ALBERTO MUÑOZ.  PASTOR A LA INTEMPERIE. CANTÁRIDA POESÍA, 2013.

ENRIQUE CABEZÓN, DESDECIR. AMARGORD EDICIONES. COL. ONCE. 2103

Si la memoria no me falla, creo que fue en alguno de los años finales de la década de los ochenta cuando tuve la oportunidad, gracias a una exposición que se celebraba a la sazón el Museo Nacional Reina Sofía, de juguetear con un programa informático capaz de escribir poemas, además de estar capacitado, supongo, para elaborar otras ocurrencias más productivas. Bastaba con teclear un nombre —común o propio— y dicho programa se encargaba de construir un poema —conservo la copia, pero no recuerdo en qué lugar de mi caótico estudio, aunque me atrevo a afirmar que se trataba de algún tipo de estrofa clásica— gramaticalmente perfecto, aunque semánticamente careciera de lógica, algo que, por otra parte, no está tan alejado de determinadas corrientes poéticas más proclives a la intuición refulgente que a la lógica de la razón. Algo de esa arbitraria forma de encadenar palabras se esconde en la escritura automática, práctica muy habitual en los surrealistas más recalcitrantes, de los que aún quedan combativos miembros, eso sí, atomizados en camarillas de escasa relevancia estética. Me tomo la libertad de recordar, siquiera parcialmente, este experiencia porque he hallado ciertos resquicios de esta técnica, de esta ocurrente forma de construir un poema casi ajena al propio poeta, que deja en manos del azar tanto forma como significado en dos libros publicados recientemente. Se trata de Pastor a la intemperie, de Alberto Muñoz y Desdecir, de Enrique Cabezón, aunque en este último, más que el azar —creo que es justamente lo contrario— esté implícita una deliberada y muy exigente actitud de repensar el significado de las palabras, al mismo tiempo que realiza, en una ardua y sugerente labor de tachadura, una crítica mordaz a la palabrería, al decir por decir, a la tergiversación semántica, a la pérdida del sentido original, no sólo de la palabra poética, sino  de la palabra como flujo y reflujo expresivo. En ambos, sin embargo, encuentro eso que Antonio Saura llamó «el rumor fértil del mestizaje de las formas», no en vano Muñoz ejerce también como pintor y Cabezón es además músico, ilustrador y diseñador gráfico.

Pastor a la intemperie, el libro de Alberto Muñoz (Torrelavega, 1954), contiene 52 poemas, doblemente impresos. En las páginas impares están reproducidas palabras recortadas de diferentes medios escritos y pegadas sobre la página componiendo poemas de ritmo irregular, con versos que rozan a menudo los linderos del endecasílabo.  Esta particular creación del poema, utilizada ya por los primeros dadaístas del pasado siglo, entre ellos por Tristan Tzara, uno de sus ideólogos, que recomendaba en uno de los manifiestos, seguir estos pasos para escribir un poema:
Coja un periódico.
Coja unas tijeras.
Escoja en el periódico un artículo de la longitud que cuenta darle a su poema.
Recorte el artículo.
Recorte en seguida con cuidado cada una de las palabras que forman el artículo y métalas en una bolsa.
Agítela suavemente.
Ahora saque cada recorte uno tras otro.
Copie concienzudamente en el orden en que hayan salido de la bolsa.
El poema se parecerá a usted.
Y es usted un escritor infinitamente original y de una sensibilidad hechizante, aunque incomprendida del vulgo.

pasos que, según parece,  ha seguido a raja tabla Alberto Muñoz. Él mismo lo explica en la «Poética» que precede a los poemas: «Vivisecciono frases del diario, cortando con cuchillo palabras escogidas. Las extraigo como vísceras, las separo en columnas: nombres, verbos, adjetivos y pruebo diferentes puntos de sutura entre ellas que van componiendo un primer verso. Clavo las palabras sin tener pensada todavía la continuación. Me obligo a un ejercicio de improvisación con el martillo». ¿Cuál es la forma original de poema?, ¿qué fue en el principio? No es que esté de más hacernos estas preguntas, pero lo que realmente debe interesarnos es el resultado: «Al principio, una prodigiosa aparición/ impulsa el instante al ritmo…», escribe Muñoz en un poema, dándonos así una pequeña clave de la secuencia creativa que ordena el poema (la velada mención a Lautréamont tampoco es baladí). Esta ordenación queda expuesta de manera más explícita en estos otros versos: « Un alma entreabierta al azar/ acude con la pureza de un cisne negro,/ mezcla letras en el agua,/ disuelve verdades, diluye mentiras.»  Pero ¿qué arbitrario azar pone en relación unas palabras con otras?, ¿cómo se establece su vínculo?, ¿proceden estas uniones de un impulso inicial, como si se tratara de la escritura automática? En todo caso, como decía más arriba,  conocer el taller del artista, ser testigos de su particular modo de ensamblar palabras y pensamiento, lo que debe interesarnos, sino el resultado, que en este caso parece fruto, más que de una consciente transformación simbólica, de un sonambulismo de la conciencia. He de reconocer que esta alquimia funciona de un modo casi perverso, porque hace que parezcan mucho más sugerentes los poemas escritos con palabras recortadas que su traslación mecanografiada, es decir, que prevalece la imagen sobre el significado. Ambas opciones dicen lo mismo, pero la forma de decirlo es diferente. El hombre, el pastor observa no desde un refugio, sino desde la intemperie —«De su cabaña sale sólo/ al alma desnuda del modelo»—, con el cielo estrellado por techumbre, el espacio vacío que pone en relación su propia intimidad con el entorno. Utiliza para ello Muñoz un discurso narrativo con profusión de imágenes (algo normal si tenemos en cuenta que estamos a la intemperie) y sentidos múltiples en el que el caos juega un papel fundamental, enumerativo, caótico en ocasiones, aunque esos fragmentos aparentemente inconexos poseen un sentido, por perturbador que nos parezca (y digo perturbador que porque a uno le recuerdan los mensajes anónimos que dejan el secuestrador o el chantajista en ciertos thrillers decimonónicos. Este aparente dominio del azar, estos objetos/palabras encontradas, a la manera de Duchamp, está sólidamente regulado por la sintaxis, por mucho que algunas asociaciones de sentidos nos parezcan desconcertantes. Al igual que sucede con un poema habitual, el proceso de escritura conduce al poeta por unos caminos desconocidos, improvisados, fluctuantes que sólo cuando el poema se da por concluido, muestra tanto al poeta como al lector, un determinado significado, uno de entre los muchos que pueden tantearse.

Desdecir, es el último libro del incansable Enrique Cabezón (Logroño, 1976) —autor de Territorio de ceniza (2003), El lenguaje de la serpiente, escrito junto al poeta José Luis Pérez Pastor (2005), Dios cabalga los lomos de las muchachas (2005), No busques lágrimas en los ojos del muerto (2006) y Existir en los días (2009)— que, además de poeta, ha sido vocalista del grupo de rock enBlanco y es uno de los generosos integrantes del proyecto Ediciones del 4 de Agosto, proyecto paradigmático de lecturas públicas y de publicaciones de poesía realizados con muchísimo más entusiasmo que medios económicos, algo que es de justicia señalar, sobre todo ahora que las reducciones presupuestarias en la gestión cultural están produciendo la asfixia de un sinfín de actividades similares.

El libro está divido en dos partes desiguales —y no sólo en cuanto a extensión—: «Nuevas reglas del capitalismo» y «Un écrit dans le salpêtre (Les cahiers de Sète)», aunque lo que capta inmediatamente  la atención del lector es la peculiar estructura de la página. La mayor parte de ella está ocupada por un texto del que sólo podemos leer palabras o frases sueltas. El resto del texto está tachado, por lo que entendemos que los grandes silencios que surgen de esa negación, unas tachaduras perfectamente pensadas, significan tanto o más que las palabras deslindadas de referencias espaciales, alzadas como un estandarte en la página ahora deshabitada, creando otra realidad distinta a la que leemos en la parte inferior, en donde, como ocurre con algunas ediciones bilingües, se encuentra lo que podríamos llamar, el texto original, el poema completo. Túa Blesa, prologuista del libro, lo define así: «la disposición del texto sobre la página está marcada por la separación de la unidad de la página, una separación que escinde el discurso en dos y ofrece esa duplicidad en el instante del golpe de vista.» ¿Qué es lo que lleva a Enrique Cabezón a tachar la mayor parte del texto y a salvar sólo unas pocas palabras? Me atrevo a pensar que, dejando al margen lo que sólo puede ser fruto del azar o de la intuición, lo que guía la mano del poeta es un deseo plenamente razonado de dar una mayor significación a una parte de lo dicho, como sí se salvara lo verdaderamente importante, en un ejercicio que guarda similitudes con la labor de subrayado en un manual formativo, como sí, en definitiva, se confiara la trasmisión del mensaje a unas palabras clave, enigmáticas y provocativas. Ahora bien, el formato, el soporte elegido no debe desviar nuestra atención del contenido porque en Desdecir, que en la primera parte está integrado por poemas de una doliente intensidad, podríamos decir civil, incluso, sin temor a las connotaciones que poseen ciertas palabras excesivamente manoseadas, los poemas, ya desde el título que los agrupa, se enmarcan dentro de una poética del compromiso: «Debemos aprender cómo/ no ponernos de rodillas». Es decir, debemos aprender a rebelarnos contra la injusticia, a no quedarnos callados «Y por fin luchar», escribe declarando su insumisión. Afortunadamente, la frontera entre la poesía y el panfleto está perfectamente delimitada y la denuncia implícita en estos versos en ningún caso cae en el mesianismo ni en la demagogia, más propia de quienes añoran “tiempos mejores”. Cuando cierta crítica denuncia la falta de implicación social en la poesía española actual, debería volver la vista a poetas como Enrique Cabezón (hay otros muchos ejemplos, desde Enrique Falcón a Víktor Gómez, pasando por Juan Carlos Mestre o Rafael Saravia). Pero el hecho de escribir una poesía comprometida y solidaria, como he apuntado, no lleva aparejada dejadez alguna en la construcción del poema. Todo lo contrario. Enrique Cabezón manifiesta una confianza ciega en el poder de la palabra como vehículo expresivo y como modo de conocimiento de la realidad, de hacer perceptible lo invisible, algo que demuestran versos como estos: «…//nos dijeron que vaciáramos de contenido la palabra “escritura”/ como el molde de escayola de la cara de un muerto/ un vaciado de formas quietas// nos dijeron que no hurgáramos en ese extraño lugar/ donde se muerden el cuello veracidad y verosimilitud/ ese espacio fértil entre artificio y mentira// nos dijeron pensar sólo en la funcionalidad/ y nunca mezcléis  arte política vida sociedad». Eso dijeron, pero el poeta utiliza ese discurso admonitorio como parte de la denuncia, como justificación de su desobediencia, eso sí, sin caer en los abismos de la fatalidad o la desesperanza, porque el poeta que es Enrique Cabezón demuestra ser consecuente con el tiempo histórico en el que produce su obra, con la sociedad en la que vive. Sólo así puede ser capaz de fusionar vida y arte.

La segunda parte, mucho más extensa, obedece a otros registros más íntimos. Se pueden compatibilizar sin ningún asomo de duda lo colectivo y lo privado, lo personal y lo foráneo sin que el poema sufra dislocaciones abruptas. Al fin y al cabo no son compartimentos estancos y tanto el aspecto social como el individual conforman al ser humano. A la mayor carga autobiográfica, con notables referencias a la infancia, podemos sumar ahora una reflexión metapoética de mayor calado, porque, como escribe Cabezón «Escribir/ es la manera de decirme lo que estoy pensando», es decir, que sólo cuando el poema se construye, quien lo escribe logra acceder a la verdad, no sólo de lo que en el poema se transparenta, sino a aquello que queda sumergido en lo no dicho, que es también motor, germen de lo escrito. Leer estos poemas, pienso yo, es la manera de compartir un mimo anhelo de justicia con todos aquellos que aún creemos en que la honestidad es posible. Importa poco si uno da cuenta de su propia peripecia moral o sondea en sus relaciones amorosas, lo que el lector debe encontrar al leer el poema es el engranaje que permita  compatibilizar los sentimientos nobles y la conciencia de la realidad con una escrupulosa voluntad estética. Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que en Desdecir esta simbiosis está perfectamente conseguida.

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