HENRI COLE

 LOCURA

 

 En el jardín Doria Pamphili,

 la mayoría de los nichos de granito están vacíos,

 los dioses masculinos han perdido sus genitales,

 y la Gran Madre, Hera, no tiene cabeza.

 Algo ha salido mal

 en el lago artificial.

 Cavando profundamente en las orillas negras

 rodeadas por malla de alambre,

 familias de nutrias están aniquilando –

 con palmeadas patas traseras,

 romas cabezas amordazadas

 y largos incisivos anaranjados –

el eco-sistema del jardín de recreo

 del papa Inocencio X.

 Góticos como el inconsciente,

 los pesados cuerpos ahusados

 hozan a lo largo de las acequias

 avanzando en un una persecución mortal

 hacia los cisnes, cuyas suntuosas alas

 eclesiásticas se abren

 despreocupadamente.

 

 Cada día regreso.

 El sofá es Della Robbia azul.

 Acomodo mis pies

 como un cisne — inmaculado

 y autosuficiente igual que la ambulancia

 que transporta a mi madre medio muerta—

sujetándose en las profundidades

 y arrancando maleza,

 chorreante como una lámpara de araña,

 mientras paleando detrás están los roedores retrasados,

 que ansían — con grandes ojos somnolientos

 que sugieren algo parecido a la felicidad matrimonial

 y su afelpado pelaje encanecido,

 ondulante como el abrigo que mi madre usaba —

capturar en el pastizal

 los huevos de pollo de cisne y engullir

 sus embriones ensangrentados.

 

 Versión de Carlos Alcorta

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