Ha muerto Juan Luis Panero a los 71 años, el hermano mayor, el primogénito de los Panero, el poeta dueño de una voz mesurada, clásica, imperecedera, alejado siempre del histrionismo y los accesos de demencia de su hermano Leopoldo, el único que queda, muerto hace unos años el otro hermano, Michi. Uno sabía algo de sus graves problemas de salud a través de amigos comunes, de su aislamiento  voluntario, de su orfandad ante la escritura y, a pesar de todo, la noticia de su muerte, aunque secretamente esperada, me ha caído como un jarro de agua fría porque ha puesto una vez más en evidencia la fragilidad de la existencia, la inexorabilidad del paso del tiempo, siempre injusto, a veces benévolo con el asesino o el estafador, y cruel con el poeta o el filósofo.

Fue Juegos para aplazar la muerte (título tomado de unos versos de Joan Vinyoli), publicado primorosamente por la editorial sevillana Renacimiento en la colección Calle del Aire, en 1984, una recopilación de su poesía publicada entre los años 1966 y 1983, el libro que, al igual que para mí, supuso para muchos lectores el descubrimiento de un poeta melancólico y profundo, de dicción clara pero trascendente, el heredero más devoto de la poética cernudiana. «Este libro es la historia de la creación e invención (fabulación, pero también hallazgo) de un personaje: el mito moral del escritor, que alcanza, por el poema, distancia suficiente para convertir su existencia literaria en una parábola». Estos comentarios de Pere Gimferrer que ilustran la solapa nos ponen en guardia ante el tan manoseado tema de la verosimilitud poética, ante la interminable disputa entre los partidarios de la ficcionalidad del personaje que existe en el poema y la de aquellos que defiende  que la trasgresión de la propia identidad es  un requisito indispensable para valorar un poema. Creo que es inútil continuar con una porfía que, por otra parte, se ha decantado por el diferente peso gravitatorio hacia uno de los lados en liza. Para mí este libro fue una especie de catecismo poético, una guía tanto moral como estética que el joven poeta que yo era entonces intentó seguir a rajatabla (aunque ahora parezca un anacronismo, escribir un poema formalmente bien hecho era una aspiración primordial).

Antes que llegue la noche o el premiado Galería de fantasmas precedieron a su último libro de poemas, Enigmas y despedidas, publicado en 1999 por la colección Nuevos Textos Sagrados de la editorial Tusquets (posteriormente, en 2009, ediciones Vitruvio publicó la antología La memoria y la muerte). Pero Juan Luis Panero también frecuentó la prosa, tanto la de carácter crítico en libros como los titulados  Los mitos y las máscaras como en el más misceláneo Leyendas y lecturas, así como la de trama rememorativa, de la cual queda constancia en su libro Sin rumbo cierto (Memorias conversadas con Fernando Valls), por el que se le concedió el Premio Comillas de Memorias.

A uno le queda la esperanza de que en el fondo de ese baúl sin fondo que poseen todos los escritores, manos amigas hallen en su forma definitiva los últimos poemas—en una entrevista concedida a Nuria Azancot a finales de  2007 el poeta confesaba: « Bueno [y titubea mucho antes de contestar], voy a desvelarle algo que sólo mi mujer sabe: desde hace cinco años estoy enredado en un nuevo libro de poemas dedicado a México, homenaje a sus paisajes, a sus gentes, y a quienes allí traté, como Lowry o Rulfo. Pero me está costando mucho, llevo diez poemas y creo que en total serán veinte, así que voy más o menos por la mitad. En realidad sé que podría escribir y publicar un libro nuevo cada tres o cuatro años, como hacen muchos, pero me aburre ese empeño, porque en general ya he dicho lo que tenía que decir. También he visto que, a mi edad, y salvo excepciones, muchos de mis amigos poetas o se han muerto como Claudio Rodríguez o como Jaime Gil, o se han callado. Yo ya no tengo prisa.»—, los últimos párrafos de una autobiografía, hoy interrumpida definitivamente, que consuelen al lector de tan lamentable pérdida, aunque basta con releer su obra para constatar la vigencia estética que la dio forma. Por otra parte, no deja de ser admirable, algo que de forma magistral llevó a cabo Gil de Biedma, la honestidad del poeta que sabe ver que ha dicho lo que tenía que decir y reincidir en la escritura no es otra que repetir las mismas fórmulas, ya muy gastadas, que nada aportarán al grueso de la obra. Clarividencia y ejemplo a imitar. En el juego para aplazar la muerte esta vez le repartieron al poeta las peores cartas.

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