres humanas: perros «que no dudan de la redondez de la tierra», moscas que no vuelan, sino «que se impulsan por un aire/ que aún no se repone de otros vuelos», hormigas, avispas son diseccionadas meticulosamente desde una perspectiva absolutamente inédita, como lo son también —lo que constata aquellas palabras de Octavio Paz en las que decía que «La realidad es mucho más rica y cambiante que los sistemas conceptuales que pretenden contenerla»— partes de el propio cuerpo del poeta, como en el poema «Mis dientes» o, el más general, «Orejas». Esta reivindicación del absurdo cotidiano tiene mucho más que ver con Vallejo que con Neruda,  aunque el vitalismo contemplativo de éste último haya dejado sus huellas en los poemas de Morábito. Delante de un prado una vaca es un libro que, a pesar de estar escrito en un lenguaje sin pretensiones grandilocuentes, rehúye lo consabido y se interna por los múltiples caminos del sentido seduciendo al lector, insinuándole una nueva forma de mirar, desleyendo la mirada, como cuando nos enfrentamos a un problema matemático de aparente fácil solución (en la propia facilidad está el origen del problema) o a esas formas engañosas que requieren de toda nuestra concentración para visualizar las diferentes figuras que esconden. Lo que el lector adivina, una vez corrido el velo invisible que dificultaba la visión, va mucho más allá de lo que esperaba, y esa es una de las funciones básicas de toda buena poesía, como lo fue encontrarse con estos versos del poema «La vaca» de José Luis Hidalgo para los lectores de 1945: «Por sus ojos eternos, donde se mira el mundo,/ pasa el tiempo temblando entre los viejos árboles / que le dicen adiós en cada otoño/ besándole la frente milenaria/ el levísimo olvido de una hoja…»

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