DÍA DE LA MULA

Los niños, iluminados por el sol, pulen sus campanas en el porche. La marcha
por la ciudad no se detendrá ante la plaza, donde los caballeros y las damas habituales
de los deberes ciudadanos se desnudan, baile y movimiento, comparten sus historias íntimas
de mulas. Más tarde,  levantaremos nuestras copas y honraremos la efigie—

los oídos alerta de Antietam y Vicksburg, la insignificante cruz  que ha cobijado
la fiebre Puritana del oeste. Con mucha pompa y oportunidad, un medievalista

de buen gusto contratado de entre los mejores se pondrá a cuatro patas
y representará de nuevo lo más destacado del forcejeo entre astutas burras
y  yeguas. ¿Y quién 

no viajará para presenciar esto, para honrar a los caídos y las olvidadas
bestias que  perecieron bajo el infausto bombardeo del Atlántico, su rebuzno real
nunca agigantándose con bravuconadas estridentes en los establos de Mount Vernon? Descontrolado,

su hermano Catalán recorrió el Sur de esa forma, destrozando
el legado declinante de Sherman como un caballo de Nostradamus. Vamos al desfile, recemos
y bebamos por los desparecidos hasta que el sacerdote condene el peligro ¡”basta, cabrones, mis renuentes
hermanos de armas! “

 

Versión Carlos Alcorta

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