AUGUST KLEINZAHLER

 COMO NUNCA TE MOLESTASTE EN DEVOLVER LA LLAMADA

Lo que yo había querido era ser casto,
frugal y desagradable
en esa algarabía en algún lugar de una playa
sucia, perennemente fuera de moda;
dejar que el olor de la manteca de cacao arrastre la oscura memoria libremente
como se pone el sol, con una borrosa mezcla de colores,
examinados a través de una botella de refresco
que algún chico bebió sólo por la mitad
y abandonó entre la arena caliente.

El viaje en tren sería largo y caluroso,
y tú, tú los has hecho con hombres.
Yo. . .
        Estoy asqueado por el pronombre.
La ternura parece tan lejana como Sioux City
y además, habría costado demasiado.
Pero deberías haber llamado,

aunque sólo fuera porque un absurdo episodio como este
es sólo materia para espantar a los falsos amigos,
como si rociamos sus defectos con gas corrosivo.
Y nosotros. . .
              ¡Qué impertinencia, nosotros!
Podríamos habernos emborrachado con ginebra y dar un paseo
por la ciudad o por el paseo marítimo, a lo mejor,
                                      con el querido y viejo Godzilla,
el primero, el mejor, el 1954,
representando su papel por última vez, levantándose
sobre el horizonte al atardecer,
y metiéndonos prisa por ir a un lugar al que nunca hubiéramos
soñado
             ir.

Versión de Carlos Alcorta

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