XELO CANDEL VILA. HUECO MUNDO SOLO. CALLE DEL AIRE, 121. EDIT. RENACIMIENTO, 2013

 

A estas alturas, creo que resulta innecesario subrayar que la creación poética y la investigación literaria no son líneas paralelas o compartimentos estancos, sino todo lo contrario, el análisis filológico y el estudio de carácter socio literario no dejan de ser una parte más del mundo creativo del autor, que expande sus intereses más allá del inspirado acto de la escritura del poema hasta conformar un todo orgánico con, por ejemplo, ensayos críticos, dietarios, relatos o  novelas, ramas de ese tronco común que son los géneros literarios, formas diversas de un mismo universo; y ahí tenemos los casos de —ciñéndonos únicamente al ámbito valenciano, porque de otro modo la lista sería interminable—Vicente Gaos, Guillermo Carnero, Jaime Siles,  Jenaro Talens, Antonio Méndez Rubio, Begonya Pozo o  Sergio Arlandis, por citar unos pocos nombres, quienes han sabido conjugar la necesidad poética de comprender el mundo con el deseo de conocer cómo otros autores han realizado un camino similar, lo que, sin duda, abre el abanico de posibilidades interpretativas y alimenta una visión menos solipsista, tanto del  yo, como del entorno. Xelo Candel  (Valencia, 1968) es doctora en Filología Hispánica y ejerce como profesora en la Universidad de Valencia, pertenece por tanto a esta singular cofradía que he mencionado más arriba, porque dentro del ámbito de su labor docente ha publicado numerosos ensayos y ediciones, como Diario de Djelfa (1998) de Max Aub, La casa encendida de Luis Rosales (2002), autor al que ha consagrado otros trabajos como Luis Rosales después de Luis Rosales (2005) y el más reciente, El libro de las baladas y Romances de colorido (con los poemas anteriores a Abril), publicado en 2012 o El romántico ilustrado: imágenes de Luis García Montero, en colaboración con Juan Carlos Abril (2008). Pero lo que motiva estas líneas no es la edición de otro excelente ensayo, sino un nuevo libro de poemas, el cuarto, tras Los comediantes (1993), A destiempo (2003) y La arena (2009) publicado en los últimos meses del pasado año, Hueco. Mundo solo, título que procede de unos versos de García Lorca que sirven de pórtico a los poemas: «Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura. Alba no. Fábula inerte». Hasta qué punto las citas que encabezan un libro o los distintos poemas y seccionas condicionan la estética bajo la que estos se adscriben es un asunto que, sin duda, merecería un detallado estudio, de imposible factura en los límites de una reseña. Sin embargo, y por dejar siquiera esbozada una teoría, yo me inclino a pensar que existe un vínculo secreto, personal entre los versos citados y la experiencia del poeta que convierte a éste en un destinatario privilegiado capaz de descifrar algo que nadie supo leer como él, reintegrándolos así a su propia escritura, lo que no significa, a mi modo de ver, que influyan sustancialmente en la expresión de los poemas que introducen, pero sí marcan unas pautas de interpretación de forma voluntaria, interpretación que el lector, por supuesto, no está obligado a seguir.

Ciñéndonos al libro, Hueco. Mundo solo,  hay que señalar que está integrado por cuatro secciones de una extensión, si no idéntica, sí muy similar, lo que abunda en la sensación de organicidad que trasmite el conjunto, ya desde la lectura inicial, que se ve corroborada en sucesivas lecturas con la musculatura especulativa de los respectivos poemas que componen cada una de las secciones. La primera parte, titulada «Hueco» comienza con unos poemas de fraseo corto, seco, sentencioso, como si la experiencia del vacío entrecortara la respiración y no se pudiera articular palabra alguna. Versos  tan contundentes como «Regresar es ver el dolor al otro lado» o «Irse es olvidar lo que no se recuerda» poseen un carácter aforístico que aumenta el efecto meditativo, más allá  de la profunda reflexión a la que el poema completo nos empuja. Esta dicción concisa se va ensanchando a medida que avanzamos en la lectura, hasta llegar a un poema como el titulado «Todo es nada» —que tanto nos recuerda al famoso soneto de José Hierro incluido en  Cuaderno de Nueva York, pero también al Hierro de Cuanto sé de mí— en el que una larga frase fragmentada en versos, se extiende prácticamente a lo largo del poema completo.

«Mundo solo», la segunda sección, la componen una serie de poemas marcados por el escepticismo. Lo real es puesto en duda, casi como si se observara con los ojos de un sonámbulo, y la realidad se presenta como «un camino cerrado»,  pero es ¿un camino sin esperanza? Esa es la conclusión que obtenemos después de leer poemas como «Madrugada sin palomas» o «Ríos de arena», porque «el peso de lo real» es tan intenso que doblega los propósitos más firmes. El último poema de la serie, el titulado «Vana fe» actúa como resumen de la desesperación colectiva frente a la crueldad y la falta de conmiseración para con el prójimo: «Vana es la fe de ayer/ en el hombre», escribe una Xelo Candel desalentada por el curso de los acontecimientos que sólo parece encontrar consuelo en el lenguaje, en la palabra, porque ésta es «regresar del olvido, / ordenar las heridas y las huellas».  Los poemas de «Desembocadura» están entrelazados por una sutil trama metapoética que sustenta las incertidumbres que el dolor provoca. Las palabras se corporizan y parecen ejercer una labor cauterizadora, aunque ésta sufra los altibajos propios de la experiencia que la poeta desmenuza. A veces «las palabras no son más que ceniza» y, en otras ocasiones, se confía plenamente en ellas, hasta el punto de que, sólo si está escrita, la emoción alcanza su verdadero culmen. Quién no haya padecido el vértigo de trasmutar el pensamiento en palabras «nada sabe del mundo, nada espera de él/ nada de cuanto ha visto ha aprendido», escribe en el poema «Escrito queda». No deja de sorprender gratamente esta confianza absoluta en un artefacto, en una herramienta ajena, en principio, a su uso, porque, ¿cómo puede uno enfrentarse con convencimiento a la escritura si se no cree en sus posibilidades de redención?

Llegamos a la última sección del libro, «Alba no. Fábula inerte». Xelo Candel ha puesto nombre a las cosas, ha transformado el dolor, lo invisible, en algo perceptible. Ha materializado con la palabra lo que antes se quedaba en el ámbito silencioso de la propia conciencia, como anuncian estos versos: «Su cordura sutil alcanza/ el mundo entero en continua creación,/ el tacto, el cuerpo, la materia,/ todo cuanto las palabras abrazan/ y con ellas la distancia» pertenecientes al poema «Sed». El verso de Xelo Candel se ha vuelto más complejo, más alusivo, con sutiles influencias barrocas —desde Quevedo a Calderón— que merodean en busca del significado exacto, como si fuera imposible desvelar por completo el enigma de la existencia, por eso quizá ahora lo apuesta todo a la luz, «una inédita luz reveladora», una luz capaz de fundir la nieve, de delimitar el vacío, la ausencia, el hueco, el hueco terrible que queda en la memoria, en la «niebla inhabitable» tras la pérdida, un hueco enorme en el que caben todas las contradicciones de la existencia, la casa habitada por los fantasmas del pasado y la casa deshabitada, sin puertas ni ventanas, igual que si se estuviera a la intemperie, del porvenir. La experiencia nos dice que son los aspectos perniciosos de la vida los que más nos enseñan, los que nos incitan a reflexionar sobre lo acontecido. Después de leer Hueco. Mundo solo, uno puede verificarlo, pero también puede afirmar  que —y recurro de nuevo a José Hierro— se llega «por el dolor a la alegría».

 

 

 

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