SUSANA BENET. LA DURMIENTE. PRE-TEXTOS, POESÍA, 2013

Desde 2006, año en el que publicó su primer libro, Faro del bosque, Susana Benet ha dado a la imprenta otros tres libros, Lluvia menuda (2007), Jardín (2010) —libro en el que combina, a la manera de un haiga, el haiku con la acuarela— y Huellas de escarabajo (2011). Todos ellos poseen una particularidad: están compuestos exclusivamente por haikus, la conocida estrofa japonesa tradicional magistralmente ejecutada por Susana Benet, que se ha convertido en estos años en una de sus mejores intérpretes, lo que posee, sin duda, una enorme relevancia, dada la proliferación de poetas que practican con regularidad  dicha plantilla métrica. La durmiente es, por tanto, el primer libro de la autora en el que desestima el admirado «corsé» que había utilizado hasta ahora, aunque esta afirmación resultará ser cierta sólo a medias, porque muchos de los breves poemas que componen el libro poseen la misma sutileza, un ritmo análogo y similar concisión semántica que los haikus que brotan de su imaginación. Sirvan como ejemplo para constatarlo los tres últimos versos del poema «Corte de pelo»: «De pronto, el gato/ se tiende en tu cabello y se revuelca/ feliz, estremecido», o los  tres primeros versos del poema «Quietud»: «Con qué fijeza el gato/ mira el árbol inmóvil/ tras la ventana». Si el poema terminara así, podríamos considerarlo un haiku, a pesar de traicionar su estricto esquema silábico, porque posee ese grado de asombro ante un hecho cotidiano, la austeridad expresiva y la sencillez que le son propias, sin embargo, el poema continúa con estos versos: «¿Qué remota quietud comparten ambos?/ Se adormece en el gato la madera./ Abre el árbol los ojos extasiados». La contemplación inicial, la mera descripción deja paso a las circunvalaciones del pensamiento. La autora no se conforma con observar, intenta comprender las emociones que suscita su mirada —«Qué difícil acostumbrar los ojos/ a la sólida forma de las cosas»—, indaga en ellas a través de las palabras, del lenguaje, aunque ignore de dónde procede esa fuerza, ese imán que la arrastra a la escritura: «¿Por qué tira de mí/ como el vuelo de un ala la palabra?» y saca conclusiones de su exploración. Los espacios íntimos (no podemos obviar en este aspecto la influencia de Emily Dickinson) y las experiencias que en  ellos acontecen, son descritos con una sugerente capacidad simbólica, inquietante en muchas ocasiones, porque la representación física que la escritura nos brinda se extrema hasta esbozar una imagen abstracta, misteriosa, casi fantasmal de la deriva del pensamiento: «Hay figuras que avanzan y se pierden/en la niebla. Hay muertos que caminan», pero no se pierde Susana Benet en digresiones conceptuales, ni siquiera en aquellos poemas que gozan de más largo aliento, como el titulado «La casa» —una rememoración impregnada de nostalgia en la que la inocencia inherente a la infancia no consigue disipar, sin embargo, el destino trágico del tránsito vital—, en el que describe con precisión, con palabras esenciales, la intuición que mantenía alerta sus sentidos: « Detrás de aquella calma/ germinaba el espino lentamente,/ bullía el quehacer de las orugas,/ podía oírse, entre los árboles, el doliente crujido de los troncos/ que, muy pronto, serían derribados», versos que entroncan directamente con los primeros del poema «Lo invisible»: «No está el aire vacío, en él habitan/ invisibles presencias». La luz de lo invisible parece iluminar todas las estancias de la memoria, estancias en las que la autora, al retirar las sábanas que cubren objetos y emociones, descubre lo que «la noche y su silencio» encerraban sólo para sí. Ahora «Todo flota en la bruma estancada del ocaso», flotan recuerdos, imágenes, deseos, esperanzas y desengaños, y quien quiera conocerse mejor debe internarse en ella sin temor, con los ojos de la imaginación abiertos de par en par y los sentidos desprovistos de las rémoras del pasado, como si escuchara una lejana música, los Nocturnos de Chopin, por ejemplo.

Poemas de despedida —una costumbre arraigada en la cultura japonesa— nos parecen los que cierran el libro, los titulados «El ciprés», un emotivo homenaje al poeta José Luis Parra, fallecido recientemente, en el que percibimos ecos de la visión panteísta juanramoniana, «Te has ido con los pájaros/ y vibras en su canto, oculto en el ramaje/ de ese viejo ciprés/ que solitario crece, buscando libre el cielo»; «En trance» y, sobre todo, «El último gesto», en el que Susana demanda, más que un acto determinado, una forma de ser, una «una gracia natural» para irse sin llamar la atención, con «la plácida indolencia» y la serena quietud de quien firma la paz consigo mismo. Leyendo este conjunto de poemas de Susana Benet, uno parece asistir al desvelamiento de un mundo tan parecido al nuestro que, a veces, lo confundimos con un espejo.

Publicado en la Revista Clarín, nº 109. Febrero 2014

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