SERGIO ARLANDIS. CONTEXTURAS. EDITORIAL RENACIMIENTO, 2103

Sergio Arlandis nació  en Valencia en 1976, en cuya universidad se doctoró en Literatura española y ejerce como profesor asociado. Su labor docente se ha desarrollado además  en la University of Virginia y ha desplegado una incesante labor cultural como coordinador de Actividades Culturales y Fomento de la Lectura de la Biblioteca Valenciana y como director del Diccionario de Autores Valencianos Contemporáneos. Además de notable poeta, Arlandis es un reconocido ensayista con un amplio campo de intereses, aunque acaso sea  Vicente Aleixandre el autor al que mayor tiempo ha dedicado, fruto del cual han aparecido los libros como Vicente Alixandre (2004) o Olvidar es morir: Nuevos encuentros con Vicente Aleixandre (2011). Ha publicado además volúmenes como Verso a verso. Taller de escritura poética I y II (2004 y 2005, respectivamente), 30 poetas valencianos de la democracia (2009), Juan Meléndez Valdés para niños y jóvenes (2011), Cenotafio. Antología de Jaime Siles (1969-2009), una edición crítica de Las brasas, el primer libro de Francisco Brines, y ha sido el responsable de la edición de Huésped del tiempo esquivo. Francisco Brines y su mundo, publicado este mismo año en la editorial Renacimiento. Esta ingente labor académica —que en estas líneas queda muy resumida— no le ha impedido, afortunadamente, escribir una obra poética espaciada pero muy rigurosa, que comenzó con Cuando sólo queda el silencio, publicado en plena juventud del autor, en 1999. Es éste, como no podía ser de otra forma, un libro de tanteo, de búsqueda, de destilación tanto emocional como semántica. Son muchas las influencias que en él se detectan, pero a medida que el libro avanza, éstas se van concretando, el inicial surrealismo se mitiga gracias una profunda reflexión sobre las relaciones del lenguaje con la realidad, lo que le conduce a una mayor contención formal y a una mitigación del impulso  afectivo. Su segundo libro, Caso perdido, publicado en 2010 por la editorial Renacimiento, fue galardonado con el premio Vicente Gaos de Poesía y ya se aprecia, en los poemas que lo componen, un salto cualitativo en cuanto al asentamiento emocional —ha pasado más de una década, desde su primer libro— y, por supuesto, en la verificación de ese asentamiento. El libro está dividido en tres partes, y en cada una de ellas, Arlandis confronta su yo con una realidad que se resiste a ser aprehendida en su verdadera esencia. El autor es consciente de que la realidad que percibimos es sólo una pequeña parte de la realidad en su conjunto. Lo que vemos es sólo la punta del iceberg, lo que sentimos es sólo la cara del sentimiento verdadero, por eso, el personaje que es y no es Sergio Arlandis, dialoga en los poemas, a través de personas interpuestas, consigo mismo.

Contexturas, publicado este otoño de nuevo por la editorial Renacimiento, está dividido en dos partes de desigual extensión. Más breve la primera, compuesta por una sección, «Zurzidos», precedida por un poema, «Examen de conciencia», que marca el futuro devenir del libro y ofrece al lector, en los primeros versos, la clave para esclarecer el significado de los poemas posteriores: «Seré de alguna forma su sentido/ y el fondo, de rodantes noches./ Del fuego, olor a vida crepitante». El poema desafía la idea fija que poseemos de lo que debe ser una confesión, un desahogo. Aquí, la experiencia se elabora sutilmente, lo que nos obliga a cambiar el punto de vista, el ángulo de visión desde el que contemplar la percepción de la realidad que el poeta exterioriza, acaso porque ya ha comprobado la inutilidad del intento, de tratar que los sentimientos, los recuerdos, la memoria puedan ser inmovilizados en el lenguaje. Como digo, este primer poema marcará la pauta de su escritura. «El animal libre de culpa» que ahora es el personaje del poema actúa con impunidad, hasta el punto de convertirse en un nuevo Pigmalión que construye la imagen del ser amado a su capricho. Abundan los poemas amorosos en esta primera parte y, en muchos de ellos, el erotismo interviene mitigando el desencanto vital, el deterioro al que toda relación amorosa está abocado, como revelan los versos de esta secuencia, «La edad no sabe/ que entre tus piernas/ se esconden aún otras metáforas» o de esta otra, «Nuestros brazos deshabitan las sombras/ que invade el sexo».

La segunda parte está subdividida en dos secciones, «Hilván de sombra» e «Imaginación recogida», cada una de las cuales consta de 10 poemas. El poeta ha comprobado que la juventud es un bien efímero («y te preguntas cuánta juventud/ aún te queda dentro»), algo que transcurre sin que apenas nos demos cuenta. Es hora de reflexionar y ahondar en todo lo que una visión superficial sustrae. «¿Quién ve en la noche/ sólo la noche misma?», se pregunta Arlandis. Él, desde luego no.  Ha aprendido con el tiempo a rasgar el velo de la apariencia para descubrir el lado misterioso de las cosas, su urdimbre y sus mecanismos de representación, en ocasiones tan poderosos que logran imponerse a su significado verdadero. No sólo las utopías colectivas se  desmoronan, lo mismo ha ocurrido con la mayor parte de las expectativas que se fundan sobre los deseos, no sobre la experiencia. La introspección que Arlandis ejecuta en estos poemas es contundente: «Ahora que me había acostumbrado/ a la sorpresa mínima de ver el mundo,/ tengo que renunciar a quien me ignora». Sus poemas se convierten en una especie de barómetro que registra las oscilaciones de sus estados de ánimo. Los avatares de la vida cotidiana, la infancia —el poema titulado «Días de partido» es un buen ejemplo— las zozobras, las incertidumbres, pero también los momentos de gozo —aunque percibamos un matiz nostálgico en la expresión de los sentimientos—, de exaltación, las ilusiones satisfechas dan consistencia a los poemas de Contexturas, aunque Sergio Arlandis es consciente de que todo caerá en el olvido, los buenos deseos y las infames conclusiones. «Quizá lo único digno/ de todo lo hecho hasta hoy,/ sólo lo hayas cumplido/ en las esperanza de otros», un otros que funciona aquí como enmascaramiento poético, incluso como correlato objetivo del propio autor. Esta visión desencantada y pesimista predomina en los poemas y en las imágenes que los sustentan, pero sabemos que no sólo la dicha, sino también la infelicidad, es transitoria, por eso la escritura opera como una tabla de salvación que permite al poeta resistir las alteraciones emocionales, esas que, de otro modo, tendrían consecuencias más trascendentales. La escritura hace más reales los acontecimientos, las sensaciones, incluso al propio individuo. Eliot decía que «un poema no expresa absolutamente nada; un poema es», lo que quiere decir, a mi entender, que el poema goza de plena autonomía, que sobrevuela por encima del autobiografismo, de la fusión entre el hombre y el poeta. Sergio Arlandis escribe con absoluta conciencia de esa autonomía, por eso lo que acontece en el poema, la paratextualidad que el autor emplea, es sólo un modo de conocimiento de sí mismo y de la realidad en la que está inmerso, una manera profiláctica de profundizar en las incógnitas del futuro, en lo que aún no sabe.

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