LA IMPORTANCIA DE LA EXACTITUD

José Hierro. Cuaderno de Nueva York. Madrid, 1998. Poesía Hiperión.

El primer sorprendido con el éxito del que ha disfrutado Cuaderno de Nueva York desde su publicación en 1998 — cuando el poeta había cumplido los 76, lo que parece desmentir el tópico de que la mejor poesía se escribe a edades muy tempranas— por Ediciones Hiperión, fue el propio autor, que tachaba de incomprensible la sucesión de ediciones — ocho, y unos veinticinco mil ejemplares vendidos— que se iban distribuyendo. No son fáciles de explicar los motivos por los que un determinado título adquiere el beneplácito de los lectores y se convierte en un best-seller. Si este efecto se produce con cuentagotas en el género de la narrativa, mucho más infrecuente, por no decir inaudito, es que ocurra con un libro de poemas. Es cierto que José Hierro, que se mantuvo en un silencio editorial durante casi 25 años— aunque permaneció vivo poéticamente hablando, porque su obra fue seleccionada en la mayoría de recuentos y antologías que se editaron durante ese largo periodo—, los que van desde Libro de las alucinaciones, publicado en 1964, hasta Agenda, en 1991, ha visto reconocida su trayectoria durante estos últimos años con los galardones de mayor prestigio en las letras españolas, como son el Premio Príncipe de Asturias, que le fue concedido en el año 1981, cuando llevaba más de tres lustros sin publicar un poemario inédito, el Premio Nacional de las Letras, en 1990, el Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, en 1995, y el Premio Cervantes, en 1998, el año de publicación de Cuaderno de Nueva York, libro galardonado además con el Premio de la Crítica y el Premio Nacional, al año siguiente. Sin duda esta circunstancia benefició la proyección pública del poeta y estimuló las ventas del libro. José Hierro se había convertido en un personaje público, objeto de homenajes y premios recibidos desde cualquier lugar de la geografía española, tuvieran algo que ver o no con su agitada biografía y, dada su connatural bonhomía y su vitalidad incansable, incluso cuando, por culpa de su enfermedad, se vio obligado a cargar con una bombona de oxígeno y un respirador, artilugio que le permitió cierta movilidad y gracias al cual pudo continuar su ajetreado peregrinaje. Nos gustaría pensar que el aumento del interés por la lectura de poesía ha sido la causa del éxito de Cuaderno de Nueva York, pero nos cuesta creerlo, porque sabemos que en dicho éxito han intervenido factores exógenos al contenido del propio libro y a la apreciación, tan minoritario y restringida, por la poesía. Hubiéramos podido entenderlo en otra época de triste memoria, si Hierro hubiera insinuado entre líneas algo parecido a un llamamiento colectivo en pro, por ejemplo, de una libertad pisoteada; si Hierro se hubiera convertido en el adalid de la rebeldía y la liberación, en alguien que da voz a los oprimidos contra un gobierno dictatorial, represivo, pero, afortunadamente, esos tiempos, en nuestro país, ya son sólo materia de los libros de historia. A tenor de las circunstancias que concurren en gran parte del aplauso general —en el que, sin duda, mucho ha tenido que ver que los protagonistas de los poemas son gente anónima, no héroes o superhombres, con sus propios problemas, como cualquiera de nosotros—, debemos lamentar que éste se deba, en otro elevado tanto por ciento, a la celebridad, a la repercusión mediática del personaje, celebridad adquirida no gracias a los indiscutibles méritos de su trabajo creativo, sino a causas mucho más triviales e anecdóticas para valorar con rigor su obra que, sin embargo, los medios de comunicación se encargan de divulgar a los cuatro vientos.

Gracias esa suma de circunstancias, posee aún más relevancia el que una serie de poetas consultados por la revista Quimera hayan elegido Cuaderno de Nueva York como una de las obras más influyentes poéticamente en el periodo que abarca desde el año 1977 hasta nuestros días. Por una extraña conjunción, parece que el consenso del público lector coincide con la valoración de críticos y de poetas. Estos datos confirman que Hierro ha sido uno de los poetas más apreciados, pero también de los más leídos en los últimos años, y esto, sin duda, merece una reflexión sobre ese carácter minoritario implícito en el género poético. En el artículo titulado «Poesía en voz baja», Hierro dejó escrito: “No entremos a debatir quién es, en este alejamiento de público y poeta, el que tiene la mayor parte de culpa: si el público, por relegar a segundo término el arte en beneficio del deporte, de la diversión superficial, o el poeta, acorazado en su mundo singular, hermético, incomunicable. Pero aceptada la situación de divorcio, es al poeta a quien corresponde dar el primer paso. El poeta es hijo de su tiempo. Sus raíces son las mismas que alimentan a sus contemporáneos”. Nadie posee el secreto de la fórmula mágica mediante la cual un determinado libro, una canción o un cuadro se convierten en objeto de culto. Si así fuera, las grandes editoriales, las multinacionales discográficas o los galeristas de arte invertirían todo su esfuerzo económico y logístico en descubrir y promocionar a los autores bendecidos por el público, pero, afortunadamente, continúan siendo un misterio las causas que motivan el éxito. Existen, no cabe duda, ciertas fórmulas que los publicitarios explotan exageradamente, pero ninguna de ellas garantiza los buenos resultados con total seguridad.

Pero, ¿qué ha empujado a Hierro a dedicar un libro a Nueva York —ciudad que cuenta en español al menos —conocemos algunos otros, como el caso de Ciudad del hombre: Nueva York, de Fonollosa— con dos homenajes precedentes que están en la mente de todos, Diario de un poeta recién casado, de Juan Ramón, y Poeta en Nueva York de Lorca— y a asumir el riesgo de la comparación o del indeseado mimetismo? Él mismo lo explica en una entrevista: “Conozco esta ciudad desde los años sesenta. Fui porque quería ver dos cosas: el retrato de Felipe IV, de Velázquez y el Cardenal Núñez de Guevara, de El Greco. Recuerdo que era Semana Santa y no parábamos de hablar de nuestras procesiones, hasta que un día nos encontramos con una procesión en la calle 117. De todas formas, este no es un libro descriptivo. Sólo aparece un anticuario de la avenida Madison y la habitación de un hotel, en el que me inspiré para un poema de amor…A Nueva York lo pintaría en tonos grises y negros, el negro de los cristales de sus rascacielos. La retrataría desde el East River tal como se ve: una enorme vidriera siempre encendida, porque es una ciudad sin persianas”. Como se deja entrever, más que el tema troncal del libro, la ciudad, tan reconocible incluso por quienes no la han visitado nunca, se presenta como una coartada geográfica que pueda otorgar veracidad a una realidad íntima. No parece ser otra cosa que un escenario circunstancial, aunque tras la lectura del libro, al lector le queda meridianamente claro que Nueva York, y no cualquier otra ciudad, debía ser ese escenario, porque es aquí donde la emoción subterránea que alimenta los poemas que tiene su origen y su destino.

Como en Agenda, Cuaderno de Nueva York, comienza con un poema prólogo, el titulado «Preludio» y concluye, después de franqueadas las tres partes que dan sustancia al poemario, con un poema epílogo (lo que también se repite en Libro de las alucinaciones), titulado «Vida», un soneto que ha adquirido si cabe, mayor notoriedad que el resto del libro, y que es citado, no siempre fielmente, por todo tipo de personas en sus conversaciones privadas, o profesionalmente, casi como se tratara de un refrán o un dicho popular, lo que seguramente ha beneficiado la difusión del libro completo. La primera de ellas, la titulada «Engaño es grande», que lleva como epígrafe unos versos de Lope de Vega, autor por el que profesa devoción José Hierro —hasta el punto de escribir ese compasivo y emocionado homenaje que es el poema de Agenda titulado “Lope. La noche. Marta”—, comienza con el largo poema “Rapsodia en blue”. La rapsodia es una pieza musical compuesta por diferentes partes temáticas unidas arbitrariamente, y esta forma es la que adopta el poema, porque la primera estrofa ya comienza con una dislocación temporal que provoca que Mozart sea lector de Unamuno o que Calisto ascienda por las escaleras de un edifico de Nueva York. Los instrumentos musicales están muy presentes: oboe, clarinete, éste personificado: “Allí murió muertes ajenas y vivió desamparos”, marimba, vibráfono, así como los compositores, al citado Mozart le acompañan Palestrina o Tomás de Vitoria. El poema es producto de una intensa alucinación —resulta pertinente recordar lo que es una alucinación para José Hierro: “Una confusión de tiempos y espacios, un no saber si las cosas están realmente ocurriendo o soy yo quien está anticipando algo que va a ocurrir, una realidad visionaria. Poco a poco se va acentuando la ambigüedad en mi obra. Es una poesía cada vez más caótica, nunca irracionalista: es una indagación de las razones lógicas que hay en el subconsciente cuando has dicho algo que no tiene sentido aparente y te produce una extraña sensación”— en la que distintas escenas robadas a la realidad y al sueño se entremezclan y nos hipnotizan con un ritmo pegadizo y torrencial, como salmódico o visionario. Da la sensación de que el poeta escribe estimulado por un calambre cerebral,  conducido por un rapto que le incita a internarse por los caminos más secretos de su memoria, una memoria en la conviven acontecimientos de índole personal, pero también históricos y artísticos, lo que provoca esa simultaneidad de tiempos, esa mezcolanza de acontecimientos que parecen suceder todos a la misma hora y confluyen en el instante en que se da fe de ellos, en el espacio de la escritura. La música, con referencias de diversa índole, sigue presente en muchos de los poemas de esta primera parte. “El laúd”, “Beethoven ante el televisor” o “Alma Mahler hotel”—en el que la alucinación es acaso más evidente en versos como estos: “Este hotel fue derruido/ en 1870, en 1920, en 1991.  / O acaso nunca haya existido”— son algunos de ellos, algo que ya ocurría en poemas de Libro de las alucinaciones, como “Retrato en un concierto (Homenaje a J.S.Bach)” o “La fuente de Carmen Amaya” y en poemas de Agenda como “Brahms, Clara, Schuman” o “Verdi 1974”. “La música —dice Hierro— interviene en mis poemas por varias razones: porque me gusta, porque pienso que gran parte de lo que ocurre en la poesía, en lo que puede trascender y contagiarse, es a través del ritmo, es decir, por un procedimiento musical, de aquí que considere la poesía como música con palabras; también tengo una gran afición a la música en sí, porque en ella te sientes prolongado y la vida se intensifica”. Los protagonistas de estos poemas, y podemos pensar también en el tríptico dedicado a Ezra Pound, emprenden una viaje a través del tiempo que carece de dimensiones. La solidaridad con el personaje Pound sirve al poeta para disimular que habla en nombre propio. Recrea imaginariamente una situación para denunciar unas circunstancias reales. La presunta linealidad del tiempo queda aquí puesta en evidencia por la imaginación del poeta. Los protagonistas, afirma el propio Hierro, “como emigrantes forzosos que llegan al siglo XXI”, y no deja de ser llamativa esta  alusión a la los emigrantes, porque en el poema “Alucinación en América”, de Libro de las alucinaciones, cuando aún el poeta no había viajado a los Estados Unidos, el personaje principal es un ser anónimo, un exiliado, es decir, un emigrante por razones políticas, del que se vale Hierro para reflexionar, igual que lo hace con los que poseen nombre y apellidos, sobre los vaivenes del destino, pero también sobre la emoción oprimida por el peso de los recuerdos.

La segunda parte del libro, titulada «Pecios de sombra», está encabezada por una cita de Antonio Machado, otro de los poetas, además de Juan Ramón, tutelares de Hierro, y es la más conmovedora del conjunto. Compuesta, en su mayor parte, por breves poemas de arte menor, intitulados, reiterativos y algo acartonados, como si los hubiera escrito un adolescente enamoradizo, al que mantienen en un estado de sonambulismo, de irrealidad decenas de muchachas hermosas. Hay poemas, como “Apunte del paisaje” que rompen esa unidad temática y disuenan del conjunto, o “Espejo”, otra alucinación sobre la identidad, pero creo que se trata de un ruptura intencionada, con el propósito de rebajar la intensidad emocional que el estado de enamoramiento estimula. Acaso sea ésta también la razón que ha llevado al poeta a diluir en varias mujeres el amor por una única mujer.

La tercera  y última parte, excluyendo el soneto que hace de “Epílogo”, se titula «Por no acordarme», y lo encabeza de nuevo una cita de Lope de Vega. Vuelven los poemas de largo aliento y la presencia de la música como hilo conductor, quizá porque “El amor lleva dentro mucha música”, y Hierro canta en este libro, como hemos visto, al amor. “Lear King en los claustros” es un hermoso poema de amor no plenamente correspondido, un amor imposible en el que los gestos y los detalles adquieren una importancia capital para mantenerlo con vida, por eso el poeta escribe: “Di que me amas. Di ‘te amo’/ Dímelo por primera y última vez.”, y el titulado “En son de despedida” [titulado inicialmente “Me despido definitivamente de Felipe IV (Frik Collection)”, cuadro que aparece mencionado en el poema “Rapsodia en blue”, cuyo título refiere un trasunto simbólico menos dado a la especulación intuitiva, algo similar al cambio de título que realizó su amigo José Luis Hidalgo con el libro Los muertos, previamente titulado La llanura de los muertos] es una despedida trágica del amor y de la vida. No se trata de un desdoblamiento patológico de la personalidad del poeta, pero sí que existe una relación conflictiva entre la percepción real del sujeto amado y la impresión que trasmite la memoria. El poeta siente cercano su final. Ha hecho un largo viaje para despedirse de un amor que se ha mantenido a flote pese a la distancia y ya no le queda más que la resignación como modo de supervivencia, por eso escribir ya carece de sentido. “Tengo unos borradores, poca cosa. Son poemas que deberían haber estado en Cuaderno de Nueva York y que no concluí a tiempo. Pero nada terminado. Es como si estuviera pintando un cuadro histórico: tengo una lanza allá arriba, un caballo aquí abajo… Nada. Y me gustaría, pero… entre el oxígeno y…” asegura Hierro en una de sus últimas entrevistas. La escritura —una escritura rica en imágenes que ponen al descubierto cómo, mediante asociaciones ilógicas, se construye el poema, una escritura densa pero no hermética, lingüísticamente efectiva y plena de significados, de carácter confesional, pero alejada del sentimentalismo— ha cumplido su misión, ha cauterizado las heridas que provocan las devastaciones vitales, tanto es así que no tiene ya sentido alguno escribir ni volver la vista atrás. Lo que queda es sólo un mundo en el que todo parecer ser sueño, un futuro con fecha de caducidad, un adiós aproximándose.

Artículo (completo) publicado en la Revista Quimera, nº 359. Octubre 2013. Treinta y cinco años de poesía española.

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