ADIÓS A TODO ESTO

JUAN VICENTE PIQUERAS

ATENAS. XXV Premio Fundación Loewe. Colección Visor de poesía, 2013.

 

Atenas para mí, antes de visitar la ciudad por primera vez hace unos treinta años, era un lugar idealizado que se materializaba en una cafetería provinciana de igual nombre, ambientada con columnas dóricas y estatuas de diosas mutiladas “esculpidas” en el mármol pentélico de la época, la escayola.  En este espacio predilecto, un grupo de amigos adolescentes manteníamos iluminadoras conversaciones sobre la importancia del canon de belleza aplicado por el arte griego, sobre si gozaba o no de vigencia tanto en el arte como en la sociedad, en el momento en que hablábamos, dicho concepto, porque en aquellos lejanos años empezábamos a descubrir las vanguardias artísticas y la consistencia de las formas que iban adquiriendo pausadamente las muchachas en flor que frecuentábamos. Hoy “Atenas ya no existe. En su  lugar/ hay otra ciudad que lleva el mismo nombre/ pero ya no es la misma”, escribe Juan Vicente Piqueras, aunque aquel viejo hechizo persiste en mi memoria. Hoy Atenas es un polvorín, un campo de batalla en el que sus maltratados habitantes luchan con fuerzas desiguales contra esos fantasmales e inmisericordes ejércitos encabezados por los ministros de economía de la Unión Europea.

Juan Vicente Piqueras (Requena, 1960) es un poeta que, tanto por edad como por estética, pertenece a la llamada poesía de la experiencia, sin embargo, no es fácil encontrar su nombre en alguno de los muchos recuentos poéticos de esa época que ha tenido a su alcance el lector interesado. Hemos de atribuir esa anomalía, más que a los avatares de la coyuntura poética, al hecho de que sus obligaciones laborales le hayan alejado de España en los últimos años. No es el único caso en el que la distancia geográfica de lo que podríamos denominar como consejos de arbitraje, la ausencia física que impide tener al día amistades y lecturas, ni aun dentro de nuestras fronteras, trae como consecuencia dicha exclusión, afortunadamente minimizada, en el caso que nos ocupa, por la presencia constante de sus obras en las librerías, gracias a las ediciones que conllevan los sucesivos galardones poéticos de los que ha sido merecedor Piqueras regularmente. Premios como el José Hierro, pero sobre todo el Antonio Machado o el Ciudad de Valencia, ambos editados por la acreditada editorial Hiperión, nos han permitido seguir atentamente la trayectoria de uno de los poetas más singulares y coherentes de la generación que se dio a conocer en los años 80 del pasado siglo.

Un nuevo premio, el de la Fundación Loewe de 2012, nos sirve de excusa para leer los poemas más recientes del autor, los poemas que dan cuerpo a una Atenas recreada con los ojos melancólicos y condenatorios de quien siente la ciudad actual como algo ajeno a su vida.  Tal vez la razón por la que Piqueras nos aclara, en la Nota de autor previa a los poemas, que Atenas no es el tema de este libro, tenga que ver con aquella prevención con la que Eliot definía la poesía: “Poesía no es una liberación de la emoción, sino una huida de la emoción; no es la expresión de la personalidad, sino una huida de la personalidad…La emoción del arte es impersonal”, lo que viene a significar que, para lograr convertir una experiencia personal en una experiencia universal, nos vemos obligados a trascenderla mediante el arte, en cualquiera de sus formas. Pero para llevar a buen puerto esta despersonalización es preciso haber enriquecido previamente esa experiencia con un bagaje de aprendizajes individuales y colectivos interiorizados, los cuales, una vez despojados de su ropaje anecdótico, de lo temporal, de lo contingente, se transforman en experiencia común, y esta operación es la que ha llevado a cabo Piqueras, con resultados excelentes, porque incluso los fragmentos de carácter más autobiográfico que percibimos tras la lectura de alguno de los poemas huyen de lo confesional, poseen una capacidad de sugerencia tal que nos permiten acceder a otro peldaño más alto, el de la escritura imbricada en la Historia. El proceso de desadaptación del lugar en el que se indaga  a lo largo del libro se ve consumado en  los poemas finales del libro. Poemas como los titulados «Metáforas», «Adiós Atenas» o «Gracias» ensayan una despedida, han sido escritos para reconocer una deuda vital impagable, para decir adiós de una forma lo menos traumática posible.

Escribir es un intento de crear una realidad diferente a la que vivimos, aunque eso no significa, claro está, que le demos la espalda a la experiencia del mundo que la vida nos brinda, que neguemos su peso a los acontecimientos que condicionan nuestra manera de vivir o reivindiquemos una vuelta al adanismo, porque, siguiendo a Auden, “El hombre es una criatura hacedora de historia, que no puede ni repetir su pasado ni dejarlo atrás; a cada momento está entregando algo, y por lo tanto, modificando aquello que le ha sucedido”. En no pocas ocasiones, para resaltar determinado concepto o su representación negamos su entidad, manipulamos acciones, hablamos con medias palabras. No es ilícito este proceder, sin embargo, quien lo pone en práctica debe ser consciente de que no siempre la omisión es clarificadora, en ocasiones ese contradictorio propósito logra unos fines no deseados, la claridad superficial que, a causa del deslumbramiento, impide observar las zonas profundas del ser humano. Y no se trata de regocijarse en la descripción detallada de los lances existenciales ni de ejercer como un nuevo Heródoto, tratando de salvar la memoria de la humanidad por medio de la escritura, pero tampoco de volver la espalda a la realidad, obviando sus interferencias. La areté que contagia la obra de Piqueras le sitúa, nos sitúa, muy lejos de ambos maleficios, porque ha sabido incorporar la experiencia social y cultural acumulada durante los años de residencia en Grecia, madre espiritual de Occidente, con sus propios desgarros vitales. La mezcla de intimidad e historia, aquí aderezada con las especias que proporciona la mitología, no ha sido excesivamente fecunda en la poesía de los últimos años a pesar de que, como escribe Octavio Paz, “el poeta no escapa a la historia, incluso cuando la niega o la ignora. Sus experiencias más secretas o personales se transforman en palabras sociales, históricas. Al mismo tiempo, y con esas mismas palabras, el poeta dice otra cosa: revela al hombre”.lo que nos facilita una razón más para leer con detenimiento Atenas, un poemario sin fracturas ni secciones que se lee como si uno fuera arrastrado por la corriente de un río, desde las altas cumbres donde nace hasta la remansada planicie de la desembocadura.

«Víspera», el primer poema del libro, nos adelanta ya una despedida sin nostalgia: “Si has decidido irte,/ no mires hacia atrás,/ no mires más lo que ya has visto tanto/ y tal vez nunca has visto” que, como comprobaremos una vez avancemos en la lectura, estará condenada al fracaso. Más que la constatación de un hecho irreversible, nos encontramos, en estos versos que nos inducen a no mirar atrás, con una implícita declaración de intenciones. Parece como si deseara romper con el pasado, o más bien, conservar indemne ese pasado que en el momento presente no es otra cosa que un desdibujado retrato de lo que fue, un pasado que viene “(en cajas, todo en cajas, siempre cajas,/ la vida entera en cajas)”. Pero el autor ¿nos está hablando de su yo más íntimo o de las circunstancias históricas que alimentan ese yo desposeído? Creo que ambas posibilidades son compatibles, porque la mutilación, la tergiversación del pasado no es algo abstracto que sólo dependa de la mirada individual, también los acontecimientos históricos, la  representación del mito están sujetos a una interpretación ocasional, como sucede en el poema “Delfos”, lugar mágico que el poeta simbólicamente visita para escuchar la voz de los augures y conocer los peligros que amenazan el inminente viaje. “A los pies del Parnaso,/ del ombligo del mundo, hoy acudimos.”, aunque el verdadero peligro no reside en la travesía emprendida, sino que “el peligro peor está en nosotros”, en nuestra manera de asimilar el cambio, la mudanza. No somos, parece decirnos el poeta, héroes míticos, como el nombrado Cadmo, sino héroes cotidianos que hacen frente a los obstáculos que entorpecen el curso de la existencia, que luchan contra la disolución de la identidad en un maremagnun de semejanzas. “soy alguien/ que no saldrá jamás en los libros de Historia”, reconoce Piqueras, no sin ciertas dosis de humor malicioso, en otro de los poemas que integran el libro, el titulado «Batalla».  Me atrevo a clasificar los distintos poemas en dos bloques, por supuesto no estancos, aquellos en los que parece imperar un ritmo trepidante, como de huida desesperada, que te lleva en volandas de verso en verso hacia una especie de negación de lo rutinario, a una refutación de lo conocido. Hablo de poemas como los titulados «Viento de noviembre», «La lluvia y la avidez», «Testimonio del gaviero» —en el cual Piqueras reinventa la figura de Ulises, al que desmitifica y repudia a favor de los marineros que lo acompañaban en la travesía— o «Café Dióscuri», cuyos versos iniciales nos recuerdan al Gimferrer del Arde el mar. En un segundo bloque encuadraríamos a poemas como «Calles de Atenas», « Museo de la Acrópolis», «Tebas» o «Caronte», en los cuales la impaciencia se transforma en serenidad, prevalece entonces el tono meditativo, con un decir más pausado. Piqueras está inmerso en un proyecto futuro, con razonables expectativas de dejar atrás una ciudad y unas incongruencias de orden social imposibles de digerir, pero el drenaje de la conciencia le obliga a reflexionar sobre lo vivido y a sacar conclusiones, para recorrer el camino que conduce desde la nostalgia a la esperanza, ignorando los prejuicios que el pasado inmediato ha enraizado en su memoria. Un consistente hilo de carácter simbólico conecta a alguno de los mejores poemas del libro, como son «Laberinto», «Asterión agoniza», «Súplica» o «Perdices» entre sí. El Minotauro, Teseo, Cabo Sunion ejemplifican alguna de las características más inexorables del destino, su carácter trágico y ahistórico, porque los mitos fundacionales de la cultura helena son utilizados no como desahogo milenarista o como ejercicio moralizante, sino como correlato de la trama que tutela la escritura de los poemas, una trama urdida con las desavenencias del yo que fue con las de yo que está por venir. La poesía de Piqueras  resuelve magistralmente la complicada relación entre lo que se quiere decir y la estructura formal que da cuerpo a la tentativa con unos medios expresivos limitados deliberadamente, con abundantes reiteraciones semánticas que contribuyen sutilmente a que los poemas arraiguen en la mente del lector y  a que éste sea su eco.

 

 

 

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