JULIA HARTWING. DUALIDAD. Antología poética. Edición bilingüe a cargo de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska. Vaso Roto Poesía, 2013.

Nacida en 1921, en Lublin (Polonia), Julia Hartwing continúa siendo, a pesar de su avanzada edad, una poeta en activo, como lo demuestra su último libro —Amargas lamentaciones— publicado el año 2011, del que se recoge una pequeña muestra en Dualidad, la antología de su obra que presenta en castellano, en edición bilingüe a cargo de Antonio Benítez Burraco y Anna Sobieska, la editorial Vaso Roto. Quien esto escribe no ha tenido hasta ahora la posibilidad de adentrarse en la obra de Hartwing sino de forma muy desordenada, porque el acceso a su poesía, para quienes no conocemos el idioma original, está restringido a lo que sus generosos traductores —Bárbara Gill, Abel Murcia, Xavier Farré o el propio Antonio Benítez, entre otros— nos van facilitando en algunas páginas de la red o en sus blog personales. Gracias a ellos, a su tesón, y a iniciativas editoriales como las que enumero más abajo, la poesía polaca goza actualmente de cierta repercusión en el panorama poético de nuestro país. Ha contribuido de manera notable a esa difusión la reciente antología Poesía a contragolpe. Antología de poesía polaca contemporánea (autores nacidos entre 1960 y 1980), editado por Prensas Universitarias de Zaragoza en la colección «La gruta de las palabras», dirigida por Fernando Sanmartín, presenta al lector español una nómina de sesenta y un poetas seleccionados y traducidos por Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Farré, autor además de un imprescindible prólogo. Tan amplia selección permite hacerse una idea cabal de los caminos por los que transita la poesía polaca en los primeros años del siglo XXI. Podemos completar ese panorama con la Antología de la poesía polaca desde sus orígenes hasta la Primera Guerra Mundial, publicada por la editorial Gredos en 1996, y cuyo responsable de la introducción, selección, traducción y notas es Fernando Presa González. Como su propio título revela, la antología abarca un período extensísimo, desde el siglo XIII hasta comienzos del siglo XX, en apenas 250 páginas, por lo que la meritoria labor de Presa González se ve reducida a que el volumen posea un carácter fundamentalmente didáctico, informativo, más que hermenéutico. Como podemos comprobar, el contenido de ambas antologías deja sin estudiar el período que más nos concierne, el siglo XX casi al completo. Otra antología, la preparada por Krystyna Rodowska para la Universidad Nacional Autónoma de México se ocupa parcialmente de esta época, y digo parcialmente porque sólo selecciona siete autores, y entre los excluidos hay poetas de la importancia de Czeslaw Milosz, Julia Hartwing o Adam Zagajewski. Uniendo las antologías citadas, podemos disfrutar de un panorama de la poesía polaca si no completo, sí lo suficientemente variado como para como para hacernos una idea general de los periodos que conforman su desarrollo y para seleccionar aquellos autores cuya poética estéticamente más nos seduce.

Sirva este preámbulo bibliográfico para contextualizar la figura y la obra, espaciada durante más de 50 años (en 1936 publicó en el periódico escolar su primer poema), de Julia Hartwing, autora que, como informan los responsables de la edición, no gozó del «reconocimiento definitivo por parte de la crítica, así como el aplauso del gran público […] hasta el comienzo de la década de los noventa del pasado siglo, con la edición de su libro Czulość [Ternura] (1992)». A partir de esa fecha su obra, una obra que abarca el teatro, el ensayo, el libro infantil o la traducción de poetas de lengua francesa o inglesa (la antología Elogio del hombre moderno. Antología de poesía norteamericana de 1992 seguramente algo ha tenido que ver con la influencia de estos autores en la poesía polaca más reciente), ha recibido numerosos e importantes galardones. Dualidades, título también de uno de sus libros publicados de forma exenta en 1971, recoge poemas de los libros más significativos a juicio de los traductores, desde Despedidas (1956), el paradójico título de su primer libro, pasando por los más recientes, como Iluminaciones (2002), Sin decir adiós (2004), Claro poco claro (2009) o Amargas lamentaciones (2011). Este amplio recorrido nos permite hacernos una idea genérico de los mecanismos ocultos que mueven los hilos de su obra. Sus poemas, según los responsables de la edición, se mueven «sin cesar de lo irónico a lo solemne, de lo terrenal a lo onírico, de la desesperación a la epifanía», pero todas estas cabriolas estás ejecutadas con un cierto desapego que a veces trasmite la equivocada idea de que el poeta se desentiende de lo que le rodea, inmerso como se halla en la evolución de su obra. El mundo, parece pensar Hartwing, siguiendo a Jorge Guillén,  a pesar de todo, está bien hecho, y esa confianza en la reordenación automática del caos inicial se refleja, también como en Guillén, en la estructura cerrada de la forma que utiliza para revelarse contra el desconcierto. «La forma poética en Hartwing es siempre contenida, cuidada, precisa, ajena a cualquier tipo de experimentación o de confrontación con estilos precedentes», escriben Benítez Burraco y Sobieska en el estudio inicial, lo que no impide que utilice con frecuencia la falta de puntuación en los versos o variadas estrofas rítmicas. Tal vez ese rigor formal tenga que ver con una autodefensa vital ante los desastres de la historia, ante los acontecimientos trágicos por los que, sin duda, durante una existencia tan prolongada la autora ha tenido que atravesar: «Pero dime hasta cuándo pervivirán los antiguos nombres/ cuánto tiempo perdurará aunque sea su rumor/ Cuándo serán objeto de burla cuándo habrán muerto para siempre/ por antojársenos ya el arte y la historia/ un peso insoportable», escribe en el poema «Dime hasta cuándo pervivirán los antiguos nombres» del libro Ternura. La autora considera a la poesía como el mejor acceso para llegar a la salvación personal. «Escribir representa mi salvación», escribe Julia Hartwin. Si esta premisa es cierta, estaríamos frente a un concepto de poema que rompe la barrera temporal para insertarse en un tiempo sin tiempo, el tiempo de la creación como exaltación vital. La escritura será entonces una barrera de contención del vacío amenazante, un escudo contra el sinsentido de la existencia, porque quien busca en ella la salvación desconfía de que pueda hallarla en esa realidad que existe fuera del poema. La palabra actúa con total autonomía, incluso sin descuidar el compromiso cívico y moral de alguien que ha sido víctima de la historia, porque Hartwin no intenta trascender el pasado para absolverse con el lenguaje, «Nuestro pasado es un relato que no nadie leerá/ Sujeto sin embargo al juicio de nuestra conciencia/ cuya sentencia es siempre la misma: culpable/ por ser un juez demasiado imparcial», escribe en el poema «Más tarde más temprano»; vive en el presente y sólo puede recrear ese pasado mediante el filtro que el ahora impone: «…evoca en nosotros la dulzura de una niñez que sólo vive en el presente/ alivia la culpa de quienes no osamos alzar nuestra voz». Una conciencia despierta, en lucha permanente, no se aplaca con el bálsamo del paso del tiempo, la memoria ejerce sobre algunos instantes su don curativo, pero la realidad se impone mortificando al ser reflexivo. Es en esos momentos cuando la palabra, el lenguaje funciona como tabla de salvación y sutura las heridas entre la realidad y la experiencia que se tiene de ella. Leer la poesía de Harttwin supone constatar las humillaciones que el sur humano ha de soportar para encontrar un lugar en la Historia o, como señalaba Unamuno, en la intrahistoria y, a pesar de esas humillacioens, dar «las gracias por el espinoso regalo de la soledad».

 

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