JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES. LA TEORÍA DEL VASO DE AGUA. EDITORIAL PÁGINAS DE ESPUMA, 2013

Berlín, década de los sesenta. La actitud autoritaria de los gobiernos de turno y las fisuras en el entramado del milagro económico alemán que son cada vez más evidentes, llevan años concitado un rechazo casi unánime en la sociedad alemana, pero son las nuevas medidas gubernamentales que afectan a la Universidad, puestas en marcha durante el verano de 1966, las que actúan como detonante de la rebelión estudiantil nada más iniciarse el curso académico en la Universidad Libre de Berlín, extendiéndose rápidamente al resto de universidades del país. El gobierno utilizó toda su artillería represiva y propagandística para minimizar los hechos y para poner a la opinión pública en contra de los estudiantes, incluidas las artimañas informativas de los periódicos afines, aunque todas estas medidas, lejos de desmoralizar a los descontentos, lograron cohesionarlos en torno a sus exigencias: aumentar los fondos para la universidad, derogar las leyes de emergencia y anular los nuevos programas de estudios.

La visita del Sha de Persia en junio de 1967 ofreció a los estudiantes un nuevo escenario para divulgar sus reivindicaciones, unidas ahora a la repulsa que la visita del dictador iraní provocaba. La policía de Berlín (con la ayuda del servicio secretó iraní) reprimió con dureza la manifestación frente a la Casa de la Ópera durante la visita del Sha. Benno Ohnesborg fue asesinado de un disparo en la cabeza que efectuó el sargento Karl-Heinz Kurras. Las manifestaciones contra la brutalidad policial y exigiendo responsabilidades políticas al gobierno se extendieron rápidamente, aunque las disposiciones para evitarlo fueron expeditivas. La prensa más sensacionalista alimentaba el rencor social tildando a los estudiantes de individuos violentos y revolucionarios, y acusándolos de ser los verdaderos responsables de todo lo que estaba ocurriendo. El amarillista Bild-Zeitung, siguiendo las consignas de su editor, Axel Springer, apoyó las medidas del gobierno e intentó deslegitimar a los líderes de las protestas estudiantiles, fundamentalmente a uno de ellos, Rudi Dutschke, a quien tachaba de enemigo público. Esta campaña de difamación fue el caldo de cultivo que propició el intento de asesinato de Dutschke durante la Pascua de 1968, y las posteriores consecuencias que ahí germinaron. Las protestas frente a los edificios «Springer» —a cuyo imperio editorial los estudiantes culpaban de la tentativa de asesinato protagonizado por Josef Bachmann, un obrero de extrema derecha que posteriormente se suicidó— el bloqueo del reparto del tabloide, las luchas callejeras, la represión policial ante las manifestaciones en Bonn contra las leyes de Emergencia que dotaban al gobierno federal de poderes extraordinarios en momentos de crisis…

Esta somera explicación de carácter histórico sólo tiene un sentido muy explícito, contextualizar las circunstancias en las que se desarrolla la última novela de Javier Menéndez Llamazares, La teoría del vaso de agua (Salto de Página, 2013), aunque el autor utilice estos acontecimientos sólo como escenario, más o menos fidedigno, del asunto que quiere narrar, no como objeto de la narración. Estamos frente a una novela, es decir, frente a un ejercicio de ficción, y lo que debe importarnos no es su rigor histórico — extremado, como podrá comprobar el lector—, sino la verosimilitud de la historia concebida al amparo de esos acontecimientos históricos. El narrador irá perfilando unos personajes que desde la página, en donde adquieren su forma definitiva, se adentran en la memoria del benevolente lector.

Javier Menéndez Llamazares es un letraherido para quien la literatura, en cualquiera de sus formas —ha publicado relatos (Con amigos como tú, 2010), poesía (Cosas que no se pueden encontrar en Internet, 2009), una recopilación de artículos (Todos los charcos, 2012) y la novela El método Coué (2009)— resulta consustancial para entender la realidad en la que vive. A su labor literaria propiamente dicha hay que añadir sus habituales columnas en el Diario Montañés, el programa cultural que coordina los fines de semana en la Cadena Ser o la dirección de Flic (Feria del Libro Independiente de Cantabria) que ha asumido este mismo año, por no hablar de su tarea como anfitrión literario de aquellos novelistas y poetas que visitan nuestra región. Siendo testigo como soy de esta frenética actividad, a veces me pregunto de dónde saca fuerzas Javier para realizar todas estas tareas con tanta dedicación y brillantez. Sólo un enamorado de la literatura es capaz de hacer algo así, sólo una persona que lleva en la sangre el virus de la escritura es capaz de convertir en artilugio de ficción lo que vive, lo que sueña, lo que imagina, la vida de los otros o su propia vida, y esto fácilmente lo podrá comprobar quien se acerque a las páginas de La tormenta en un vaso de agua, novela que centra su acción en la primavera berlinesa del mítico año 1968, aunque la historia contada no avanza de un modo lineal, pues se suceden saltos en el tiempo y en el espacio, ligados a los recuerdos de los personajes, sobre todo del personaje principal, Carmen Arruti, una estudiante española de buena familia, que se involucra —sin saber muy bien cómo, aunque el descubrimiento del sexo (« La sociedad burguesa, de acuerdo con sus propias normas, escribe W.G. Sebald, no es compatible con la promiscuidad) y el enamoramiento tienen mucha culpa— en los acontecimientos que suceden a su alrededor, hasta el punto de convertirse en protagonista involuntaria de ellos. De cómo se produce la transformación de adolescente educada en un colegio religioso a joven comprometida trata  La teoría del vaso de agua, porque el autor sabe que, como dice Coetzee, «Nadie quiere leer historias de hijos dóciles». Como he apuntado anteriormente, la fidelidad histórica no es una virtud en sí misma cuando hablamos de una novela y, sin embargo, Javier Ménendez Llamazares, que conoce bien la historia y la cultura alemanas, gracias a los años que vivió en el país, ha imaginado en torno a ellos una historia producto de su fantasía, pero que resulta absolutamente plausible, y además, lo hace sin recurrir a sesudas digresiones sobre los sucesos y sus consecuencias, sino con la frescura y las dosis de humor necesarias para no caer en dogmatismos. No hay en estas páginas mitificación alguna de la realidad, por eso se denuncian solapadamente el fanatismo y la aflicción de quienes no son capaces de soportar sobre sus espaldas el peso de la historia reciente de Europa. Los diferentes capítulos que conforman la obra están encabezados por eslóganes de la época, lo que contribuye a dar consistencia a las peripecias narradas en la novela, estas frases funcionan como un hilo conductor que nos recuerda a cada momento, la época y el lugar en que nos estamos internando y, aunque estos se puedan leer como una metáfora del presente. La agilidad de la prosa de Javier, el magistral empleo de los diálogos («En una novela que pueda llamarse dialógica, recurro de nuevo a Coetzee, no existe conciencia central del autor y, por tanto, no se apela ni a la verdad ni a la autoridad, sino únicamente a las voces y a los discursos que rivalizan entre sí), la tela de araña que construye con precisión, atrapan al lector, ansioso por saber más, por conocer el desenlace de la historia, mientras disfruta de la arquitectura de una trama urdida con la sabiduría de un narrador de raza que conoce los riesgos de su oficio, lo que le permite sortearlos con encomiable habilidad. Quienes busquen en la lectura esa mezcla —por otra parte, tan difícil de lograr— que combina la precisión histórica con el entretenimiento, encontrarán en La teoría del vaso de agua, el mejor lugar para verificarlo.

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