JAVIER CÁNAVES. MOMENTOS ESTELARES. BAILE DEL SOL EDICIONES, 2013

No siempre —hay casos paradigmáticos como el de Gerardo Diego que, a pesar de su renombre, encontró grandes dificultades para publicar su obra, lo que ocasionó desajustes temporales que sólo inteligentes investigaciones pueden aclarar— el orden de publicación de un libro se corresponde cronológicamente con la fecha de su escritura. Por otra parte, es frecuente que la escritura de un libro de un género determinado se simultanee con la escritura de libros de otro género, incluso del mismo. No hay compartimentos estancos en la escritura, como tampoco puede el autor sustraerse al impulso, llamémosle inspiración, que gobierna su escritura. En sí mismo, este hecho posee alguna trascendencia cuando el arco temporal es muy amplio, lo que podría llevarnos a pensar que asistimos a periodos creativos muy alejados y diferentes. Pero, este no es el caso. Javier Cánaves explica en una nota previa a los poemas de Momentos estelares que muchos de ellos fueron escritos con anterioridad a los incluidos en Limpieza y absorción, publicado en 2011. «Concretamente, estos poemas fueron escritos entre los años 2008 y 2013». Creo que esta información es relevante para el lector en la medida en que éste siga la trayectoria poética del poeta, pero carecerá de importancia para ese lector que se enfrente por primera vez con un libro de Cánaves (algo que, en cierto modo, me provoca un encontrado sentimiento de envidia) y descubra la frescura y el humor, la ironía y el desamor que menudean por estos versos.

Momentos estelares es un libro unitario, aunque en los cuarenta poemas que lo componen, encontremos, si no distintas voces, sí diferentes registros de un mismo tono de voz, una voz, por otra parte, consolidada en toda su obra precedente por una particular manera de decir, de narrar incluso, en la que se mezclan el dolor y el placer, la razón y la fantasía (el poema más desgarrador del libro, «La ventana», relata un angustioso sueño, una pesadilla en la que su hija se precipita hacia el abismo desde una ventana, después de escurrírsele entre los brazos). Pero no adelantemos acontecimientos. El poeta ha adquirido con el paso de los años una experiencia que, sin duda, favorece la adaptación al entorno, pero también anula la capacidad de sorpresa, porque uno cree haberlo visto casi todo y quizá sólo recurriendo a las herramientas que la imaginación pone a su alcance consiga romper la rutina de una vida corriente. El poeta entra en la cuarentena, la edad madura por antonomasia, por tanto, la añoranza de la inocencia infantil se presenta como algo inevitable. La posibilidad de que algo ocurra por primera vez es casi inexistente, lo que lleva a Cánaves a preguntarse «¿Cuántas veces nos quedan/ como aquellas primeras veces». Nadie puede contestar a esta pregunta con absoluta fiabilidad, sin embargo, lo que sí podemos afirmar es que el poeta se muestra mucho más receptivo que cualquier otra persona a ese tipo de acontecimientos, tiene la ventaja de estar al acecho, está a la espera de que suceda un momento estelar que dé sentido a la existencia. La sucesión de estampas que los poemas esbozan nos van delineando el autorretrato, sin bien artificioso, del poeta, un autorretrato en el que, como apunté más arriba, la ironía juega un papel importantísimo. Javier Cánaves juega con la información biográfica que nos desvela, exagera («Soy un hombre muerto que gestiona su pasado»), menosprecia sus virtudes, se autocompadece huyendo de la realidad («Hay que ponerse ciego para verlo/ claro»), consciente de que la verdad no resulta relevante para enjuiciar al poema, porque en poesía todo las artimañas están subordinada a la estética.

Los poemas de Cánaves son ricos en detalles, minuciosos en la descripción del escenario y del estado de ánimo del personaje que sirve de testaferro al poeta, capaz de desdoblarse en una prostituta caribeña, en otro poeta —José María Fonollosa o Roque Dalton— o en un sociópata que trata de vivir el día a día como si cualquiera de ellos fuera el último de su existencia («Otro día que puede ser el último», piensa al acabar una jornada desenfrenada). Pero más que victimismo, lo que esconden versos como éste es un deseo irrefrenable de apurar el instante, de ser, a pesar de todos los sinsabores y contratiempos, dichoso, como corroboran algunos versos del poema « Judy Minx a los 15 (frente al espejo)»: «Lo que cuenta es ser/ feliz, deja que sean otros los/ que lloran», versos que, por otra parte, nos sirven como ejemplo inigualable de el uso magistral que Cánaves hace del encabalgamiento como método para resaltar esa fractura, esa incertidumbre que persiste entre el deseo y la realidad. Ya lo sabemos, las palabras resultan insuficientes para plasmar la expresión plena de la emoción, de un sentimiento, pero son el único instrumento de que dispone el poeta, por esa razón quizá sea inevitable reflexionar sobre su utilidad. «El paisaje secreto es un poema», escribe Cánaves, y me atrevo a especular que lo que esto significa es que lo misterioso, lo indecible es lo que constituye la propia escritura, lo que podemos adivinar en los espacios en blanco entre las palabras, no el itinerario más o menos evidente que el poema ensancha. El poema solidifica el tiempo, por eso escribe «Ahora escribo el poema/ y tú sigues ahí».

Las sucesivas máscaras permiten traspasar a otro yo las adversidades pasadas o las que se adivinan en un horizonte confuso, permiten un distanciamiento que el personaje ficticio que habita en el poema aprovecha para desahogarse, para reprender, para maldecir, para maltratar al prójimo y a sí mismo, pero también sirven para reverenciar al cuerpo poseído («Tu cuerpo es un refugio»), para atribuirle la mayor jerarquía: «Nada importa/ más que tu cuerpo en esta habitación».

El lector puede pensar que con «Una despedida», el  penúltimo poema del libro —curiosamente, escrito en prosa— la historia llegaba a su fin, un fin duro y triste: «Ahora debo pensar cómo decírselo a mi hija. La gestión de los dramas nunca se me dio bien», pero Javier Cánaves da otra vuelta de tuerca a la tribulación que ha protagonizado los poemas y, en un final digno de una película de suspense, no oculta los restos de resentimiento que nutren la escritura, por eso el libro termina con unos versos tan inquietantes como estos: «Hay una luz…//…cuya esencia es la sombra de un cadáver/ con nuestras huellas dactilares/ impresas en su cuello».  Momentos estelares encierra en sus páginas el botín de guerra que Javier Cánaves ha obtenido al derrotar a sus demonios. No se trata de que la biografía sea necesariamente la cortada que propicia la escritura (aunque pueda serlo), ni de que sobre las cenizas de una relación amorosa se construya una nueva vida, pero la pasión cuando se apaga se convierte en un tormento, y de ello dan prueba estos cuarenta poemas descarnados, mordaces y desesperanzados que dejan al descubierto las costuras de la conciencia y, al mismo tiempo, son irreverentes, están cargados de voluptuosidad y de rebeldía, que es la forma más incómoda de la esperanza.

 

 

 

Anuncios