TOMAS Q. MORIN

SONRIENDO EN CERDEÑA

En caminos de tierra que se esclarecen y se disuelven
como aliento en invierno, temblamos tumbados
en nuestro coche, un coupé de color amarillo con memoria
para recordar bosques de mirtos y pinos centenarios
en kilómetros. Durante seis días nos hartamos visitando fuertes,
bahías y descampados, dunas de oro asaltadas y conquistadas
demasiado a menudo para contarlo con precisión
sobre la isla con forma de pie, no, la impresión
de un pie — de Dios, de hecho.
O al menos eso dicen los lugareños.
                                                       En el escabroso extremo sur
donde el talón de caliza del corredor
primero habría golpeado, partimos el pan
en la mesa tambaleante que hemos reclamado como propia
por última vez y disfrutamos de cada detalle:
las violetas entumecidas en la mesa,
los menús caseros con olor a pescado,
lo cual quiere decir que está recién traído
del barco, y el camarero,
el larguirucho al que le falta un diente

cuya boca suena como un piano
afinado para serenatas,
que está coqueteando contigo
mientras me siento y sonrío
como imagino que Ulises debe haber sonreído
a los audaces pretendientes de su esposa
porque estamos en la cuna
de la adormidera después de todo, esa dulce
pócima elaborada por los cartagineses
para los criminales y los ancianos,
quienes, sabiendo que era mejor no beberlo,
y bailando con sus rostros convulsionados
al sonreír, Sócrates lo habría sabido,
aquel viejo payaso afable
que vio el humor en la muerte,
que habría visto la conveniencia
de pasar el último de nuestros accidentados días
festejando y levantando nuestras copas
al dios más misericordioso del júbilo
hasta morir de risa.

Versión de Carlos Alcorta

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