VICENTE QUIRARTE. ESA COSA TAN DE SIEMPRE. COLECCIÓN LA CRUZ DEL SUR. EDITORIAL PRE-TEXTOS, 2013

La poesía hispanoamericana en general, y la escrita en México en particular, goza en los últimos años de una merecida repercusión en nuestro país, gracias a la labor —en algunos casos como el de la editorial Pre-textos, ya veterana,  y en otras, como las más recientes Valparaíso Ediciones, Ediciones Liliputienses o Vaso Roto— de descubrimiento y divulgación        que llevan a cabo algunas editoriales en cuyas cartas de naturaleza parece estar inscrita la necesidad de un diálogo permanente entre las diferentes culturas que comparten un idioma común (algunas de ellas propician además el conocimiento de otras culturas gracias a la impagable entrega con la que miman el catálogo de las traducciones), lo que, sin duda, enriquece el patrimonio artístico de ambos continentes y permite al lector interesado conocer de primera mano el día a día de la creación poética de los países con los que compartimos lengua e historia.

Un ejemplo del momento dulce del que hablamos es que en las últimas semanas han coincidido en la mesa de novedades de las librerías al menos tres importantísimos libros de otros tantos poetas mexicanos, Hugo Gutiérrez Vega (1934), del que Vaso Roto publica Los pasos revividos, Alberto Blanco  (1951) con Hacia el mediodía y Vicente Quirarte (1954) con Esa cosa tan de siempre, ambos en la cuidadísima colección «La cruz del Sur» de la editorial Pre-Textos, colección que ya había acogido otros libros de Quirarte, la antología Como la vida misma (2000) y Nombres sin aire (2004), integrado por dos secciones muy distintas, la titulada  «Zarabanda con perros amarillos», dedicada a la muerte de su hermano y publicada de forma exenta en 2002 y «Casidas del nombre sin aire».

Nacido en Ciudad de México, Vicente Quirarte es, además de poeta, narrador y eminente ensayista. El listado completo de publicaciones en uno u otro género desborda las pretensiones de este comentario, pero sí es conveniente dar cuenta de aquellos textos más significativos dentro de su trayectoria, trayectoria que comenzó con Vencer la blancura, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven de México Elías Nandino en 1979, aunque publicado en 1982 —primero éste de una larga serie de premios que reconocen la excelencia de la obra de Quirarte, como el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas por el libro El azogue y la granada: Gilberto Owen en su discurso amoroso,  el Premio Xavier Villaurrutia por El ángel es vampiro, en 1991 o el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde en 2011—, La poética del hombre dividido en la obra de Luis Cernuda (1985), Perderse para reencontrarse. Bitácora de Contemporáneos (1985), La luz no muere sola (1987), Tras las huellas del niño centenario (sobre Jean-Arthur Rimbaud), (1995), El ángel es vampiro (1991), Desde otra luz (1996), Sintaxis del vampiro. Una aproximación a su historia natural, Verdehalago (1996), El dolorido sentir (en colaboración con Rubén Bonifaz Nuño) (1998), Vicente Quirarte (Antología) (1998), Razones del samurai (1979-1999), Poemas y Ensayos (2000), La ciudad como cuerpo.  Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (1850-1992) (2001), El libro y sus aliados (2009) y Morir todos los días (2010). En el año 2002 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Ocupó la silla que antes perteneció a Carlos Pellicer, razón por lo cual, en su discurso de ingreso, disertó sobre dicho poeta y, por  extensión, sobre el grupo los Contemporáneos, del que es un renombrado experto.

Tres secciones componen Esa cosa tan de siempre, su último libro. La primera de ellas, «Razones del samurai», repite el título que ya utilizó el autor para una primera antología de su obra. La trágica muerte de su padre, la sensación de vacío y las preguntas sin respuesta que provoca su desaparición voluntaria son el germen de estos poemas en los que desbroza a un tú ausente el proceso de su desconcierto, como trasmiten estos versos: «Y mientras yo pensaba que la vida/ era para mi sed un mar pequeño,/ te tirabas —sereno— de aquel puente/ y dabas comienzo a las preguntas», preguntas como ésta: «Qué pensaste —carajo—, qué sentiste,/ al volar por segundos, convencido/ de que abajo la red no te esperaba?». El autor vuelve la vista atrás, rebusca en los rincones del pasado tratando de encontrar una explicación, un motivo, una coartada que justifique el drama, sin encontrarlo. Vuelve la vista hacia la infancia, rememora instantes imperecederos, aunque es consciente de que, al final, todo acaba borrándose, «Nada se queda en el recuerdo», por eso le dice al padre ausente que «Aunque armas y letras te prolonguen/ poco a poco te irás, como se borra/ el olor del amor bajo las aguas». Con la elegía titulada «Conjunto de lesiones», termina esta primera sección. Este largo poema funciona como una recopilación de instantes que sólo en la escritura parecen cauterizar el dolor. Ya ha pasado un tiempo más que prudencial desde la muerte de su padre —«Te escribo todo esto,/después de no frecuentarte en mucho tiempo»— y el autor se ve capaz de hacerlo con objetividad, eludiendo el sentimentalismo, reconstruyendo imágenes con la mayor fidelidad posible, aunque sean necesariamente poco conmiserativas, con esa cámara que adquirió el 13 de marzo. Así razona el aplazamiento de la emoción: «Y como he tomado/ imágenes que me han hecho uno con el mundo,/ sólo hoy reúno valor para registrar,/ en mi cámara oscura,/el último cuadro que mamá tuvo de ti,/ cuando te vio alejarte rumbo al patíbulo». El texto en prosa titulado La hora feliz, que Quirarte escribió en su momento,  desarrolla la idea expresada en el poema: «Mamá lloró como ninguno de nosotros la muerte de mi padre. Lloraba por él, pero más por ella, por lo que les había faltado, por lo que de su marido nunca tuvo»

Este inventario de conversaciones con muertos tiene su continuación en la segunda parte del libro, «Sarabanda con perros amarillos» que se publica por tercera vez (poco importa que ahora el título de la composición musical se modifique ligeramente y el contenido sufra ligeras modificaciones, el compromiso es el mismo) y tiene como leitmotiv el suicidio de su hermano. Pero, ¿a qué vienen los «perros amarillos»? Vicente Quirarte nos da la clave en otro fragmento que entresaco de La hora feliz: « El perro amarillo nace en la calle. Es solitario, estoico y resistente. Siempre hay alguien que le tiende la mano. Por eso la frase “Suerte de perro amarillo” debe mover más a admiración que a lástima. La metáfora describe inmejorablemente a mi hermano Ignacio. Nació con ese sino y creció con una excesiva presión por parte de papá. Una es la persona que nos procrea a un número de hijos, pero cada uno tendrá un padre distinto, lo vivirá a su propia manera. Así sucedió con nosotros. Mi padre concentró en su primogénito todas sus frustraciones —el amor y la cólera— y no hubo jamás comunicación —menos comunión— entre ellos.»

No ofrece Quirarte una visión muy complaciente del pasado, de la infancia. No mitifica los recuerdos, aunque estos le ayuden a sobrevivir, a encontrar el significado de las emociones que se exteriorizan en el presente. Con versos tan definitorios como estos comienza el primer poema de los treinta que componen esta sección: «El mar que nos vendieron en la infancia/ era un monstruo sin sueño./ Hondo y alegre. Traidor y colorido». Con el paso del tiempo, el autor toma conciencia de lo frágiles que fueron los cimientos sobre los que se construyó ese pasado, tan endebles que no fueron capaces de soportar el peso de la realidad, porque es en la realidad, no en la fantasía, en donde vida y muerte se suceden, se alternan, conviven con nosotros, o nosotros convivimos con ambas, simultaneándolas. «Nacer en cada muerte», escribe Quirarte, sí, aunque también se muera un poco en cada muerte ajena, en cada pérdida. Coexisten en estos versos un tono de reproche («a cambio de la mutilación nos recordaban/ el privilegio diario de la vida»), más o menos solapado, con otro esperanzador («Parecías decir que todo estaba bien,/ que había que despedirse,/ que el mundo era más joven que nosotros») de agradecimiento a la vida, al hecho de estar vivo. La evocación del ser querido, del hermano, la descripción de lo que sucedía mientras pensaba en el suicidio, mientras se suicidaba, tiene algo del juanramoniano «y yo me iré, y se quedarán los pájaros/ cantando», de resignado canto a la vida de alguien que, pese al sufrimiento, no ha perdido la capacidad de disfrutar del instante, aunque éste sea efímero, porque el mundo no se para, el sol se oculta y vuelve a despuntar al día siguiente, sólo quienes lo contemplan envejecen o mueren. La muerte es sólo un suceso más en una concatenación de sucesos múltiples que conforman la vida. Sólo, y esto es lo verdaderamente difícil, lo que nos duele, hay que saber convivir con ella, o fingir que, a pesar de las evidencias, no existe, porque «El álbum fotográfico no miente./ Pero sí la vida». La realidad más honda, la que se ramifica bajo las sombras de la apariencia, está descrita con un lenguaje coloquial, cotidiano, sincero pero no sensiblero, porque Quirarte sabe que la verdadera realidad está dentro del lenguaje, de lo que éste define o acota, lo demás, lo no nombrado, gira buscando su sentido en una especie de limbo de semántico. Ahora es «Tiempo de las palabras en peligro./ De pronunciarlas todas,/ del terror a que no pudieran decirlo todo». La palabra es la única herramienta para vencer a la muerte porque permanece mucho más allá de la muerte física de quien la escribe, porque prolonga la existencia de quien ya no está entre nosotros, de esos perros amarillos que «nunca aparecen en los diarios», pero sí en los poemas.

La tercera y última parte del libro, «El mar del otro lado», está dedicada a la muerte de su madre: «Entre dos compases / de Wolfgang Amadeus Mozart,/ nuestra madre dejó de respirar.» escribe en el primer poema de la sección o, como narra en el ya mencionado La hora feliz, «Doña Luz murió de modo imprevisto a sus ochenta y cinco años mientras escuchaba a Wolfgang Amadeus Mozart. Exteriormente en paz, aunque dentro de ella tuvieran lugar catástrofes biológicas que destrozaban de manera definitiva su prolongada, envidiable fortaleza. La primera de nosotros que se iba en su cama y se apagaba en paz. No he podido llorarla porque no me duele, y eso también le debo reprochar. Tuvo siempre la suprema elegancia de estar sin notarse. Ser la última en dormir y la primera en conocer el alba. Enfrentar la desgracia con resolución nacida de un estoicismo natural, sin adjetivos. Aun así, el dolor que no me deja es haber tenido que decirle frente a frente que su hijo mayor ya no existía. Verla quebrarse así». La figura de la madre como guía, como alma protectora que cobija de la intemperie a los miembros de su familia, que atenúa con una caricia el dolor o el miedo es rememorada, ensalzada en versos contenidos y emocionados: «Entonces, aunque te encuentres lejos,/ entiendo tu caricia y tus palabras/ para enfrentar la calle». Viajes, excursiones, libros, la merienda, la primera jacaranda, cualquier pretexto es válido para recrear momentos compartidos, para azuzar a la memoria, ese lugar inviolado en el que esculpe la nostalgia a golpe de cincel, con el pulso firme de quien es consciente de ser el artesano de sus propios sueños. La muerte —tan omnipresente en este libro— el dolor, la enfermedad de la locura, pero también la vida, el amor, la felicidad, la gratitud proliferan en estos versos, pero todo está dicho con un lenguaje equilibrado, sin estridencias, propio de un hombre que domina sus sentimientos, al menos en la realidad que la palabra poética recrea.

Aunque Vicente Quirarte brilla en todas las facetas de su escritura, en la narrativa, en la crítica literaria y en el ensayo —todos ellos guardan una estrecha relación entre sí—, es en la poesía donde su voz adquiere un mayor grado de intensidad, de destreza formal, de musicalidad, de emoción y pureza. “La poesía —ha escrito Quirarte— es igual: un oficio que hay que perfeccionar, una forma de vida que está donde está la belleza, la emoción, la intensidad. Una invitación a la aventura del alma que significa entrar en el universo de la poesía y no la huida de la realidad. Si la Historia es una máquina del tiempo, la poesía es una máquina sin tiempo”.

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