ANTONIO MORENO. EL CAUDAL.

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Antonio Moreno es un poeta con una trayectoria intachable. En cada libro es capaz de construir casi con astillas un mundo personal, humilde, sencillo, aunque, a pesar de su aparente modestia, sintetiza el universo de cualquier ser humano. Después de recopilar su obra poética completa en Intervalo, publicado en 2007, en 2010 publicó Nombres con árbol, en la colección Nuevos textos sagrados de la editorial Tusquets (entre medio vieron la luz dos libros de prosa diarística, El laberinto y el sueño, publicado en 2009 por la editorial Renacimiento y En otra casa, que apareció en  2012 gracias a la editorial Isla de Siltolá). Su último libro, El caudal, posee algunas peculiaridades que no podemos desdeñar, porque su autor ha decidido «publicarlo» directamente en su blog, eludiendo los circuitos tradicionales. Moreno esgrime sus razones: «Aparte de la fácil accesibilidad, sobre todo valoro verme libre de ciertas cargas y formalidades para las que ya empiezo a sentirme algo cansado». No es el primer poeta que utiliza la plataforma digital para dar a conocer su obra —estamos hablando de poetas reconocidos por lectores y críticos—, aunque, en el fondo, prevalezca la idea de ser publicado en papel. «Supongo que si sus hermanos mayores lo encontraron antes, El caudal también podría hallar el aprecio de algún editor y ver la luz en las librerías» piensa Moreno. Sin embargo, la decisión de publicarlo en este formato no deja de conllevar riesgos, tanto para el poeta como para el lector. Juan Ramón decía que un mismo libro, en virtud de la pulcritud o el descuido en su edición, decía cosas distintas. El riesgo de que el lector no tome en suficiente consideración un libro publicado en tan magras condiciones es altísimo y, modestamente, creo que el autor no ha sopesado bien los pros y los contras de esta decisión.

El caudal abarca poemas escritos entre los años 2009 y 2012. En él nos encontramos con el Antonio Moreno que conocemos de los libros anteriores, de los que éste es una deliberada continuación, porque esa visión serena de la realidad, con esas insignificantes y, sin embargo, reparadoras conquistas cotidianas, siempre ensombrecidas por una especie de nube desalentadora, no provocan un desahogo apocalíptico, sino una meditada reflexión sobre el alcance de la desesperanza o el consuelo que supone aceptar las cosas tal y como son, sin sublevaciones inútiles. Esta reflexión, está plasmada en unos versos que huyen del exceso verbal, no exentos, sin embargo, de intensidad poética, como al final del poema “Dedicatoria desde una azotea”: «A quien le toca en suerte oír cantar/ el nuevo día en todo lo que observa.//Y en su vida también. Y en su silencio». En pocos casos encontraremos de forma tan palmaria una identificación entre la escritura y el hombre que escribe como en Antonio Moreno. Son sus cualidades emocionales las que determinan esa posición contemplativa ante la naturaleza y los acontecimientos individuales. Ambas contingencias aconsejan que la mirada se contenga y realice un reconocimiento a pie de calle, restringiendo los riesgos que comporta fugarse de la realidad, evadirse del pensamiento que conduce a los territorios indeterminados del sueño. Fruto de la madurez poética que exhibe  es la economía de medios con la que construye el poema, lejos de esa imaginería pomposa o irracional tan querida a otros poetas. Lo explica el autor en el poema titulado “Hechos”: « Palabras tengo, pero no son mías mis palabras». Palabras incapaces de reflejar la poliédrica realidad en todos sus lados, pero suficientes para dejar constancia del dolor de estar vivo.

 

Carlos Alcorta

Reseña publicada en la Revista de Nueva Literatura Clarín, nº 106. Julio-Agosto de 2013.

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