NATALIA LITVINOVA

TODO AJENO. Vaso Roto, Poesía.

No es la primera vez que, gracias a los consejos de Martín López-Vega, descubro un/a poeta. Hace unas semanas, en el blog que mantiene en el suplemento El Cultural, hablaba de Natalia Litvinova y, aunque mostraba ciertas reticencias hacia las ingenuidades de alguno de sus poemas, López-Vega finalizaba con estas palabras: “Pero en medio de esos prescindibles versos hay también poemas de verdad, los que da igual la edad que tenga quien los ha escrito, porque una vez que los hemos leído sabemos que nos acompañarán siempre”, palabras que me han impulsado a leer su último libro, Todo ajeno, publicado por la editorial Vaso Roto (Esteparia, el primer libro de la autora, publicado en 2010 en Argentina, ha sido reeditado en España por la editorial ÁRTEse quien pueda, pero aún no está disponible en las librerías de mi ciudad).

Lo primero que salta a la vista al leer los poemas de Litvinova, poeta nacida en Gómel, Bielorrusia, en 1986, pero residente en Argentina desde los diez años, es que pese a su juventud ha desestimado la influencia de ese verbalismo tan arraigado en determinadas etapas vitales y en tradiciones que, geográficamente, a la fuerza han de resultarle próximas, y no ha caído en lo que Zbigniew Herbert llamó “la tentación de describir ni en las miserias del descripcionismo”, por el contrario, la poesía de Litvinova se sustenta en una economía de medios, de lenguaje que, sin embargo, no le impide desarrollar un complejo mundo de ideas, de recuerdos y de emociones, evocadas desde su misma esencia, desde la desnudez del hueso de las cosas, un mundo que observa con mirada analítica y que tiene más que ver, a día de hoy, con una especie de mitologización del pasado que con las avatares del presente, y aquí es donde debemos mencionar que, además de poeta, Natalia Litvinova también es traductora, mantiene activo un blog que actualiza regularmente con nuevas traducciones de poesía en lengua rusa, por lo que no resulta arriesgado colegir que la influencia de esa tradición sea determinante en su modo de concebir el hecho poético. Nombres como Tsvetáieva, Ajmátova, Andrey Platonov, Varlam Shalamov o Mandelstam resuenan en sus poemas, pero también, como no podía ser de otra forma en una consumada lectora, se oyen los ecos de otros poetas como Rilke, Celan o los griegos Ritsos y Seferis, y,  como escribía al principio de esta nota, no deje de llamar la atención la escasa presencia de ascendientes en lengua española, su lengua de adopción.

El nexo común que otorga unidad a los poemas que forman este libro se ampara más que en la articulación de una trama semántica, en una forma de decir que incide en la frase corta, cargada de sugerencias más que de obviedades. Los versos son como relámpagos que iluminan transitoriamente un mundo oscurecido. Lo que podemos aprehender en este furtivo instante pleno de claridad es lo que da razón de ser al poema. “En la poesía encuentro la oración para soportar/ cada corte abrupto”, escribe en el poema titulado «El milagro de la comunidad», ese corte abrupto nos recuerda el que produce en la realidad el interruptor que gobierna la luz y la oscuridad. La poesía será entonces la herramienta precisa para dar cuenta, no de lo que vemos, sino de lo que queda al otro lado, en la parte no visible de esa realidad que está vedada al conocimiento racional, tal vez porque, como Litvinova escribe en el poema que da título al libro, «Todo ajeno», “La intimidad se fuga con las palabras” y, en el poema titulado «Accidentes», la realidad está “desfigurada por sus límites”. Da la impresión de que en la mente de la poeta coexisten dos personas a la vez, la que experimenta las sensaciones y la que observa con objeto de trasladarlo a la escritura, pero esto acarrea un problema insoluble, porque cuanto más intensamente se viva la sensación física, más difícil es trasmitirla. Considero que esta es una de las razones que llevan a Litvinova a utilizar con profusión tanto la elipsis como los versos categóricos, contundentes, cerrados en su significado.  Muchos de los poemas crean un efecto de expectación en el lector, a quien se deja a la intemperie. Si lo que busca el lector en la poesía es un cobijo, un refugio, no lo encontrará en estos versos que no confortan, muy al contrario, perturban al pensamiento acomodaticio porque nada resuelven, a ninguna pregunta responden, son fragmentos inquietantes de la realidad. El poema «La última cintura› es un notable ejemplo, magistralmente desarrollado, desde la inicial constatación de la decadencia familiar, hasta la forma de relativizarla, cuando se confronta con la desgracia ajena. Los poemas de Natalia Litvinova nos dejan con ganas de ahondar con mayor profundidad en el destino de los personajes que habitan sus poemas, así ocurre con el poema titulado «Detrás del vidrio», en el que “Una mujer se desviste. El hombre duerme./ De pronto sale el sol. La noche se entrega./El hombre se despierta y viste a la mujer”. Sólo nos muestra retazos de vida, fragmentos que parecen surgir más de una alucinación, de un sueño, que de un hecho consumado. La indeterminación, la angustia existencial que trasmiten nos hacen pensar en espacios iluminados por la luz artificiosa del recuerdo, en lugares sólo habitados por seres con problemas, desvalidos y solitarios, tan comunes en cierta pintura de tinte metafísico, y esta afirmación no contradice la carnalidad subyacente en el poema titulado «Pintor», que concluye con estos versos tan escasamente imprecisos: “Acercó lentamente sus manos y le sacó el vestido/ para llegar al lienzo”, y digo que no existe contradicción alguna porque identificar fondo y forma, como hace el artista en el poema con la piel de la modelo, es un proceso de transferencia que tiene más que ver con lo enigmático de todo cuerpo, con algún modo de sublimación espiritual, casi mística, podríamos decir, que con una experiencia táctil y, por tanto, verificable. Estos materiales de observación de los que se nutre la poesía de Litvinova están legitimados por la propia experiencia, pero eso no implica que un lector interesado por la historia reciente no pueda compartirlos. Lo que no está al alcance de muchos es la forma de condensarlos, de encontrar algo interesante allí donde la mayoría ha dejado de buscar. Natalia Litvinova no busca, sin embargo, la connivencia de las verdades universales para acomodarse al mundo en el que vive, más que interrogar al cielo de las cosas —las cosas que no entendemos son las que más nos atraen— centra su mirada en el espejo del pasado, ese inquietante lugar que confunde los límites del tiempo y del espacio, ese lugar fantasmagórico que ofrece unas posibilidades extraordinarias de penetrar la realidad, que nos muestra imágenes de nuestra propia personalidad y, acaso lo más aterrador, no muestra como somos a los ojos de los otros.

 

 

Anuncios