FE DE VIDA

Disuadidos momentáneamente por la densa niebla que enfanga el cielo y limita el horizonte al que apunta la vista sin encontrar un punto de apoyo, como si fuera una alucinación o un poema de José Hierro, la mayoría de los veraneantes no han pensado aún acercarse a la playa, por eso el aparcamiento —a esta hora, los días soleados, completamente atestado— permanece casi desierto, sólo en un rincón pobremente habilitado para las auto-caravanas, están aparcados los vehículos de quienes han pasado aquí la noche; por eso, por la arena aún húmeda, sólo dejan sus huellas las brigadas de surfistas que siguen a los avezados monitores que, como intrépidos exploradores, sirven de guía en la búsqueda del mejor lugar de la costa desde el que “pillar” las olas.

Doy un paseo por la orilla, pisando los charcos que ha dejado sobre la arena la bajamar. Me interno poco a poco en el agua cortante. Las olas moribundas van cubriendo mi cuerpo estremecido. He de tomar una decisión urgente para entrar en calor: regresar a la arena o  ganar profundidad, henchirme de valor y zambullirme de inmediato en la primera ola que sea capaz de cubrirma por completo. Chapoteo, me sumerjo, doy unas brazadas. El cuerpo se libera de esa cárcel mental que supone la costumbre. Los músculos se desentumecen tras nadar unos minutos. Lo que antes representaba un tormento es ahora una bendición. El mar Cantábrico se despereza, como un gato doméstico. Neptuno, sin embargo, te aconseja prudencia. Conocer es amar, y el mar nunca se deja conocer del todo, ni siquiera cuando intentas retenerlo en los límites de una página como ésta, que en cualquier momento puede anegarse con un golpe de mar o con el reflujo que producen las palabras innecesarias.

Anuncios