JUAN IGNACIO GONZÁLEZ. EL CUADERNO DE LA CENIZA. HERACLES Y NOSOTROS, Nº 10. GIJÓN, 2013

Nacido en Mieres en 1960, Juan Ignacio González ha estado vinculado desde su juventud a proyectos literarios y artísticos, como el colectivo Cálamo, fundado en 1982 o la colección de Heracles y nosotros que comenzó su andadura a finales de la década de los ochenta y en la que se publicaron, en su primera época, nueve plaquettes de autores como Jaime Priede, Aurelio González Ovies o Jordi Doce. Con un diseño clásico, muy similar al originario, aunque  mayor en tamaño y extensión, comienza la segunda etapa de este meritorio proyecto, y lo hace con una nueva entrega poética de Juan Ignacio González, titulada El cuaderno de la ceniza.

Muy lejos en el tiempo queda ya su primer libro, Otros labios, acaso, publicado en 1985, aunque releyendo casi simultáneamente este primer libro con El cuaderno de la ceniza, uno no puede dejar de señalar que existe entre los poemas que componen uno y otro libro un aire de familia perfectamente reconocible, lo cual no significa que leamos el mismo libro, sino, como no podía ser de otra forma, que asistimos a una evolución meditada, reflexiva de una visión del mundo que comenzaba a arraigar en la conciencia del poeta hace treinta años y que ahora, en la madurez vital y estética, ha enraizado bajo el suelo ya nutrido de la experiencia, por eso, lo que en un principio eran sólo intuiciones, conjeturas o esperanzas se han convertido ahora en olvidos, en pérdidas, en desengaños. El lector es testigo de la conjunción que provoca asumir las restricciones que el paso del tiempo impone y las reflexiones íntimas a que da lugar esa travesía. El tiempo, y no es preciso ser un sofista para entenderlo así, entre otros ejercicios, coloca lentamente las cosas en su lugar, confiere la importancia justa a cada acontecimiento, atenúa las ambiciones, enseña a sacar provecho de lo aparentemente insignificante, y todo esto ha de reflejarse de forma natural en la escritura, por esa razón, aunque el concepto del poema no haya variado en lo sustancial, su materialidad sí que ha sufrido esos fluctuaciones, no de forma abrupta (quien desee comprobarlo podrá hacerlo leyendo los libros publicados durante este largo intervalo, libros colectivos en su mayor parte, como Velar la arena (1987), Contra las ocurrencias (2003) o La vieja música que vio la luz en 2004), sino pausada, destilada por la voz de un poeta que escribe sólo por necesidad, sin atender a la llamada de la actualidad, sin caer en las redes de la prisa, siendo consciente de que la realidad posee múltiples caras y la posibilidad de fusionarlas en la escritura, más que una necesidad, es una virtud no demasiado frecuente.

El ritmo excelente, el gusto por la palabra suntuosa —en esta entrega, bastante mitigado—la minuciosidad de la descripción de los sentimientos, la resignación ante el paso del tiempo: «Sólo somos lluvia que hemos dejado en otros», cierto tono sentencioso, casi didáctico de los que Juan Ignacio González ha hecho gala desde su primer libro siguen aquí presentes. Han desaparecido, sin embargo, casi por completo el sugerente erotismo o los monólogos dramáticos, aunque persistan ciertas referencias culturales, provenientes en gran medida del acervo cultural de la Grecia clásica, una devoción estética que acompaña desde siempre al autor. Basten para comprobarlo la cita de Odiseas Elitis que encabezaba una de las secciones de su primer libro y la de Yorgos Seferis, que sirve de frontispicio al libro que ahora comentamos. Acaso la mayor novedad temática que ofrece El cuaderno de la ceniza sea la reflexión de calado metapoético que muchos de los poemas encubren de forma más o menos velada. La poesía no siempre ejerce sobre el poeta un poder salvífico y Juan Ignacio González es consciente de ello y se pregunta ¿por qué escribir poesía?  En el poema titulado «Ella, maldita sea», responde con versos como estos: «Imán de soledades y destierros,/ ella,/ maldita sea,/ debe asolar los cuerpos y la dicha,/ y morir con nosotros en el último puerto». En otros, como el titulado «Página en blanco», el escepticismo provocado por saberse sólo una pieza más en el maremagnun de los significados, un poeta que siente y padece de manera personal, pero que no encuentra aquellas palabras capaces de descifrar esos sentimientos, escriba «¿Qué puedo yo decirte que no hayan dicho antes?», pero la imaginación que recrea lo real o lo reinventa nos insinúa que siempre pueden decirse las cosas de forma diferente, por muy trillados que estén los temas a tratar; si no fuera así, la literatura, la poesía se habrían convertido en algo innecesario, en pura retórica, no en algo indescifrable que «viene de lo vivido», de las incertidumbres  que asolan al ser humano, que trata de encontrarle un sentido a su existencia, de explicársela a sí mismo y a quien lo lea, como ocurre con la poesía de Juan Ignacio González.  

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