LUIS IZQUIERDO.

LA PIEL DE LOS DÍAS. LUMEN, BARCELONA, 2013

 

Reconozco que he sido un lector intermitente de la obra poética de Luis Izquierdo y que lo que me ha impulsado a leer su último libro, La piel de los días, publicado como otros libros del autor por la editorial Lumen, ha sido el deseo de aplacar el picor de la curiosidad lectora después de hojearlo en los estantes de la librería. Sólo otros dos libros suyos había leído hasta ese momento, uno de ellos, el ya muy lejano en el tiempo, Supervivencias, su primer libro, publicado en 1970 en la añorada colección Ocnos, en cuya contracubierta se ofrecen unos datos que permiten al lector de hoy tener una idea general del poeta: «Ha cursado estudios de Derecho y Filosofía. Estancias en París, Freiburg y Tübingen entre 1955 y 1960. De 1964 a 1966 dio cursos de Literatura Española en las Universidades de Cincinnati y Howard, de Washington —”La experiencia americana fue para mí como abrir los ojos al mundo. Entrar en contacto con la cultura judía fue una revelación”, ha dicho en alguna entrevista receiente—. Actualmente trabaja en una empresa editorial y es profesor de Literatura en la Universidad Española y en la Escuela de Periodismo». (Reseño estos datos antiguos, porque sus ocupaciones han seguido siendo las mismas a lo largo de casi cuarenta años y la docencia ha estado indisolublemente ligada a la creación); y el otro, más reciente, es la antología que publicó en 2006 Lumen para celebrar el septuagésimo  cumpleaños del autor, Travesías del ausente, en la cual se recogen de forma cronológica poemas de todos los libros publicados hasta la fecha, a lo que hay que añadir catorce poemas inéditos, poemas  que ya anticipaban las constantes que dominarían el libro que comentamos ahora, la nostalgia, la sensación de finitud, la verificación de que llega el crucial momento de las despedidas.

Luis Izquierdo nació en el año 1936, un año que supuso el comienzo de uno de los periodos más infaustos de la historia de España, y que, a título individual, imprimió —este año y los años inmediatamente posteriores, los de la guerra civil y la postguerra— en la memoria de los muchachos que crecían en aquella época, el trauma de la violencia y el miedo, las penurias que una sociedad desmantelada por el revanchismo y el odio, era incapaz de mitigar. En términos poéticos, en la segunda mitad de la década de los treinta y la primera mitad de los cuarenta nacieron un conjunto de poetas que, por razones diversas, han quedado al margen de lo que, escolásticamente, entendemos por periodos generacionales, tales como Luis Izquierdo, Ángel García López , Félix Grande, Hilario Tundidor, Joaquín Marco, director de la colección Ocnos en donde publicó su primer libro Izquierdo, José Antonio Masoliver Ródenas o Joan Margarit, poeta muy activo que goza de un enorme consenso entre lectores y críticos, lo que ha posibilitado una gran presencia editorial en los últimos años. Demasiado jóvenes para pertenecer a la llamada generación del 50 (paradójicamente, Carlos Sahagún, nacido en 1938 y, por tanto, más joven que la mayoría de los anteriormente citados, sí aparece mencionado con asiduidad entre la nómina de poetas que conforman el núcleo de dicha generación), aunque por su estilo poético comulgan con gran parte de los presupuestos estéticos que estos defienden, y demasiado mayores y alejados de las nueves corrientes estéticas para encuadrarse en la llamada generación de los novísimos o del 68,  aunque alguno de los componentes de este último círculo, es el caso de Antonio Martínez Sarrión o del fallecido Manuel Vázquez Montalbán, nacidos ambos en 1939, sea prácticamente coetáneo. A tenor de lo expuesto, creo que si algo queda meridianamente claro sobre estas arbitrarias clasificaciones es que el concepto de grupo o de generación está, en muchos casos, determinado no por cuestiones estéticas, sino  por acciones amicales y por un conjunto de intereses comunes e ideológicos, lo que provoca que las afinidades más o menos constatables entre sus componentes se radicalicen en un claro intento de constituirse como grupo de poder, grupo que, inexorablemente, dejará en sus márgenes a un sinfín de poetas excluidos por mor de enfrentamientos éticos y estéticos  o por simples desavenencias personales (la historia literaria está llena de ejemplos de ambas peripecias), no por criterios cronológicos, en apariencia más asépticos. No beneficia, en cualquier caso, a la hora de que la crítica establezca el canon generacional, el quedarse rezagado por causa de la edad, pero quizá suponga un inconveniente mayor el hecho de que el primer libro de un autor retrase tanto su publicación como para hacerlo cuando la generación posterior está ya a pleno rendimiento y, además, la separación temporal entre sus restantes publicaciones sea mucho mayor de lo aconsejable para estar “en la pomada”. Eso provoca una especie de desestabilización en la crítica menos desobediente, acostumbrada al proselitismo dogmático y no a la interpretación personal o al juicio exigente atendiendo a valores meramente cualitativos, porque, en la mayoría de los casos es incapaz de comprender con claridad esas divergencias.

Este puede ser muy bien el caso de Luis Izquierdo, cuyo primer libro data de 1970, es decir, cuando el autor ya había sobrepasado ampliamente la treintena.

Debemos tener en cuenta que los años finales del cincuenta, pero, sobre todo, la década de los sesenta representan el periodo de consolidación de la llamada generación del 50 (Profecías del agua, de Carlos Sahagún, fue publicado en 1958, es decir, cuando el autor contaba 20 años, pero ya en 1955, este autor había publicado su primer libro, Hombre naciente). A esto debemos añadir que las antologías más representativas de la época, las que contribuyeron a marcar las líneas estéticas comunes que diferenciaban a esta generación de la precedente, se publicaron en 1963, la titulada Poesía Última, de Francisco Ribes,  y Antología de la nueva poesía española, de José Batlló, en 1968, es decir, algunos años antes de que Luis Izquierdo se diera a conocer a los lectores. Por otra parte, de 1970 es la antología Nueve novísimos poetas españoles, confeccionada por José Mª Castellet, en la que, en palabras de Andrew P. Debicki, los poetas incluidos (algunos de ellos también participaron en la antología preparada por Batlló) “revelaban ya en su escritura características diferenciales: un aura mucho más estilizante y ornamental; lúcidas referencias a la cultura popular, el cine y la música, mezcladas con alusiones literarias; una ruptura con las preocupaciones filosóficas a favor de las estéticas y sensoriales; un renovado interés por los temas surrealistas y un frecuente uso de la técnica del collage; así como una búsqueda de nuevos héroes, entre los que se incluyen autores tan diversos como Octavio Paz o Carlos Edmundo de Ory”. Es por tanto ese estar en tierra de nadie una de las causas que ha impedido que la poesía de Izquierdo tuviera la difusión que, sin suda, merece. Otra de las causas que ha propiciado este deplorable desencuentro ha sido la complejidad de su escritura, rigurosa e intensa, alejada de los tópicos poéticos y poco complaciente con el lector (un “infierno” similar está sufriendo, a mi parecer, la obra de Carlos Barral, por otra parte, un autor de referencia para Izquierdo, junto con Vinyoli, Gil de Biedma y Gabriel Ferrater, a mi juicio, este último el poeta más intenso de todos, pero esto es otra historia que habrá que referir en su momento), como lo es toda obra que aspira a crear un mundo propio, a poseer una voz personal e inconfundible.

En «Notas para los fieles de la lectura», texto con el que finaliza La piel de los días, Luis Izquierdo facilita alguna de las claves que nos permitirán adentrarnos en la lectura del libro con mayor solvencia: «El libro intenta asumir y sobre todo expresar la idea del viaje, paralelamente a ecos de la pintura y resonancias musicales». De la pintura encontramos esas resonancias en poemas como  “Experiencia docente”, en el que aparecen los nombres de Klee, Malevich o Hopper, en “Adagio y figuras: Las lanzas”, en el que el motivo de la écfrasis es el velazqueño cuadro de “La rendición de Breda”, más conocido como “Las lanzas” o, y la lista es mucho más amplia, en el poema titulado “Tres pintores”, en el que, además del ya mencionado Paul Klee, aparecen Matisse y Rothko. En cuanto a la influencia de la música, quizá menos perceptible que la de la pintura, ésta puede apreciarse en poemas como los titulados “Al piano”  o “Los adioses”.

Izquierdo, en esa especie de guía de lectura que transparentan sus «Notas…» sigue diciendo que «abundan las alusiones a la conformación religiosa que se nos practicó a los recién llegados al país en 1936; una fatalidad que los años cuarenta prolongarían tanto que aún hoy alientan resistencias a especies tales como la educación para la ciudadanía», algo a lo que, desde otra perspectiva apenas diferente, hemos abordado más arriba. Pero quizá el fragmento más explícito, el que mejor describe su poética sea el que a continuación transcribo: «Cierto aire de crónica cotidiana, al hilo de lo que pasa y ocurre, trasunta una dicción seca y elíptica que orilla la prosa y no por ello se desentiende de la poesía; la interacción de una a otra ha dado con alguno de los mejores aciertos para apuntar al objetivo máximo: dar con el sentido. O sea con el objetivo que parece eludirnos cuanto más próximos a él nos sentimos. La transparencia es casi una quimera, o un juanramoniano envite, no por imposible, menos interesante en las huellas reales que deja», porque desde el primer poema del libro, “Poética de un despertar” —un poema en prosa, el único del libro— no hace más que confirmar las declaraciones anteriores y el carácter metapoético de varios de los poemas de La piel de los días: «Dado que casi todo son palabras, lo decisivo es el casi al que no llegan las palabras. Escribir es una aproximación infinita, infinitamente aplazada y sucesiva a través de las interrupciones, los eclipses, las mudanzas». Aflora aquí el viejo tema de la distancia inabarcable que media entre el significado y el signo, algo que Platón en Crátilo, en el diálogo que Hermógenes mantiene con Crátilo sobre si «la rectitud del nombre» estriba en otra cosa que en la conveniencia y el acuerdo. Hermógenes afirma que «aquello con que se designa una cosa determinada es el nombre de la cosa», mientras que la postura que defiende Crátilo defiende que «una cosa es el nombre y otra aquello de lo que es nombre», es decir, lo que se sugiere en este diálogo moderado por Sócrates, es la imposibilidad del lenguaje para aprehender la realidad, para conocer las cosas en su esencia. Y, efectivamente, tal y como asegura Izquierdo, un cierto aire de crónica se entreluce en el discurso de su poesía, porque éste posee un tono narrativo en el que no puede estar ausente, si hacemos caso a lo que el título del libro sugiere, la preocupación por el paso del tiempo: “pero me veo solo en la jornada/ del tiempo que transcurre irremediable,/pendiente del instante sin mañana; la reivindicación de la provisionalidad del presente como única tabla salvavidas a la que aferrarse. El futuro y el pasado—“Al hollar la memoria/ de arenas movedizas, / rostros ocultos de lo acaecido/ simulan el pasado”, escribe en el poema “Recuerdos de la memoria”— son una especie de entelequias que facilitan la conciliación con el instante, de ahí que se reiteren fielmente homenajes a sus maestros estéticos, tanto pictóricos, musicales o literarios —ese magnífico recordatorio de Onetti que realiza en el poema “Homenaje a Santa María”, por ejemplo— de quien Izquierdo dice que «es tan pesimista que me estimula».

El tono irónico, presente en gran parte de la obra de Izquierdo, se muestra de forma más evidente en la segunda de las tres partes en la que está divido el libro, la titulada, y ya desde el título percibimos ese retintín paródico, “Intermedio úrsido”, en la que no siempre sale bien parado el hombre al compárele con el úrsido, con el oso. Como he dicho al principio, la poesía de Luis Izquierdo no despliega una dicción sencilla. Su lenguaje es esmerado, culto, de una misteriosa intensidad que busca la precisión del significado sin retóricas innecesarias, aunque para ello tenga que echar mano de conceptos abstractos o generales, pero gracias a ese lenguaje estamos en disposición de adquirir un conocimiento de la realidad mucho más generoso, el que nos brinda la poesía de un poeta injustamente postergado por las veleidades de la Historia y por la ceguera de la propedéutica literaria. Nunca es demasiado tarde. Aún estamos a tiempo de descubrir a un poeta de los grandes.

 

 

 

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