TRACY K. SMITH

Vida en Marte. Premio Pulitzer de Poesía, 2012

Vaso Roto Poesía, Madrid, 2013

 

Vida en Marte, el primer libro publicado en español de Tracy K. Smith, viene avalado por el prestigio Premio Pulitzer de Poesía, 2012 —acaso el galardón de más prestigio en Estados Unidos, si repasamos la nómina de los galardonados, entre los que se encuentran poetas de la talla de Charles Simic, Mark Strand, Robert Hass, W.S. Merwin, con el libro titulado La sombra de Sirio, recientemente publicado también por Vaso Roto poesía, o el correspondiente a este mismo año, concedido a Sharon Olds—, además de ser reseñado por el New York Times Book Review como uno de los mejores libros de poemas publicados en 2011. Nacida  en Massachusetts, en 1972, Tracy K. Smith se  licenció en la Universidad de Harvard y  logro un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Columbia, materia que enseña en  la Universidad de Princeton, Ha publicado otros dos libros de poesía: La cuestión del cuerpo (2003) y Duende (2007), con el que obtuvo el Premio James Laughlin de la Academia de Poetas Americanos.

Yo no soy muy aficionado a la ciencia ficción, ni en su versión cinematográfica  ni en la libresca —libros y comics—, por eso carezco de los conocimientos necesarios para buscar las relaciones, sin duda existentes, entre estos poemas y las imágenes simbólicas que provienen de los antecedentes mencionados, sin embargo, sí soy capaz de percibir la analogía que muchos de estos versos establecen con ese deseo, inherente al ser humano, de aspirar a una vida sin dolor, sin dificultades, una vida plena, como esterilizada — algo quimérico en nuestra sociedad—, quizá sólo posible en un mundo creado por la ciencia ficción.

El título del libro, como la propia poeta se encarga de aclarar en las notas finales, proviene de la canción de David Bowie «Life on Mars?», perteneciente al disco Hunky Dory, algo que, como veremos más adelante, tiene alguna relevancia, más allá de la anecdótica. Un poema, el titulado «El clima en el espacio», sirve de prólogo a las cuatro secciones posteriores que componen el libro. La pregunta sobre Dios: « ¿Dios es ser o fuerza pura?» admite dos respuestas antagónicas, según dicho poema. Será una cosa u otra en función de nuestras necesidades. Ignoramos su poder omnímodo cuando vivimos felices: «descansa/ En nuestras rodillas como una muñeca rota» y demandamos sus favores cuando nos asedian conflictos vitales: «Rostros radiantes de pánico».

Un futuro que cada vez se parece más al presente es lo que describen los versos de la primera sección, versos en los que se simultanean la descripción del argumento de una película de ciencia ficción (2001, Una odisea en el espacio) con indagaciones acerca de la Creación, entendida no en un sentido científico, sino religioso. Conviven en los versos un Charlton Heston real con el Heston que interpretó a Moisés —«la mano derecha de Dios»— en la película Los diez mandamientos, mientras «Alguien grita que ella no quiere irse a la cama». Se observa desde el mirador privilegiado de la escritura la evolución de los planetas y de las criaturas que los pueblan—«Quizá el gran error sea creer que estamos solos»—, se especula sobre el destino del hombre o sobre la existencia de Dios con esa mezcla de ingenuidad  y ansia de conocimiento propios de las naciones jóvenes, de quienes carecen de la noción de mito —Bowie es un claro sucedáneo: «No deja huellas. Pasado escurridizo, veloz como un gato. Eso es Bowie/ Para ti: el Rey del Pop, tímido como Cristo» (el elogio torrencial y apasionado que hace la autora de Bowie tiene claras similitudes con la devoción de Manuel Vilas por Elvis o por Johnny Cash) —, de aquellos para quienes el pasado se reduce a un documental sobre las tribus indígenas, a las que ven como una extravagancia, más que como una herencia. Miran hacia el futuro, ese futuro que parecen dominar con la ayuda inestimable de la tecnología, tecnología que no basta, sin embargo, para realizar un análisis emocional aséptico, como si el personaje del poema fuera un ciborg. La autora se deja arrastrar por un cúmulo de recuerdos y de sensaciones empañados por la muerte. Sin duda es esta segunda sección del libro la que más conmovedora, porque al lector siente dentro de sí el latido de la ausencia, la elegía por la desaparición de un ser querido. «La muerte estaba pensando en su deuda:/ Su viaje más allá del cuerpo, de la ropa».  Ciertas dosis de dolor son necesarias para apreciar en lo que vale la existencia. “El dolor duele, pero no mata. Cuando se contempla la alternativa, escribe Jonathan Franzen, —un sueño anestesiado de autosuficiencia amparado en la tecnología—el dolor se presenta como producto e indicador naturales de estar vivo en un mundo que opone resistencia. Pasar por la vida indoloramente es no haber vivido”.

La tercera sección comienza con un duro alegato contra la indolencia y la simplicidad moral que caracterizan nuestra época, desde una postura crítica tanto social como política. Parece que la autora explorara el universo con el distanciamiento que le proporciona el telescopio del lenguaje en busca de una especie de solidaridad interestelar, porque nadie se preocupa por el prójimo, al  vivir encerrado en su propio mundo, como si sólo un individuo lo habitara. La continuidad histórico-cultural entre generaciones parece haberse quebrado. Es como vivir en Marte, porque uno es un marciano para sus semejantes. Hacemos oídos sordos a las atrocidades colectivas, acaso porque nos horroriza la verdad que éstas trasmiten sobre nosotros mismos. Vivimos en un mundo privado, construido a la medida, pero este mundo está protegido del exterior con muros muy endebles, de ahí que seamos capaces de traicionar nuestros principios con tal de garantizarnos la supervivencia y de que la experiencia trascendental de orden individual sea marginada de los objetivos que el propio sujeto activo se plantea.  No es un futuro muy halagüeño el que evidencian los versos de Tracy K. Smith, pero no le faltan razones para el pesimismo, basten para constatarlo estos versos que tienen su origen en los abusos cometidos por las tropas norteamericanas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, lamentablemente repetidos en cárceles de todos los continentes: «Algunos de los prisioneros eran ensartados como ganado/ Del techo de sus celdas. A “Gus”,/ lo pasearon con una correa. Quiero decir, lo arrastraron,/ Otros eran montados como mulas. Los guardas/ Sentían grandes dosis de placer». No menos trágicos y estremecedores son algunos de los que forman parte del poema «Deben amar todo lo que ha elegido y odiar todo lo que ha rechazado», basado en artículos periodísticos —algo que ya ensayó en su anterior libro, Duende (titulado así en un claro homenaje a García Lorca)— publicados en la primavera de 2009 en el New York Time que dan cuenta de diversas matanzas por tiroteos de tintes racistas y cuya fórmula me recuerda a la empleada por José Hierro en su poema «Réquiem» —no debemos olvidar tampoco esa búsqueda de la alegría a través del dolor común también a José Hierro y a Tracy K. Smith—, aunque se perciba en ellos una mayor ensamblaje filosófico.

La cuarte y última parte está formada por poemas líricos, de carácter íntimo —algo que la autora ha tratado de  evitar en la mayor parte de los poemas anteriores, con notable éxito—, estoy pensando en «Todo lo que siempre fue», «Albada», con esa construcción ascendente y prosaica hacia la soledad, tratando de romper la frialdad afectiva, vinculándose con  la comunidad, lo que no implica que haya otros poemas de tono más reivindicativo, como «La buena vida»: «…y eso me hace sentir nostalgia/ De los años que viví a pan y café/ Hambrienta todo el tiempo, yendo al trabajo en día de paga/ Como una mujer que vieja en busca de agua» que intentan redefinir el mundo en el que vive. Pero no debemos engañarnos al pensar que el prosaísmo de algunos versos entorpece el entramado simbólico del poema, porque en ellos, el uso del realismo no trasluce una máscara esterilizada como la del cirujano, más bien al contrario, es una especie de velo metafísico, necesario para interrogarse a sí misma sobre la violencia inherente al ser humano y para profundizar en ese malestar vital, en esa raíz sangrienta que alimenta el odio, la cobardía, los terribles actos de venganza y destrucción. La autora no necesita mirar hacia un lejano pasado colonial del que extraer nociones paradigmáticas sobre la libertad o la justicia ni para dar testimonio de la banalidad del mal, le basta con observar lo que ocurre en a su alrededor, en su misma ciudad, en su mismo barrio. Le basta, al parecer, con revisar su biografía. La inexorabilidad de la existencia lleva implícitas conductas aberrantes, y lo que se cuestiona en estos poemas, en los cuales conviven recursos aparentemente opuestos, como lo cotidiano y lo insólito, lo abstracto y lo concreto, es si son o no moralmente censurables, si la lucha por la supervivencia es el gran motor de la existencia humana. Vida en Marte es una elogiable muestra del tipo de poesía que se puede escribir cuando se anteponen la ironía y la conciencia de que la vida humana es algo más que un encadenamiento genético al  solipsismo y al desahogo emocional  del displicente.

 

 

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