JOSÉ INIESTA. Y TU VIDA DE GOLPE. CALLE DEL AIRE, Nº 120. EDIT. RENACIMIENTO

Son varias las conclusiones que uno puede extraer de la lectura de Y tu vida de golpe, el último libro que ha publicado José Iniesta, un autor lento y riguroso, como lo demuestra su escasa producción, cinco libros en casi treinta años de creación. La lentitud no es una virtud en sí misma, pero tampoco podemos considerarla una lacra, tal y como parecen transmitir los altavoces de la sociedad actual, una sociedad en la que la velocidad y el estrés son síntomas de vitalidad, de estar al día. Cada poeta debe conocer su propio ritmo y adaptarse a él, esta es una de la condiciones consustanciales para lograr la autenticidad, aunque esta idea no debe hacernos presumir que posea  mayor eficacia el poeta que publica un libro cada lustro que el que regularmente, casi cada año, envía uno a la imprenta (dos ejemplos acuden ahora a mi mente, el prolífico José Agustín Goytisolo y el renuente Claudio Rodríguez), siempre y cuando —y esto ocurre habitualmente en la novela, pero dudo que suceda en la poesía— no se vea forzado a hacerlo por motivos extraliterarios. Estoy describiendo un proceso de publicación, que no de escritura, que goza de homogeneidad temporal y, sin embargo, los periodos de publicación de los libros de Iniesta no se avienen a estas normas. Podemos considerar dos periodos intermitentes, el inicial, del que forman parte sus primeros libros, Del tiempo y sus castigos (1985) y Cinco poemas (1989) y el de madurez, en el que ahora se encuentra, constituido por Arder en el cántico (2008), Bajo el sol de mis días (2010) y el libro que hoy comentamos, Y tu vida de golpe (2013). En medio de estas dos etapas, un largo intervalo de silencio —«Ha escuchado el silencio de la vida/ y en un pozo ha bebido sin hartura/ de las aguas amargas de la realidad», escribe en un poema— en el que el poeta ha ido alimentando su obra con la experiencia vital. Esta es sin duda la primera conclusión, para escribir con pasión un poema es necesario haber experimentado antes con naturalidad —y consideramos reales tanto los hechos de los que tenemos conciencia como los sueños—, la emoción que conduce a la escritura. La segunda conclusión tiene más que ver con las limitaciones propias del lenguaje a la hora de descifrar nítidamente la experiencia. Ocurre a veces que el lenguaje se torna demasiado escurridizo, escasamente definido en su esmerada definición, como si quedaran demasiados hilos sueltos o aspectos ocultos detrás de las palabras, y el poeta se encuentra en la necesidad de precisar su emoción dándole otro vuelo, no tan ras de tierra, con el objeto de apropiarse de ella, de hacerla verdaderamente suya. Necesita entonces la ayuda del símbolo para reconocerse, necesita utilizar palabras que puedan ofrecer tanto al lector como a quien las escribe una dosis alta de ambigüedad, de imprecisión, acaso para que quede diluida esa sensación final de fracaso que el hecho de vivir lleva aparejado: «La vida es la respuesta, y no el camino,/ cansancio tus palabras al llegar» son unos versos del poema titulado «La vida desde el sillón» que creo abundan en ese sentido. Pero esta práctica no está exenta de riesgos —riesgos, por otra parte, implícitos en el propio acto de la escritura—, uno de los cuales, quizá el mayor, es el ensimismamiento, el hecho de pensar que se es capaz de doblegar los significados. José Iniesta asume magistralmente las consecuencias, como lo demuestra el poema titulado «Las palabras», que no me resisto a transcribir completo porque sus versos explican de un modo más contundente lo que yo sólo dejo esbozado:

LAS PALABRAS

A menudo no encuentro las palabras.

En vano está encendida

nuestra vela en la noche

buscando iluminar la vastedad.

¿Cómo nombrar la vida

                                   con materia tan leve,

con la arena y el humo

                                   la rosa y la ceniza?

 

¿Cómo cantar la luz sobre mi mesa

tan sólo con la voz,

decir el nombre  limpio

                                   de la sal de los días,

la lluvia indiferente frente al muro,

la caña que se inclina contra el viento,

el pájaro cantando en el tapial?

 

¿Cómo escribir en la mañana fría

la verdad de tu sangre,

                                   el clamor de los muertos,

las razones del sueño y los abrazos,

el silencio crujiendo en la madera

de una techumbre a punto de caer?

 

¿Cómo decirles hoy a las palabras

que son sólo el murmullo

                                       en una casa vieja

donde todos partieron a su nunca,

el rumor de sus pasos en la nieve,

que apenas son capaces de expresar

de mi vida el esbozo y el suspiro,

y no la maravilla ni la boca

que beso cada noche en lo más alto,

 

que solamente son la arcilla muda

en el quebrado cántaro vacío,

la memoria del agua

                                sonando siempre dentro?

 

Podemos preguntarnos, entonces, hasta qué punto las palabras son capaces de llenar «Los lugares vacíos», titulo de la segunda sección, de rescatar de la memoria detalles, quizá mínimos—la risa, un vaso, una llamada, —, tal vez tergiversados por el paso del tiempo, pero, en cualquier caso, relevantes para quien los recuerda; hasta qué punto pueden las palabras ponernos en contacto con la persona ausente, rescatar del olvido una tarde soleada, un mediodía o una tormenta. Se pueden proporcionar muchas respuestas y cada una de ellas será válida para un lector determinado. Lo que si me atrevo a afirmar es que si José Iniesta dudara de ese poder conciliador de las palabras, no hubiera salido desnudo a la intemperie. Son las palabras las que visten esa intimidad descarnada, sufrida y doliente. Son las palabras las que ayudan a salir «A cielo abierto», a sentirte parte de la naturaleza, tan presente en estos poemas. Esa comunión es la que lleva a Iniesta a escribir versos como estos: «por la ruta del aire/ celebrando el prodigio de ser vida». Es la naturaleza el escenario donde un cuerpo se funde con otro cuerpo, y de esa fusión nace la luz, «la luz que más brillaba y la más cerca», aunque ese reflejo fugaz sirva sólo para dar forma a la ficción que crea el deseo. La experiencia del dolor tiene su parte positiva porque nos enseña a apreciar con mayor intensidad la vida misma, el mero hecho de estar vivos y de ser testigos de las maravillas que el mundo nos brinda. «De nuevo es el amor quien me sostiene», escribe Iniesta, casi como si fuera un desafío, un reto al tiempo del luto. Ahora que llegamos al  final del libro, es el momento de tomar conciencia de cómo la escritura ayuda a conocer la realidad, la propia realidad, la intensidad de los acontecimientos y de las emociones, porque no sólo se vuelven a vivir al escribirlas, sino que se reflexiona sobre ellas, se interiorizan y, paradójicamente, se hacen más íntimas. Y tu vida de golpe comienza con un tinte de pesimismo que el lector puede tomar como premonitorio, pero una vez que el poeta asume la irreversibilidad del adiós, que se ve obligado a renunciar al hijo que fue porque los lazos entre el yo de hoy y el de entonces se han roto, los poemas se vuelven más optimistas, más celebratorios y acaban con una fervorosa reconciliación entre el ser y el mundo en el que vive, entre el hombre y la naturaleza, una naturaleza que, de forma excepcional, condiciona este tono confidencial, meditativo, con la figura tutelar de Francisco Brines al fondo, tan apropiado para quebrantar el silencio.

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