OCTAVIO PAZ, DEL PASADO AL PRESENTE.

Los aniversarios tienen dos caras, una bonachona, bienintencionada que trata de honrar la memoria del homenajeado, y otra inquietante y recriminatoria que busca menospreciar sus logros, desacreditando sus intenciones. Es algo inevitable, sobre todo cuando se trata de un hombre que estigmatizó el fracaso idealista de su tiempo, lo que ha provocado que no haya ni, seguramente, habrá unanimidad a la hora de valorar su pensamiento. «Paz fue poeta y pensador que no estuvo alejado del mundo (…) Salió a la calle a exponer su visión política liberal, en un extremo casi militante, defendiendo los valores democráticos y el ejercicio de las libertades, cuestionando los excesos de Estados autoritarios. Su fuerte personalidad para no mantenerse recluido en el capullo de la creación artística y expresar su visión política lo mismo en foros internacionales que en medios masivos de televisión, quizá provocó (la virulencia) a quienes no admitían la crítica a las desviaciones del socialismo del este de Europa», escribe Castro Obregón.

El centenario del natalicio de Octavio Paz (1914-1998), Premio Nobel de Literatura en 1990,se celebrará el próximo año con toda la parafernalia habitual en estos casos —y  no es la única conmemoración en las letras hispanas, recordemos el también centenario del nacimiento de Julio Cortázar, de Nicanor Parra o de Bioy Casares, entre otros—, algo que, en principio, no será objeto de reprobación o crítica por parte de quien esto escribe, siempre y cuando el boato previsto esté acompañado de intenciones menos espurias y las instituciones responsables de las actividades diseñadas al efecto eleven su punto de mira y sus expectativas hasta consolidar la figura y de la obra de Paz como un patrimonio común de la lengua española, digno de revitalizar no sólo un año determinado, sino de por vida. Habitualmente las conmemoraciones sirven para rescatar del olvido una figura pública, instalada por mor de la desidia, en una especie de purgatorio donde el finado depura su legado, sujeto siempre a los vaivenes de la posteridad y de quienes se ocupan de gestionarla. El caso de Octavio Paz, afortunadamente —y sin obviar las enriquecedoras controversias que su pensamiento  alimenta— no ha padecido el natural desinterés de sus otrora panegiristas ni la impostura de sus detractores con demasiada intensidad, quizá porque no son muchos los años transcurridos desde su muerte, y más que peregrinar por el purgatorio, hasta ahora ha transitado por el más misericordioso limbo, ese espacio intermedio que separa a los vivos y de los muertos. Aun con todo, no está de más recordar que, como ocurre con otros muchos escritores, la enorme consideración de la que goza en el panorama literario universal es debida a razones más superficiales que de fondo, porque es mucho menos leído de lo que dan a entender las ocasiones en las que su pensamiento sirve de excusa para afianzar determinada postura estética o ideológica, o como arma arrojadiza en polémicas tanto literarias como políticas. Octavio Paz fue un hombre acostumbrado a no rehuir la controversia. Ya desde su temprano viaje a la España en guerra de 1937, invitado al II Congreso de la Alianza de Escritores Antifascistas de Valencia, en donde se codeó con muchos de los escritores y  poetas de la Generación del 27, algunos ya muy críticos con la deriva que estaban tomando los acontecimientos, como Luis Cernuda, a quien conoció cuando éste revisaba pruebas de un número de Hora de España y a quien frecuentaría en su exilio en México. Tal vez la llamada guerra de los Caudillos, todavía reciente en su memoria, y la posterior creación del Estado moderno mexicano de Lázaro Cárdenas alimentaron una forma de ver el mundo poco complaciente con los acontecimientos. El fracaso de proyectos revolucionarios —los logros de la Revolución Rusa empezaban a ser cuestionados por sus métodos—, el desenlace de la Guerra Civil española y el auge de la ideología fascista en Europa llevaron a Octavio Paz, en un ejercicio de independencia que desdeñaba las consignas, a no comprometer su libertad con nada que no estuviera avalado por la fuerza de la razón, por lo que le dictaba su pensamiento, lo que, a la postre, le granjearía enemistades en un lado y en otro, un precio que él, un intelectual de estirpe liberal (es una lástima que la acepción que esta palabra ha adquirido en los últimos años contribuya a deslegitimar su significado original), como también lo fue su admirado Camus, estaba dispuesto a pagar. Esta filiación crítica ha generado, al menos, dos situaciones. Una de signo positivo, porque ese afán fiscalizador ha provocado que se mantenga vivo su pensamiento, con todas las contradicciones inherentes a una obra que se preocupa fundamentalmente por el destino de los hombres, no desde una perspectiva trascendente, sino imbricada en la realidad y, por otro lado, negativo, porque a esta vigencia contribuyen también una legión de interesados que habiendo, en el mejor de los casos, mal leído su obra, la utilizan sesgadamente para defender finalidades únicamente personales, algo que traiciona su espíritu cosmopolita. No es del todo imposible concluir que el gigantismo de su figura intelectual y poética desalienta al lector timorato y le imposibilita el acceso a su obra. Nadie está obligado a leer a Octavio Paz, pero lo que sí resulta éticamente reprochable es utilizar fragmentos de su obra de forma torticera, sacados de contexto, tanto histórico como artístico, para propagar opiniones que sólo tangencialmente defendió el autor. Estas interpretaciones tendenciosas sólo pueden afectar a un lector desinformado, no a quien haya leído sin anteojeras la obra de Paz, una obra que abarca la poesía, el análisis de la creación poética, la historia, la antropología, la traducción, la política—no olvidemos que fue diplomático—, el arte o el erotismo y que atraviesa diferentes etapas en las que el autor deja constancia de la evolución de sus planteamientos. En cualquiera de estas disciplinas, Octavio Paz manifestó una profunda libertad interpretativa y un conocimiento exhaustivo y riguroso del asunto del que estaba tratando. Quizá hoy más que nunca, a tenor de cómo los gobiernos de turno gestionan la crisis económica que azota a muchos de los países desarrollados, gocen de vigencia algunas afirmaciones como esta: «nuestros ricos nunca han hecho realmente suya la ideología liberal y democrática…sus verdaderas afinidades morales e intelectuales están con los regímenes autoritarios», escrita en El ogro filantrópico en el año 1978 (aunque el ensayo está dedicado al México post-revolucionario gobernado por el PRI, puede hacerse extensivo a un país como el nuestro, legatario de una transición con muchas lagunas). Hace ahora treinta años, Octavio Paz analizaba de nuevo la situación de la política internacional con la agudeza que le caracterizaba, apelando a los valores morales como escudo ante la barbarie espiritual de la que somos víctimas. Si entonces lo consideró como un Tiempo nublado (así tituló su ensayo), hoy hubiera calificado la situación mundial como una ciclogénesis explosiva en la que las ortodoxias religiosas de uno u otro signo —ortodoxias que poseen innumerables concomitancias con esa demagogia intrínseca que todo proyecto nacionalista lleva en su seno— los maximalismos económicos y sociales que predican las doctrinas neoliberales y el desprecio por los derechos colectivos se han impuesto a cualquier tipo de racionalismo. Lamentablemente, muchos de los argumentos defendidos con tanta contundencia como claridad por Octavio Paz a favor de la convivencia entre credos e ideologías antagónicas siguen siendo hoy un proyecto de un futuro cada vez más lejano.

El pleno de la Cámara de Diputados mexicana ha declarado al fin el 2014 como «El Año de Octavio Paz» (recordamos como en esta misma cámara fue rechazada, en los últimos años, varias veces la propuesta de algunos diputados de inscribir con letras de oro el nombre del poeta y ensayista en el Muro de Honor del Palacio de San Lázaro). A través del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) se organizarán encuentros poéticos, conferencias, exposiciones, billetes conmemorativos, acuñación de monedas, sellos, anuncios promocionales sobre su vida y su obra, etc.  La editorial Fondo de Cultura Económica prepara una nueva edición de las Obras Completas del poeta y ensayista en ocho volúmenes, así como la publicación de obras que giren en torno a su figura, como las recientemente publicadas, Octavio Paz: el poema como caminata, de Hugo Verani,  Una introducción a Octavio Paz, de Alberto Ruy Sánchez —quizá el más interesante para aquellos lectores que se acerquen a la obra del Premio Nobel por primera vez— Octavio Paz en la deriva de la modernidad, de Jacques Lafaye, donde escribe en uno de los pasajes que Paz «Intentó ser otro Teseo. Este es el significado último de toda su obra: buscar la salida del laberinto, por la historia y por la poesía». Esta reivindicación del escritor debe servir para conocer en profundidad tanto su obra como su vida. Sólo así podremos considerar su herencia como una bendición, no como una losa, como una influencia perniciosa de la que, como le ocurre también a Borges, es casi imposible librarse. Habrá que ver qué queda cuando se acaben los fastos y las celebraciones conmemorativas; habrá que ver si hemos aprendidos algo y si somos capaces de reconocer la modernidad y la libertad de una obra que funde poesía con ensayo, que es a la vez clásica y vanguardista, metódica e impetuosa, una obra que, como dice Julio Ortega, «condena del canibalismo en la vida cultural mexicana; así como su defensa de la poesía como demanda de certeza y de integridad entre los oficios del discurso. La ética, nos enseñó, no es la buena opinión que tengo de mis actos, ni mucho menos la condena de los otros: es el lugar que el otro ocupa en mí».

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