JAMES MERRILL. DIVINAS COMEDIAS. EDICIÓN BILINGÜE DE JEANNETTE L. CLARIOND y ANDRÉS CATALÁN. VASO ROTO POESÍA.

 

Con Divinas comedias el poeta James Merril (1926-1995) obtuvo el Premio Pulitzer de Poesía en 1976, quizá el de mayor trascendencia de las letras norteamericanas, aunque a lo largo de su vida literaria Merrill fue galardonado con otros muchos premios importantes, como el National Book Critic Circle Award por La luz cambiante en Sandover (1978) o el National Book Award for Poetry, en dos ocasiones (Días y noches, 1966 y Mirabell, 1978), lo que nos lleva a pensar que su poesía —escribió también obras de teatro, novelas y otros libros en prosa— tuvo un reconocimiento acorde con su extraordinaria calidad, algo que no es excesivamente frecuente, al menos, en nuestros lares. La editorial Vaso Roto, cuyo catálogo debemos recomendar con entusiasmo por ofrecernos poetas de tan variadas tradiciones, de la mano de sus traductores, ambos reconocidos poetas, Jeanentte L. Clariond y Andrés Catalán —cada uno se ha ocupado independientemente de una serie de poemas—  pone en nuestra manos uno de los libros más importantes de la poesía norteamericana del pasado siglo.

Merrill nació en una adinerada familia de banqueros establecidos en Nueva York, razón por la cual su formación se confió a una institutriz —Mademoisille—, europea que, como veremos, influyó de manera favorable en su educación gracias a sus heterogéneos orígenes culturales y a su don de lenguas —hablaba además de inglés, alemán y francés. El que podemos considerar su primer libro (realmente, su primera publicación, Jim, se la financió su padre, cuando aún estaba en la escuela secundaria), Cisne negro, data de 1946. El autor estudiaba aún en la Universidad (se graduaría al año siguiente con una tesis sobre la metáfora en Proust), cursaba unos estudios que había interrumpido para participar en la Segunda Guerra Mundial. Sin ser recibido con hostilidad, el poemario tampoco gozó de una gran reconocimiento crítico, porque, según los comentarios de la época, aunque estaba formalmente muy cuidado (la influencia de Stevens resulta evidente), carecía de fuerza emocional, de tensión, daba la sensación de que los sentimientos que traslucía los poemas no le pertenecían, eran los de un mero observador sin implicaciones emocionales con lo descrito, sonaban a crónicas prestadas, no asimiladas, de vidas ajenas. Las experiencias que recabó durante un largo viaje a Europa serían determinantes en toda su obra posterior, cambiaron su forma de ver el mundo y su relación, mucho más consciente, con las personas y las cosas. Si bien nunca renunciaría a la pulcritud formal, en los nuevos libros sus poemas adquieren mayor hondura porque incorpora una mayor carga autobiográfica, lo que le conduce, a pesar de llevar una vida privilegiada, a preocuparse por los problemas de los demás y a ver las etapas de la vida como una sucesión de conflictos, como una dura batalla por la supervivencia. Este cambio de perspectiva provoca también cambios en su obra. Comienza a utilizar un lenguaje más coloquial y el verso se expande hasta convertirse en verso libre, muy cerca de la prosa.  Otra impresión causó en la crítica Primeros poemas, libro editado en 1951 por la prestigiosa editorial Alfred A. Knopf, (la cual publicaría también su primera novela, El Serrallo, en 1957), que fue recibido con grandes elogios.

Divinas comedias, publicado en 1976, es su séptimo libro de poemas, y contiene el poema titulado «Lost in traslation» («Perdido en la traducción»), que sirvió de inspiración a Sofia Coppola en la película del mismo título. Es éste un lago poema narrativo —215 versos encabezados por una cita en alemán— que describe la construcción de un rompecabezas al que le falta una pieza, pero dicha descripción es un rompecabezas en sí misma, porque el autor utiliza diferentes estratos narrativos, diferentes historias que se entrelazan de forma, para el lector, misteriosa, tal vez porque la poesía, como aseguraba Fiedrich Bullnow «no sólo ordena una realidad existente reconocida como tal, sino que hace presa también en forma inmediata de esta realidad, desde el momento que es capaz de conjurar, con su poder de configuración, el caos que amenaza con irrumpir». Fue publicado de forma exenta en The New Yorker en 1974 y, posteriormente, pasó a formar parte de Divinas comedias. Mademoiselle, la institutriz que mencionamos más arriba, no sólo es la compañera de juegos, sino que además interviene en el poema como una especie de guía espiritual, gracias al fuerte vínculo que les unía. Ella es quien sirvió de parapeto emocional en la traumática separación de sus padres, cuando el poeta tenía trece años. Ella será quien le introduzca en las culturas alemana y francesa, aprendiendo los respectivos idiomas —«a los ocho años, escribe Merrill, yo había aprendido lo suficiente de francés y alemán para darme cuenta que el inglés no era más que una de las muchas manera de expresar las cosas…Al mismo tiempo, fui descubriendo cómo algunos sonidos cotidianos del inglés pueden conducir a equívocos al poseer más de un significado…Las palabras no eran lo que parecían. La lengua materna podía inspirar fascinación y desconfianza». Los lectores del poema asistimos a la progresiva conclusión del rompecabezas, pero cuando parece que está terminado, el niño descubre que falta una pieza, que encuentra debajo de la mesa. El niño ha guardado durante varios años una pieza en forma de palmera, lo que conduce al poeta adulto a relacionar esa imagen con la del poema «Palme», de Valéry, del que Merrill recuerda una traducción realizada por Rilke al alemán —«Sé/ a cuanta genuina felicidad renunció Rilke/ al tener en sus manos el original/ para verter con fidelidad el sentido profundo»—, pero duda de la fidelidad de su memoria, porque no logra encontrarla, aunque, para cerrar el círculo del confuso significado del poema, comprueba que el poema, que la traducción existe (de ella provienen los versos en alemán que lo encabezan). Nada se ha perdido. Estuvo siempre a la vista, aunque en el proceso de traducción siempre se pierda una parte importante del significado original. Esta parece ser la conclusión, si es que debe de haber alguna, del poema, la pérdida de una parte de la realidad que está implícita en cualquier intento de reducirla a un signo.  Según Sthepen Yenser —uno de los mejores estudios de Merrill—, el poema «pone en juego tres situaciones autobiográficas. La más reciente, que el poema describe en último lugar, el entorno es Atenas, donde Merrill tuvo su segunda casa, en la calle Athinaion Efivon, a los pies del Monte Lykabettos , desde 1959 hasta finales de 1970 , y el tema es la relectura del magnífico poema de Valéry, “Palme”, y su posterior búsqueda a través de las bibliotecas de la ciudad, de la traducción de Rilke de ese poema en alemán. Merrill medio recuerda haber visto la traducción años antes, pero cuando no consigue encontrar una copia, se pregunta si no se lo ha imaginado. Que existe la traducción, y que finalmente la encuentra, lo atestigua su epígrafe, un extracto de la versión de Rilke». Pero Divinas comedias está integrado por otros poemas de un calibre similar, como «Versos para Urania», nombre con el que se bautizará a la segunda hija de unos amigos griegos (el poeta ejercerá de padrino, una responsabilidad que duda si asumir o no) que se mudaron a Stonington, donde fueron absorbidos por el consumismo de la sociedad norteamericana, lo que genera una amarga reflexión de Merrill, o «Campanadas para Yahya», en el que el autor se encuentra en el centro de Atenas, es Navidad, los niños llaman a su puerta y cantan canciones y tocan campanillas que le recuerdan otras campanas que sonaban en las estaciones, durante un viaje en tren con su institutriz. «El día es encantadoramente apacible y hermoso». Hay una fractura temporal, «transcurren treinta años». La mente se desplaza en el tiempo, pero también en el espacio. Ahora se encuentra en Isfahán (Irán), como huésped de Yahya, príncipe de una tribu, «de la que ahora parecía ser yo un miembro más».  Andrés Catalán puntualiza  con acierto que «La obsesión de Merrill por conjugar siempre dos realidades  a todas luces disímiles (y esto también en el estilo, desenfadado y conversacional, pero profundamente apegado  a una tradición de la formas, exuberante y, a su vez, contenido) es una constante en su obra».  No se ha incluido en esta edición la parte titulada «El libro de Efraín» —un judío griego nacido en el año 8, que actúa como su primer contacto con el mundo del más allá, como si fuera  el Virgilio que conduce a Dante por el Averno— escrito con transcripciones automáticas de las conversaciones que, a través del tablero  de la güija, mantuvo con personajes del pasado, como Auden o Deren, quizá porque con posteridad pasó a formar parte de la trilogía titulada «La cambiante luz en Sandover»).  Otros poemas son más breves, de intensidad concentrada, como el titulado «El kimono», en el que dialoga con Kavafis, o «Manos Karastefanís» y sirven, acaso, de contrapeso lírico a los poemas de largo aliento.  James Merrill pertenece a esa clase de poetas, como Auden, Ashbery o Merwin, que no cree en la inspiración a la manera romántica, en la que una fuerza misteriosa provee al poeta de las palabras necesarias para trasmitir sus sentimientos y sus emociones, para hablar de sí mismo, más allá de la detallada interpretación de la realidad que se lleve a cabo en el poema, por el contrario, Merrill utiliza una ordenación arbitraria de todo aquello que sirve a sus propósitos, como si estuviera realizando un collage, lo que dificulta la comprensión del poema, al carecer de asideros expresivos reconocibles. Todas las palabras poseen un sentido superior al meramente utilitario, y de su ordenación en el poema dependerá la trascendencia de su mensaje, lo que no excluye la reflexión íntima combinada con la revelación cotidiana. La crítica advierte significativas influencias de Proust, a quien dedicó su tesis de licenciatura, ya que, como él, recreo su infancia y convirtió las incertidumbres de dicha época en literatura; de Yeats por la influencia del ocultismo en sus respectivas obras, o del Dante de la Divina comedia. En cualquier caso, y más allá de posibles influencias, conviene resaltar que Divinas comedias fusiona de un modo excepcional la biografía del poeta con el prodigio que supone mantener contacto con apariencias fantasmales, sin que esto confiera a sus poemas un tono apocalíptico y un afán proselitista. Merrill es capaz, para enfatizar la intensidad de sus inquietudes, de combinar palabras abstractas con imágenes visuales concretas, algo verificable en las paradojas que menudean en sus poemas. «Merrill —escribe Jeannette L. Clariond en el esclarecedor prólogo— es un escritor para quien las palabras son siempre inciertas, ambiguas y, con respecto de su lengua madre, algo que le produciría fascinación y desconfianza a la vez». Harold Bloom, que lo incluyó  en su imprescindible La escuela de Wallace Stevens. Un perfil de la poesía estadounidense contemporánea (Edición de Jeannette L. Clariond. Vaso Roto Poesía),no escatima elogios ante la obra de James Merrill. Terminamos este comentario con sus contundentes afirmaciones: «Sin duda estamos ante un artista del verso comparable a Milton, Tennyson y Pope, y que será recordado como el Mozart de la poesía estadounidense, es decir, como un clásico del Manierismo o el Barroco, maestro de la cambiante luz, manifestación de una perfección que destruye».

 

 

 

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