HENRI COLE

PONTÍFICE

Mentiroso, pensé, arrodillándome con los demás,

¿cómo puede Él amarme y odiar lo que soy?

La cúpula de San Pedro resplandecía dorada

como yema de huevo. Dios mío, recé

de todos modos, como si estuviera hecho a su imagen

y semejanza. Cerca, un guapo

sacerdote me miró con dureza; miré hacia atrás,

rehusando ir hacia allí solo.

El colegio cardenalicio vestía de púrpura.

El pontífice me saludó desde su trono blanco.

Está en un lugar inapropiado, no tanto

para mí, que estoy encaramado, como una bestia sobre un pesebre.

En algún lugar un terrorista liaba un cigarrillo.

La razón, no la fe, lo convertiría.

 

Versión de Carlos Alcorta

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