JAVIER BOZALONGO y FRANCESC PARCERISAS. UNOS APUNTES

 

Descubrí a Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) gracias a su último libro, La casa a oscuras, publicado por la colección Visor de poesía en 2009 (no me consta que haya publicado con posteridad otro poemario, pero sí tengo noticia de sus primeros libros, Líquida nostalgia,2001 y Hasta llegar aquí, Cuadernos del Vigía, 2005), libro que,  a pesar de lo que su autor afirma en el poema «Carta al lector», se tarda bastante más de media hora en leerlo en profundidad, para percibir todos los matices que una poesía engañosamente fácil puede ocultar al lector apresurado. Baste para certificar esta impresión el último poema del libro, el titulado «Poética», que transcribo completo: «El primer verso puede ser brillante./ El final sorprendente./ Entre uno y otro debe estar tú.// Nunca el silencio».  Ese lugar indeterminado es el que ocupa el poeta, el personaje que se funde con él y que protagoniza el poema, el que, a través de situaciones y de anécdotas, ensaya una radiografía moral de su existencia. Desde ese lugar el poeta indaga en su entorno, en la realidad que lo contiene buscando un conocimiento más radical y profundo de los mecanismos que gobiernan  su relación con ella.

La generosidad del autor ha propiciado que cayera en mis manos el libro inmediatamente anterior al que más arriba hemos hecho referencia, Viaje improbable, publicado en 2008 — un claro precedente estético de La casa a oscuras, con el que establece una estrecha correspondencia —así como un cuaderno de Francesc Parcerisas editado con motivo de una lectura dentro del ciclo «Poesía en el Palacio».  

La improbabilidad, siguiendo criterios de origen matemático, es un proceso aleatorio que crea desorden en lugar de orden, confusión en lugar de información, aunque en el contexto del poema, asociado al viaje, lo que provoca es la incertidumbre asociada a lo desconocido. «Algunos viajes tienen/ un principio impreciso,» escribe Bozalongo en el poema «Algunos viajes tienen», poema que pertenece a la primera parte, «En el andén», de las tres que componen el libro. Pero un viaje no sólo supone el encuentro con un paisaje desconocido, con una civilización remota, con unas costumbres ajenas a las nuestras, conlleva además el encuentro con el otro yo que habitaba semidormido dentro de uno mismo y que ahora, al enfrentarse a nuevas eventualidades, toma cuerpo y te convierte en un hombre nuevo.

«En el camino», segunda parte del libro, describe más que un viaje geográfico un viaje en el tiempo hacia las mensajes imborrables de la memoria. Se verifica así el carácter meditativo de estos poemas en los que el autor parece que entabla una conversación íntima con el lector. Si es cierto el axioma que afirma que la poesía hace más vivo el vivir, no cabe duda de que en este libro vivimos intensamente, porque no es difícil entrever la dependencia entre el mundo percibido y la toma de conciencia que gracias al lenguaje adquiere su forma definitiva, un lenguaje en el que se conjugan el lirismo y la hondura, la sutileza con la voz del sentido común.

El libro finaliza con la parte titulada «Recogida de equipajes». El viaje ha terminado y no parece que haya satisfecho las expectativas del poeta, nubes, viñas, amigo parecen ser una cosecha frágil, algo efímero que sólo la memoria, traicionera y traicionada, puede conservar. Toda obra poética refleja la imposibilidad del lenguaje para conocer la realidad de un modo pleno, pero, sin embargo, nos proporciona el placer que toda búsqueda, por infructuosa que resulte, nos depara. No resulta relevante si el poeta ha concluido la travesía y ha llegado a puerto sano y salvo o, por el contrario, ha naufragado y sobrevive a duras penas en una isla desierta. Lo que el lector exige es que ese viaje no sea un mero pasatiempo, sino que deje cicatrices en la piel del alma, y en Viaje improbable somos testigos de que hay suturas que aún sangran en el recuerdo.

 

El breve cuaderno de Francesc Parcerisas al que hacía mención unas líneas más arriba contiene, traducidos por el autor, nueve poemas del libro Dos diez més de sud, publicado por Quaderns Crema en 2006. Uno es un viejo admirador de Parcerisas. Desde que cayó en mis manos La edad de oro, publicado en 1989 por Mestral libros y traducido por Xulio R. Trigo y Vicente Gallego, más mal que bien (leí en su momento un cuaderno de la Universitat de Lleida en la colección Versos dirigida por otro gran poeta, Pere Rovira), he tratado de seguir sus publicaciones, pero el impedimento que supone leer en una lengua que no domino y la prácticamente nula distribución de sus libros en el resto de la geografía española no me han puesto fácil disfrutar de su poesía. Fuegos de octubre (Linteo, 2008), traducido por Ángel Paniagua fue una gratísima excepción, teniendo en cuenta que la publicación del libro original data del año 2000 (y su escritura de algunos años antes), por esta razón, la posibilidad de leerlo de nuevo en castellano, aunque sea de forma tan escueta, revive en mí una ilusión que creía perdida, la de emocionarme con la poesía como cuando era un aprendiz en busca de sus propios maestros.

 

No me resisto a transcribir un poema de dicho cuaderno:

 

EL VIEJO PROFESOR

A partir de un motivo de John Bayley

 

Escribe junto a la ventana. Hay árboles

y libros por doquier. Olvido y más olvido.

Tal vez celos. Si ha de llover desconsoladamente,

que no pare. ¿Existen emociones

que siempre hemos querido ocultarnos?

¿Palabras que parecen no tener ningún linaje

conocido? ¿Qué quiere decir fresno, pino, aliso, abedul;

qué quiere decir amar, olvidar, huir?

Ganará; siempre gana el otro lado.

Sin pasado; o sin pasado

que seamos capaces de reconocer —que es lo mismo.

La vida desea felicidad.

Francesc Parcerisas (Trad. del autor)

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