ANTONIO RIVERO TARAVILLO. LA LLUVIA. CALLE DEL AIRE, 119. RENACIMIENTO. SEVILLA, 2013

A ningún lector de poesía puede pasarle desapercibida la actividad que está realizando la editorial Renacimiento en favor de la poesía actual —desbordaría el objeto de estas páginas hacer recuento del variado espectro de las publicaciones, muchas de ellas intentan recuperar la obra de autores relegados por la arbitrariedad de la historia— en sus diferentes colecciones poéticas, no sólo por la importancia de algunos de los poetas que han publicado últimamente bajo su sello —para certificarlo basta con mencionar, por ejemplo, a Rafael Fombellida, Juan Pablo Zapater, Arturo Tendero, Karmelo Iribarren o Miguel D’Ors— sino por la esmerada presentación de las ediciones que dan cuerpo a los poemarios. Un diseño tipográfico clásico, austero si lo comparamos con algunas propuestas actuales, que sigue pareciéndonos atractivo a pesar de llevar más de 30 años sin modificaciones sustanciales. Uno, que ya está entrado en años, guarda entre las joyas más preciadas de su biblioteca muchos de los libros publicados por Renacimiento en la década de los 80, así como las distintas revistas que sus responsables editoriales pusieron en circulación, estoy hablando de Renacimiento. Revista de Literatura o de Calle del Aire, revista esta última de muy corta vida en sus dos etapas, pero a la que le cabe el honor de ser la primera publicación de la editorial.

Con el libro que hoy comentamos, La lluvia, Antonio Rivero Taravillo se integra por pleno derecho en la nómina de poetas que mencionábamos más arriba, autores con una trayectoria extensa y exigente, avalada por lectores y críticos experimentados, lo que no hace sino ratificarnos en el elogio inicial, porque el criterio que mueve las directrices de la editorial no se alimenta en exclusiva de un voluntarioso afán por descubrir nuevos valores, algo loable y arriesgado; buena parte de su catálogo lo componen poetas con una larga trayectoria tras de sí, poetas leídos y admirados en la mayoría de los casos, pero también insuficientemente difundidos, algo que una editorial como Renacimiento resuelve con solvencia.

Antonio Rivero Taravillo es un autor fecundo, aunque paradójicamente no en lo que se refiere a la poesía, concienzudo y riguroso. Ángel González afirmaba que «la escritura es una especie de enfermedad contagiosa que los libros trasmiten a quienes los frecuentan en exceso». Aquejado sin duda de esta enfermedad, Rivero Taravillo publica su primer libro de poemas, Farewell to Poesy —no deja de esconder una mayúscula ironía publicar un primer libro de poemas cercano a ya a la cuarentena (existe un cuaderno titulado Bajo otra luz, publicado en 1989) y hacerlo  despidiéndose de la poesía— en 2002, posteriormente publica El árbol de la vida (2004) y Lejos (2011). La lluvia es, por tanto, su cuarto libro de poemas, aunque como decíamos, Taravillo es un autor fértil, un investigador perseverante y reflexivo, capaz de escribir la mejor biografía posible sobre Luis Cernuda, dividida en dos tomos —la primera, Luis Cernuda. Años españoles (1902-1938), recibió el Premio Comillas en 2008, la segunda, Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963) se ocupa de los años del Cernuda que salió de España en plena guerra hasta su fallecimiento en México— o de hacer un recuento de sus experiencias viajeras en Viaje sentimental por Inglaterra (2007). Compagina además estas ocupaciones con su labor como columnista y traductor, tanto de poesía como de prosa —novela, relatos, artículos—. Ha vertido a nuestro idioma a autores de la talla de Pound, Keats, Shakespeare o Yeats, por lo que se refiere a la poesía, y de Jonathan Swift o Flann O’Brien, entre otros, en prosa. Con estas referencias podemos asegurar que el mundo que rodea a Antonio Rivero Taravillo está poblado de páginas impresas, el aire que respira huele a tinta y, sin embargo, su poesía no posee un carácter libresco —en el sentido peyorativo de la palabra, es decir, algo alejado de la realidad—, todo lo contrario, son acontecimientos cotidianos, emociones provocadas por sucesos intrascendentes —el mismo hecho de llover los es para quien está acostumbrado—, descripciones de lugares o de objetos que, inicialmente, sólo para quien escribe poseen una relevancia sustantiva los que hilan los versos de La lluvia, compuesto por cuatro secciones, la primera de ellas titulada significativamente «Acuarelas», acaso porque las imágenes visualizadas son sutiles, evanescentes, borrosas, destiladas al atravesar el filtro de la lluvia —la luz de la lluvia debilita los colores, algunos objetos dilapidan sus formas tras el velo del agua— y no poseen la consistencia ni la nitidez de un paisaje diurno pintado al óleo, imágenes que parecen provenir del ensueño más que de una percepción fragmentaria de la realidad, imágenes que se describen en el poema con versos como estos: «Cangilones, paraguas/ vueltos del revés,/ arrojando disparos/ a cubos llenos/ en el revólver o tiovivo/ de cachas gris  y caballos/ de crines húmedas/ y relinchos de truenos» del poema «Temporal» o «Agarro el puño del paraguas/ igual que el picaporte de las nubes» del poema titulado «Otra clepsidra», que no esconden influencias del ultraísmo de un José de Ciria y Escalante o del Gerardo Diego creacionista, el de Imagen o Manual de espumas. Generalmente, el reputado concepto que poseemos de la «Lluvia de Oriente» —título de la segunda sección del libro— proviene de una idealización, de una no objetivación de los fenómenos atmosféricos que hemos aprendido a través de la literatura y el arte orientales. Llueve como si no quisiera hacerlo, cae desde el cielo sobre la tierra como la mano que acaricia el cuerpo desprevenido, con cautela, silenciosa, tímida,  lenta como esa caravana de nubes en la que viaja adormilada, «Llora impersonalmente, / como quien está en una nube,/ o es esa nube/ y ha llegado la hora/ de deshacerse».

Nada más alejado de la volatilidad de la acuarela que el vigor de un aguafuerte, una forma artística ésta que consiste en grabar con un buril sobre una plancha metálica recubierta con una capa de barniz, dicha plancha, sumergida en una solución de agua y ácido nítrico que corroe el metal descarnado por el buril, se utiliza como soporte de la estampación. El procedimiento formal —sobre todo en el uso del haiku— guarda relación con las dos secciones precedentes sólo en parte, porque estos «Aguafuertes» provienen de sucesos que la memoria ha conservado como si estuvieran grabados a fuego en la piel. Se mezclan acontecimientos de un pasado remoto (véase el poema «Peleas de 1975») con contingencias que han podido ocurrir ayer mismo («Muchacha en la copistería», «Desocupados» o «Aubade» son  claros ejemplos). Por otra parte, se otorga a ciertos objetos presentes en la vida cotidiana una especial importancia —hasta el punto de personalizarlos, como ocurre con el frigorífico en el magnífico poema del mismo título, emparentado por su efusiva emoción  con Las odas elementales nerudianas—. El espejo, el reloj, las gafas — a medida que pasa el tiempo, más necesarias; sin ellas, como en el poema de Muñoz Rojas, los ojos «no nos sirven»— son objeto de sendos poemas, alguno de los cuales podemos considerar como aforísticos: «¿Por qué el escaparate de una funeraria/ es siempre un espejo?» se pregunta el autor en el poema «Espejo», o estos otros versos con los que comienza el poema «Estatuas en la niebla»: «Se parecen tanto a sus sombras, ellas que nos las tienen».

Los poemas que componen la cuarta y última sección del libro, titulada «Sed», dejan un regusto melancólico en el lector. Amenazado por la belleza del instante siempre a punto de descomponerse, el poeta convierte lo que antes fue celebración, gozo, eso sí, no exento de ironía, en una reflexión elegíaca sobre las heridas vitales que van haciendo de la memoria un campo de batalla en el que los cadáveres se amontonan sin descanso. La visión del mundo sobre la que antes había especulado se oscurece. Esa vida que vemos desde fuera contiene muchas vidas distintas, incluso contradictorias, por eso el paso del tiempo no sacia la sed, al contrario, deja señales de su paso y acrecienta el ansia, convierte al hombre en un ser más desvalido aún, presa de un azar que distribuye sus dones ¿arbitrariamente? Toda transacción, todo cambio de moneda conlleva una pérdida, porque el yo que somos se devalúa en la permuta. La vida gasta, eso es inexorable, pero la forma en que la vivamos tendrá mucho que ver en si cotizará al alta o se depreciará sin remisión. Antonio Rivero Taravillo no se engaña ni pretende engañar a sus lectores. La indagación sobre las zonas oscuras de su experiencia conduce a la nostalgia con la que finaliza el poemario,  pero dicha nostalgia está llena de sabiduría, no de resignación, como no podía ser de otra forma en alguien que exprime los más significativos momentos de la existencia hasta convertirlos en poema y es consciente de que la identidad del poeta se construye —a pesar de la disolución del yo en el personaje capaz de recrear la emoción después de que desaparezca—  durante la escritura.

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