JOSÉ RAMÓN RIPOLL. SÍMBOLO Y TIEMPO

PIEDRA ROTA. NUEVOS TEXTOS SAGRADOS. TUSQUETS EDITORES. BARCELONA, 2013

La piedra, un objeto inanimado y sin historia, no carece sin embargo de simbolismo poético, como  demuestran innumerables poemas o libros a este material primigenio dedicados. Si pretensión de hacer balance alguno, nos viene a la memoria el conocido poema de León Felipe, titulado «Como tú…» en el que se canta una piedra humilde,  una piedra “que en días de tormenta” se embarra con el cieno de la tierra, una piedra que sirve de base al firme de la carretera, un guijarro, no una piedra de sillería o tallada con el cincel y portadora de símbolos ecuménicos o de secretas hermandades, una “piedra aventurera” que guarda, a mi modo de ver, muchas similitudes con la que José Ramón Ripoll glosa en el poema titulado «Preludio» el cual, a modo de pórtico, precede las tres partes que componen Piedra rota, el libro que da pie a estas palabras,; o el soneto de Félix Grande titulado «Las piedras», del que copio la primera estrofa: Hermana, eras lo mismo que un árbol muy pequeño,/ un árbol al que el viento depositó en la arena;/ llegó una ola de agua, llegó una ola de pena/ y me quedé mirando tu mirada y tu sueño;”.

“El  símbolo de la piedra —escribe Gregorio Vásquez —, representa no sólo una homogénea realidad, realidad que apenas conocemos, sino que son distintas las etapas del desarrollo del hombre, en donde la piedra se encuentra identificada de distintas maneras, mostrando con ello, quizás el carácter múltiple que poseía para cada una de las culturas antiguas, esto también se manifestaba bajo principios únicos que lo relacionaban con el mundo”.

Octavio  Paz, poeta cuya sombra tutelar uno percibe en el armadura de este libro —unos versos suyos encabezan «Abandonado», la tercera sección de libro—, ha tenido presente el carácter simbólico de la piedra, ensalzando unas veces la imagen de perdurabilidad y de consistencia frente al devenir temporal del ser humano, como si fuera algo divino a lo que aferrarse (“el tiempo, sol de piedra” es cribe en Piedras sueltas y Piedra de sol se titula una de sus obras más reconocidas), y otras censurando esa inmutabilidad, esa aparente insensibilidad, al relacionarla con sustancias incomparablemente más frágiles, como la flor, el granizo o el mismo ser humano, como, por ejemplo, en La piedra y la flor, libro, sin embargo, inscrito en esa poética del compromiso que Paz ejercitó en la década de los años treinta del pasado siglo, en sus primeros libros.

Pero qué significa, si ensalzamos lo imperecedero,  la piedra rota que da título a este libro. No es difícil conjeturar que esa piedra rota simboliza todo lo contrario, es decir, la fugacidad, lo contingente. Una piedra rota se divide en fragmentos, lo que significa que se vuelve más vulnerable, algo semejante a lo que le ocurre al ser humano, el cual, una vez pasada su etapa culminante, comienza un proceso de degradación en el que el paulatino declive agravado por la enfermedad se convierte en inevitable: “Todo es desolación entre la bruma/ que difumina al peregrino en el paisaje/ del ser y del no ser,/ pero ya se oyó su origen en tu centro/ y ha mentado tu nombre, piedra rota” escribe José Ramón Ripoll. Y, sin embargo, la piedra que sirve de referente al poeta más que rota, parece estar erosionada, lamida por el incesante batir de la olas o por el curso de las aguas, como deja traslucir en los versos del poema «(Incisón)»: “Piedra que has traspasado la memoria/ de los océanos y ríos,/ has llegado hasta aquí para anunciarme,/ no tu largo viaje,/ sino mi rostro/ grabado entre tu forma y argumento” o en «(Fui piedra)» , cuyos versos finales transcribo: “nos recuerdas que también fuimos piedras/ abandonadas en la orilla,/ pretendiendo escribir la melodía/ que difumina el horizonte”.

En el  prólogo a El humo de los barcos, uno de los libros emblemáticos de Ripoll, Caballero Bonald escribe que “lo que no se organiza a partir de la incertidumbre,  se convierte en oratoria”, y no podemos más que estar de acuerdo con estas palabras, porque sólo desde la perplejidad que suscita la contemplación de las cosas la palabra, el lenguaje se aleja de lo consabido y se interna en lo anómalo, en un proceso de discernimiento, de perforación, de indagación en el lado oscuro de la realidad. Aquel que se muestra incapaz de descubrir nada detrás de la apariencias no necesita desnaturalizar al lenguaje de sus hábitos utilitarios, le basta con aceptar el significado preconcebido con el que una palabra determinada nombra aquello que ya sabe. José Ramón Ripoll huye de estos estereotipos y, por esta razón, sus poemas carecen de retórica y tienden a la desnudez de lo esencial. La mirada del hombre que pasea por la orilla de la playa elige, de entre muchas, una piedra: “Apareces de pronto en el camino/ de esta ilusoria costa,/ para mostrarme la figura enterrada/ en las arenas blanquecinas/ que ningún día vivió para encontrarte” («(Aquel sueño)». Esta piedra funciona para Ripoll a modo de espejo en el que observarse e interrogarse por ese devenir vital que le ha llevado a ser quien es. Para que nazca el poema es necesario que el poeta, mediante un proceso de abstracción metafísica, otorgue a un objeto corriente a un acontecimiento cotidiano una trascendencia que antes no poseía y este proceso es el que realiza Ripoll al otorgar a la piedra encontrada una suerte de identidad común pero sustitutoria: “Hacia ti me sucedo/ y en tu lugar expando la fortuna/ de caminar por esta playa”; una especie de interlocutor o, más bien, de confidente, puesto que se ha personificado su materia inerte dotándole de alas, de la posibilidad del canto, es una piedra que “late y respira” o “gime/ como un cuerpo desnudo”, una piedra  que es testigo de lo que el poeta no puede saber, sólo puede vislumbrar, por eso le pide, igual que un ciego a su guía: “Cuéntame lo que ves”. La piedra es el otro yo con el que el poeta entra en comunión, parece ser “madre, matriz, materia” (Valente), pero también algo inasible que únicamente el pensamiento abstracto es capaz de aprehender “porque la piedra es, en resumen, “latido y vibración/ de mi propio mirar”, escribe el poeta. La fuerza telúrica encarnada en la piedra parece trasmitirse al poeta que habla con ella gracias a una extraña simbiosis, se va filtrando en la sangre hasta llegar a conferir al cuerpo humano alguna de esas singularidades pétreas que registrábamos al comienzo de esta nota, aunque se trate de una piedra desnuda, cubierta ocasionalmente por algas o en la que se adhieren algunos moluscos, es una piedra tan viva como aquella que tiene su superficie profanada por signos o letras, tan relevante como la que soporta el peso de una consigna universal: “Et in Arcadia ego”. José Ramón Ripoll percibe en el silencio de la inmovilidad la oscura respiración de un semejante, por eso se dirige a la piedra y le dice “Te hablo sin código ni cifra,/ sin la lengua que encauza el afluente/ de la emoción o el pensamiento”. Cada piedra es una piedra angular, es un motivo para la escritura, una escritura cuyo conocimiento del yo y del instante sólo se produce por aproximaciones, por merodeos, por avances y retrocesos; es una escritura que se borra a medida que se escribe porque la página de la mente semeja una porción de arena húmeda que el vaivén de la marea anega y salvaguarda intermitentemente. Piedra rota representa un salto cualitativo en el proceso de intervención del poeta en las dobleces de la conciencia, allí donde surge el germen creativo, donde confluyen el lenguaje y el pensamiento anterior a él que origina el poema, acaso por esta razón, los poemas que componen el libro se articulan al margen de cualquier atisbo de personalismo. El poeta ignora el lugar al que el poema le conduce. Sólo en la escritura, en la “cortedad del decir” de la que hablaba Valente, puede vislumbrar aquello que su propia experiencia le niega y no hay otra forma mejor de acabar este comentario con los perturbadores versos del magnífico poema final: “Nada aparece:/ ninguna forma ni apariencia,/ ningún borrón de tinta,/ ninguna mancha,/nada,/ ninguna grieta en el dolor,/ ningún espasmo que recuerde tu vuelo,/ tu hendidura en la noche/ como la huella del desgarro,/ nada en la noche,/ ninguna mano escribe/ mi extravío”.

Carlos Alcorta

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