SIMON CARNELL

LA LETRA MUERTA
 
El estudio como si alguien sale en ese momento de la habitación
y retrasa, durante sesenta y tantos años, el regreso.
Sobre el escritorio una última ley en desuso, con tinta desvanecida
por todos lados. ¿Una copia de Imperio y Democracia?;

un candente pisapapeles asfixiándose en su polvo.
En el suelo un antiguo dictáfono enorme;
un olor a papel de periódico reseco y expedientes;
Stalin en dos volúmenes, en varios idiomas,

y trajeados visitantes chinos, ostentosos.
Y las puertas estrechas, bajas, blindadas
de la casa adornadas con buganvillas en flor
parecen pequeñas como la entrada de una tumba:

herrumbre doméstica y remaches como los de aquellos
prototipos de tanque, un temporizador o un submarino
—instalado después de que la mano izquierda (de pronto enloquecida y frustrada)
de Siqueiros participara en el homicidio. El suelo

de tierra de la casa del guarda convertido en una caseta

de jardín, próxima al gallinero; el refugio de los juguetes como
la Remington con la culata pintada de rojo
guardada en el vestíbulo con las fotografías:

Trotsky con un gran vendaje en la cabeza.
“Momentos antes de la muerte”. Detectives con sombreros,
agrupados en torno a la prueba A, el pica-hielo.
Trotsky con enfermeras y médicos, “momentos después”.

Versión de Carlos Alcorta

 

 

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