EL BUQUE ESCUELA JUAN SEBASTIÁN EL CANO

FE DE VIDA (II)
Hasta la cubierta del bergantín Juan Sebastián Elcano, amarrado al muelle del Almirante del puerto de Santander, frente a la Aduana, los sonidos de la ciudad llegan amortiguados, como si fueran una música de fondo casi inaudible, lo que favorece un intenso nivel de ensimismamiento. El moroso vaivén que provocan las mansas olas de la bahía no molesta a los visitantes que recorremos las dependencias del buque escuela en la jornada de puertas abiertas, muy al contrario, ese “constante batir de las olas contra el muelle propiciaba —P.D. James se refería a un Mar del Norte inusualmente pacífico— un clima sosegado e indulgente”, por eso, por la ausencia de riesgo, porque no debemos sortear ninguna tormenta ni enfangarnos en comprometidas refriegas con la flota enemiga, uno puede imaginarse sólo remotamente las vicisitudes que experimentan durante la singladura los miembros de la curtida tripulación y los guardiamarinas en prácticas; uno no puede, aun sabiendo que ese pensamiento está cargado de mitología, verse a sí mismo surcando mares y océanos — un globo terráqueo con la leyenda «Primus Circumdedisti», el escudo de armas de Juan Sebastián Elcano que le otorgó el emperador Carlos I, es también el escudo de la nave—, desafiando leyes y monarquías, siendo su propio rey y atracando en exóticos puertos en los que es recibido con temor y admiración. Sé que la realidad es muy distinta porque la profesionalidad exige estudio y dedicación, y la disciplina, una mezcla de voluntad y bravura. Ninguna se adquiere por arte de magia, pero mirando cómo se desplazan las nubes junto al bauprés o sintiendo en el estómago cómo el mascarón de proa, la sabia Minerva dorada, rompe las temibles olas que levanta el mar de fondo, dejo que se desaten mis sueños y, con los ojos abiertos, me convierto en el intrépido y avispado grumete de ese barco pirata en el que, cuando éramos niños, todos deseábamos enrolarnos.