HENRI COLE

MADRE MUERTA

Siempre estuvo allí—amor, muerte, memoria—
mientras tenía los ojos concentrados en la manga arrugada
por la parte superior, y cinco o seis lágrimas —profunda,
inquebrantable, humana— corrieron fuera de su cráneo,
increíblemente valiente, y delicada (masajeando
los brazos, humedeciendo los labios) se transformó en un perro
aullando bajo la cama, el cuerpo magullado que
traía, dilatándose ahora, no de forma abstracta,
pero sí simbólica, como la botella de agua caliente,
los rosarios de plástico, los zapatos en la silla de ruedas
(“estoy lista para estirarme”), como hematomas y erupciones
de la carne —esas espantosas flores— por un tumor maligno
y un dolor irracional se transformaron en mármol santificado,
un cristal limpio, una urna llena.

Versión de Carlos Alcorta

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