LUIS QUINTANILLA. ARTE Y COMPROMISO

En la sala de exposiciones Mauro Muriedas del Ayuntamiento de Torrelavega se expone una colección de dibujos y aguafuertes de Luis Quintanilla, integrada por tres series: La cárcel por dentro, Estampas de los años treinta y El diablo gótico. Dibujos y aguafuertes forman parte de la obra que Paul Quintanilla, hijo del pintor, cedió en depósito a la Fundación Bruno Alonso en el año 2004, obra que actualmente, gracias a un convenio de dicha Fundación con la Universidad de Cantabria, está al cuidado de esta institución.

La selección que comentamos ha sido materializada por Luis Alberto Salcines, comisario de la exposición y presidente de la Fundación Bruno Alonso y a él debemos agradecer el que podamos contemplar la obra de un pintor tan desconocido para el gran público como significativo en la memoria artística y social del pasado siglo —son imprescindibles para profundizar en su obra y en su vida los estudios de la profesora Esther López Sobrado, el catálogo Los frescos de Luis Quintanilla y el libro de memorias que escribió el propio Quintanilla, Pasatiempo. La vida de un pintor, publicado  por la Biblioteca del exilio en 2004, memorias, sin embargo, incompletas, pues alcanzan sólo hasta 1939, año en el que recala en Nueva York. Estas fuentes han sido imprescindibles para redactar estas líneas—, y de ello dan buena cuenta algunos de los dibujos expuestos, sobre todo los de la serie La cárcel por dentro.

Luis Quintanilla nació en Santander en 1893 y, además de pintor  fue «marinero, boxeador, dibujante, fresquista, repujador, grabador, escritor, espía, memoralista, retratista, escenógrafo, cineasta, autor teatral, ensayista e ilustrador», según afirma Esther López Sobrado en el estudio preliminar a Vidas comparadas de artistas, obra que Quintanilla dejó inacabada y que guarda estrecha relación, en cuanto al propósito comparativo, con las Vidas paralelas de Plutarco. A tenor de esta información, podemos afirmar que Quintanilla fue un espíritu inquieto, lo que le condujo —no sin antes dar mil vueltas, como él mismo atestigua: «pasé los dos cursos de ocho meses en la Universidad de Deusto, me examiné del preparatorio de arquitectura e ingresé en su escuela de Madrid, dándome el ataque de pintor»— a la capital de la modernidad de la época, París, en 1912, en donde conoce a Juan Gris y una extensa nómina de aquellos artistas que, pasado el tiempo, engrosarían la nómina de las vanguardias, como Modigliani o Chagall; poco después se traslada a Alemania y entra en contacto con los impresionistas, que le deslumbraron. «Entré en Francia con suerte —escribe en sus memorias—. Quien a mi edad y en mis condiciones  estuvo en París en aquellos años antes de la primera gran guerra, conoció un alegre paraíso».  El estallido de la Primera Guerra Mundial provoca que regrese a España y no es hasta el año 1920 cuando regresa a París. Conoce en este segundo viaje a Hemingway, a quien le uniría una gran amistad, sólo interrumpida por la muerte del escritor en 1961. Viaja a Berlín y regresa a España en posesión de un bagaje cultural extraordinario. Poco después, una beca de la Junta de Ampliación de Estudios le permite viajar a Italia para aprender la técnica del fresco de los maestros del Quattrocento. Se establece en Florencia entre los años 1924y 1926. Cuando regresa a España realiza innumerables murales de los que sólo se conserva el que realizó para el hall del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, museo en el que realizará una exposición de grabados en 1934.

Pero el artista no sólo se alimenta de arte, no vive enrocado en una torre de marfil, necesita del contacto con los otros, de la conversación, del intercambio de ideas, de la amistad, del amor para completar su formación. Su estancia en Italia le hizo conocer de primera mano el auge del fascismo. Su renuencia hacia los ideales de la violencia y el dogmatismo defendidos por los secuaces de Mussolini le llevó a afiliarse al PSOE en los últimos años de la década. Su compromiso político y social le condujo en 1934 a la cárcel por participar en la organización de la huelga general convocada para octubre de ese año. Fue detenido junto con otros cinco revolucionarios armados en su propio estudio y conducido a la Cárcel Modelo de Madrid (de esta estancia carcelaria datan los dibujos de la serie La cárcel por dentro). La presión política internacional que algunos valiosos amigos como Hemingway ejercieron impulsó su excarcelación en 1935. La proclamación de la Segunda República aumentó su compromiso cívico y tuvo, durante los años de la guerra civil, cargos de importancia relativa —ejerció hasta de espía—, lo que significó padecer el exilio terminada la contienda, exilio que, en su caso, se extendió hasta la muerte del dictador.

La mayor parte del tiempo del exilio lo pasó en Estados Unidos, a donde llegó el 11 de enero de 1939.  Nueva York le acoge como un héroe que luchaba por la libertad de su pueblo, fama que le precedía gracias a lo que sus amigos norteamericanos habían divulgado. Quintanilla se casa en la ciudad —«por veintidós dólares estaba casado con una hermosa muchacha de 26 años, un metro setenta y cinco de estatura, de origen escocés, muy cariñosa e, igual que yo, dispuesta a enfrentarse a la vida», escribe Quintanilla—, pinta unos frescos para World Faire y los murales para el pabellón español que el presidente del gobierno republicano, Juan Negrín le encarga para la Exposición Universal celebrada en la ciudad: «El proyecto de acudir a la Feria Universal de Nueva York lo aprobó el Gobierno. Los americanos nos cedían un pabellón gratuitamente y sólo debíamos decorarlo, siendo ellos los proponentes de que realizase yo ese trabajo artístico», confiesa Quintanilla.  Conviene hacer aquí un pequeño inciso para recrear la rocambolesca historia que ha permitido que hoy podamos contemplar esos frescos pintados para la Feria Universal en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria. La derrota de las fuerzas republicanas trajo consigo que se suspendieran las iniciativas preparadas para dicho acontecimiento, por lo que los frescos que Luis Quintanilla había pintado —titulados «Hambre», «Dolor», «Destrucción» «Fuga» y «Soldados» y presentados bajo el epígrafe colectivo de Ama la paz y odia la guerra— quedaron sin destino, por esa razón fueron depositados en un almacén hasta que el autor los cede a la Asociación Antifascista Casa del Mundo Libre. Las vicisitudes por las que atraviesa la Asociación provocan que el local que sirve como sede, sito en el número 144 de Bleecker Street en Nueva York, se transforme en 1946 en el restaurante Montparnasse. Nuevos propietarios transforman en 1962 el restaurante en una sala de cine de arte y ensayo que derivó, pasados los años, en un cine especializado en el porno gay. Los murales permanecen en el local durante todo este tiempo, aunque nadie parece conocer la importancia que poseen hasta que unos reporteros de The New York Times los descubren olvidados en las escaleras de emergencia de la sala de cine, actualmente transformado en una farmacia. Enterados los responsables de la Universidad de Cantabria, comienzan una larga negociación para adquirirlos que durará 17 años y en la que suceden innumerables peripecias muchas de ellas de carácter novelesco. Por fin se logra un acuerdo y llegan a España en 2006. Después de un laborioso proceso de restauración, desde 2007 decoran las paredes del vestíbulo del Paraninfo.

Al finalizar la guerra civil con la victoria de las fuerzas fascistas, siente que ha perdido su patria. En una carta enviada a Hemingway escribe: «…Poco a poco fui echando fuera los amargos recuerdos de España. A través de los pinceles fui sintiéndome persona de nuevo». Las condiciones en las que vive, sin apenas ingresos, sin vender cuadro alguno a pesar de las buenas críticas cosechadas en las exposiciones en las que participa, comienzan a ser dramáticas —«No vendo nada. Nadie viene a llamar a mi puerta. Vivimos de milagro. Soy un desastre con mucha publicidad» escribe de nuevo a Hemingway—, tan dramáticas como las que soportan otros exiliados con idéntica mala fortuna. Debe garantizar el sustento para su familia, lo que le obliga a desplazarse a Hollywood animado por su amigo Elliot Paul —después de intentar vivir de la escritura, principalmente escribiendo obras de teatro—, en donde se integra en el círculo cinematográfico realizando decorados para películas e incluso retratos de actores —el de Gary Cooper, por ejemplo— y actrices famosos, lo que le proporcionará unos generosos ingresos, aunque acabaría abandonando este trabajo para cumplir el encargo de crear en la Universidad de Kansas una escuela de pintura al fresco. El tiempo corre en su contra, «La forma de pintar de Quintanilla no estará de moda», asegura López Sobrado. Los cambios estéticos que se están produciendo en el arte norteamericano, propiciados en gran medida por la avalancha de autores que abandonaron Europa tras la Segunda Guerra, no corren parejos con su obra. Se impone el expresionismo abstracto, con nombres como Pollock —«Creo que nuevas necesidades requieren de una técnica novedosa, y el artista moderno ha encontrado nuevos caminos e instrumentos originales pare manifestar su testimonio» asegura en 1950—,  o de Kooning (posteriormente llegaría el pop-art). Nueva York se convierte en el centro mundial del arte. Los pintores rehúyen la dictadura de la forma, se dejan llevar por su intuición, el lienzo ya no es el único soporte para la pintura, otros discursos espaciales se imponen. La escritura se convierte entonces en su refugio, en su esperanza de ganar dinero para sobrevivir. «En estos momentos —escribe López Sobrado— compagina su trabajo como escritor con la realización de cerámica; es capaz de hacer cualquier cosa con tal de conseguir dinero», pero sólo conseguirá liberarse de esa tiranía cuando su mujer comience a trabajar —algo que siente como una humillación— y él pueda regresar a la pintura, a una pintura surgida de sus conflictos internos, de los paisajes que imprimen huella en su forma de sentir —Cape Cod, Vermont, etc…—, no fruto de encargos bien intencionados.

No será hasta 1958 cuando regresa a París huyendo de un matrimonio roto. Las amistades que conserva en la capital francesa le ayudan a sobrevivir. Retoma su vocación literaria (en 1960 finaliza sus memorias, pero todas las gestiones emprendidas para su publicación resultan infructuosas), publica algunos libros y decenas de artículos, aunque el éxito sigue mostrándose esquivo.  Realiza, con intención de publicarlos, los dibujos de la serie El diablo gótico alguno de los cuales podemos ver hoy colgados en las paredes de la sala. Sobrevive en París gracias a la venta regular de cuadros a diversos coleccionistas, españoles que le visitan en su estudio y algún coleccionista norteamericano, pero su salud cada día que pasa es más delicada. Por fin muere Franco y se puede plantear regresar a España, cosa que lleva a cabo en 1976 gracias a las gestiones de su sobrino Joaquín Fernández Quintanilla. Dos años después, en 1978, fallece en Madrid. «Durante los dos escasos años que transcurrieron hasta su muerte se dedicó Quintanilla a recorrer los lugares de su juventud, a hablar con los pocos amigos que le quedaban y a tomar algún apunte, para luego en la calma de su estudio  trabajarlo cada vez con más dificultad» escribe López Sobrado.

Las tres series que se presentan en la Sala Mauro Muriedas poseen notables diferencias. Si en los dibujos de La cárcel por dentro no se puede obviar el trasfondo social y político que acreditan los rostros, los gestos y las posturas de los personajes, hombres curtidos, melancólicos pero no vencidos, dibujados con una línea geométrica, voluminosa y carnal, con influencias cubistas, en los aguafuertes de Estampas de los años 30 prevalecen las escenas costumbristas, algunas de fuerte contenido erótico, como los titulados «American girl» o «Curiosity», escena esta que nos recuerda al episodio del libro de Daniel tantas veces representado, me estoy refiriendo a Susana y los viejos. Aquí, unos curiosos observan a través de un reducido ventanal el cuerpo desnudo de la modelo que permanece inmóvil en la postura que el pintor parece haberle sugerido. Los cuerpos de estas escenas poseen más movimiento —lógicamente, el reducido espacio carcelario propicia la inmovilidad—, más brío, siguen siendo musculosos, pero el trazo se redondea y la figura se estiliza. Los rostros pensativos, como ausentes, trasmiten una impresión de retraimiento y de nostalgia que no podemos ignorar, pareciera que no pueden soportar el peso de la realidad, la deriva de los acontecimientos. El diablo gótico, a mi juicio la menos interesante de las series, se realizó en París en 1960. Son dibujos a pluma que representa al diablo en diferentes actitudes. Tienen algo de goyescas esas figuras deformes, brutalmente desfiguradas por su propia maldad, consumidas por el odio o la envidia. El artista ha captado a la perfección dibujando la superficie, el interior de la perversidad. No se nos escapa la crítica al catolicismo más rancio que subyace en las escenas, crítica que se puede extender, a sí mismo, a otros personajes diabólicos que abundan en nuestra sociedad. Luis Quintanilla fue un hombre y un artista comprometido con su tiempo y su obra da buena cuenta de ello. Lamentablemente los tiempos no han cambiado demasiado. Hoy en día el hombre sobrevive encerrado en otra cárcel, acaso con barrotes más difíciles de seccionar. Convertido en una simple mercancía, en un peón a merced de los grandes trusts financieros y económicos, ninguneado y engañado por sus representantes políticos, el ser humano lucha por mantenerse a flote, por llevar una vida digna. Si viviera Luis Quintanilla, y esto no es hacer ciencia ficción, denunciaría, dibujando o pintando a estas personas vilipendiadas por el destino, las injusticias y las desigualdades que el neoliberalismo más intransigente y devastador están creando.

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