HENRI COLE

TERNURA

En el depósito de cadáveres del hospital,
me tendí en la caja de pino

instalada en una sencilla habitación azulejada,

con una cortina para preservar la intimidad
que se abría cada vez que un invitado
entraba en la capilla.

Llevaba una camisa de seda color marfil
combinada con rosa.
El satén blanco me llegaba hasta la cintura
y estaba cosido burdamente
alrededor de los bordes del ataúd.
Entonces algunos de los empleados del depósito cerraron la tapa,
apretando los tornillos con una carraca
que hizo un sonido escandaloso,

fundiendo cera sobre las cabezas de los tornillos para sellarlos,
y clavando un crucifijo sobre el lugar
donde puse mi boca,
o lo que había sido mi boca.
En una ladera,
me deslizaron con sogas dentro de la roca,
y algunos que miraron

entrevieron la bruñida estrella sobre el ataúd brillando en la oscuridad,
en vez de un mar de cráneos.

Entonces me acosté a tu lado,
interrumpiendo la soledad,
y los gusanos blancos se retorcieron.

Cuando habló el predicador,
nadie pareció oírle,
guiñando sus ojos, tocándose entre ellos.
Vestía una larga sotana negra con capucha
como ropa de trabajo,
en la parte superior del cual dos serpientes
siseaban entre sí.
Se postró sobre el duro suelo frente a nosotros.
Parecía emocionado.

¿Recuerdas los canarios
en el lavadero de la cocina,
una hembra y su cría
con cuerpos de color amarillo y anillados?

¿Recuerdas cómo cantaban con sus picos cerrados
cuando los soltábamos cada noche,
escuchando y observando
mientras sobrevolaban en círculos
alrededor de las brillantes luces que imitaban el amanecer?
¿Recuerdas las notas que se asemejaban al gorgoteo del agua?
¡Qué buena actuación!

Mientras pensaba que estaban desorientados,

cantaron su canción más hermosa.

 

Versión de Carlos Alcorta

 

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