JUAN MANUEL PUENTE, PINTOR DE HORIZONTES.

No me encuentro en disposición de corroborar si el axioma rilkeano, “la verdadera patria del hombre es la infancia”, convertido ya en un lugar común, es verdadero. Creo que una afirmación semejante necesita de algunas matizaciones capaces de subsanar sus limitaciones ontológicas. En el transcurso de la vida humana, en cada una de sus porosas etapas suceden hechos —tanto de carácter histórico como personal— que adquieren una relevancia posterior difícil de ignorar, lo que me lleva a pensar que esa “patria del hombre” no la conforma sólo la infancia y sus fluctuantes demarcaciones —niño y adulto simultáneamente no se conciben como etapas estancas, sino realmente descubriéndose en presencia de ese otro que aún no hemos dejado de ser—puesto que determina la vida de cada uno con una intensidad variable, sino también aquellas vicisitudes de orden íntimo que se producen en determinados momentos de la vida, a cualquier edad, aunque tengamos por cierto que uno es menos maleable a medida que madura, porque quien no cambia y se adecua a las circunstancias que le ha tocado vivir está condenado a que éstas le engullan, le acallen, le extraterritorialicen.

Es muy probable que, sin embargo, como insinúa el poeta, sean los años en los que transcurre la infancia los que determinen de una forma más rotunda nuestro carácter, pero aun concediendo veracidad a esta propuesta, la infancia no es una masa marmórea, casi impenetrable, muy al contrario, la diestra mano del tiempo irá modelando ese carácter del que originariamente han dibujado un esbozo las aptitudes artísticas, las inclinaciones religiosas, la propensión a la soledad incentivada por esa creencia común de ser diferente a los demás de la que uno es consciente cuando los intereses propios en nada comulgan con los del resto de los compañeros de colegio o los amigos de la pandilla. De la influencia que ejerzan estas diferencias, de su asimilación surge, por una parte, el individuo narcisista y egocéntrico para quien todo debe girar a su alrededor y, por otra, el individuo excluido que gracias a la fantasía y al afecto de los suyos va creando su naciente identidad. Soy de los que creen que el entorno en el que nace y progresa un artista no marca a fuego su destino, pero es indudable que el medio socio económico en el que crece y, por tanto, las posibilidades de acceso a la cultura y los estímulos externos que acentúan esa temprana dedicación son indispensables para que ésta se consolide y pueda entonces emprender su propio camino, liberado ya de esas rémoras iniciales.

No pretenden estas palabras articular un discurso apologético sobre la figura de Juan Manuel Puente porque, entre otras cosas, muchos de ustedes lo conocen mucho mejor que yo, desde que era un niño. Sólo intentan dejar testimonio de la singularidad que supone el que en un ambiente, sino hostil, sí indiferente, se forje un temperamento artístico y tome forma esa “ingente curiosidad de misterio” de la que habla Gerardo Diego. Es preciso preguntarse por las causas que contribuyen a que esa vocación se afiance, teniendo en cuanta la carencia casi total de ejemplos críticos que aleccionen al inexperto pintor. Es necesario reconocer el vigor de esos primerizos deslumbramientos y la fuerza de voluntad posterior para ser capaz de vencer vacilaciones, incertidumbres, tentaciones de abandono, privaciones y fracasos.

Llega un momento en el que uno se plantea lo que quiere ser en la vida, y no me refiero ahora a elegir una profesión, sino a algo mucho más profundo, al tipo de persona que se intentará ser, porque una cosa es ejercer y otra mucho más trascendente es ser, y creo que Juan Manuel Puente desde muy pronto fue consciente de esa expectativa. Tal vez desde sus primeros bosquejos con el pincel, cuando salía con el caballete, el lienzo y los óleos a pintar por los campos de Mazcuerras, a capturar la esencia del lugar, siguiendo el ejemplo de tempranos maestros, los paisajistas montañeses como Agustín Riancho, Casimiro Sáinz o Manuel Salces.

En una sociedad como la de aquella época, en la cual las posibilidades de adquirir una educación estaban estratificadas en función de la clase social a la que pertenecías, cultivar el talento artístico significaba una opción arriesgada, suponía —algo que, por otra parte, ocurre también hoy en día— disentir con las patrones dominantes, por eso es aún más elogiable la determinación de Juan Manuel Puente, la fidelidad a sí mismo, a sus sentimientos y a la atracción subjetiva del arte, en contra de creencias y valores colectivos, de perniciosas rutinas cotidianas. No quiero trasladarles la opinión de que sólo gracias al instinto creativo se puedan solventar todas las dificultades, ni menospreciar la labor del maestro y la influencia de la escuela, lugar en el que el niño que era entonces recibió los conocimientos que contenía la Enciclopedia Álvarez, vademécum de todas las materias de estudio, compendio del saber, panegírico del adoctrinamiento ideológico que, sin embargo, facilitaba las fundamentos para que un espíritu inquieto como el de Juan Manuel profundizara en el conocimiento de alguna de las biografías ejemplares que dicha enciclopedia resumía. Por aquellos años, en 1955, fallecía Concha Espina, escritora tan ligada a esta tierra, y me atrevo a pensar que dicho acontecimiento luctuoso serviría para ensalzar merecidamente su figura, algo que al niño Juan Manuel no le pasaría desapercibido. “¿En qué modo, hasta qué punto es un maestro, un pedagogo responsable de los actos de sus discípulos?” se pregunta George Steiner. Creo que no existe una única respuesta, más bien al contrario, cada discípulo lleva en su interior un argumento que refuta o corrobora cualquier opinión al respecto. Hay influencias benefactoras, y conviene mencionar aquí el gesto de Albert Camus, premio Nobel en 1957, quien dedicó el premio a su maestro, Louis German, y existen otras influencias, son demasiados los ejemplos para enumerarlos y todos guardamos recuerdo de alguno de ellos, castradoras, de las que sólo con una asentada convicción en el trabajo puede uno librarse. La mayoría de los aspirantes a ser artistas no poseen unos dones especiales, por eso, tras continuos intentos infructuosos, una parte nada desdeñable se queda en el camino, renuncia a la pretensión de labrarse un porvenir dentro del arte, aunque actualmente, por culpa de esa nefasta opinión que considera que en arte “todo vale”, la falta de talento no resulta un impedimento insalvable para tener éxito en alguna de las facetas en las que el arte está parcelada, ítem más, el descaro, la arrogancia, la ignorancia y la ineptitud bien gestionadas por los mercaderes del arte son presentadas a la sociedad de consumo como destrezas excepcionales. Estas operaciones mercantiles pretenden hacernos creer que cualquier cosa creada por esa especie de “buen salvaje” que crea según unos códigos primitivos ajenos a la experiencia estética fraguada a lo largo de los siglos representa el ejercicio más sublime de la contemporaneidad. Esta presunción ilusoria prevalece hoy sobre aquellas obras que nacen de la exigencia personal, de un espíritu en ebullición, en permanente lucha con sus propios demonios que se enfrenta a la obra en construcción cargado de incertidumbres, que desoye el aplauso del público, que cuestiona en cada pincelada la esencia de su propia forma de ver el mundo, como le ocurre a Juan Manuel Puente, un pintor creado a sí mismo con una honestidad y una constancia desacostumbradas, lo que le permite aportar una mirada inédita sobre el paisaje, sobre la naturaleza, sobre su conciencia. Sólo un reducido número de artistas poseen un nivel de entrega, de rigor y de autoexigencia como el que demuestra en cada lienzo Juan Manuel, empeñado en pintar “moralmente”, porque la realidad, aunque sea desagradable, resulta siempre estimulante cuando uno no se deja deslumbrar por las apariencias. La verdadera realidad exige al pintor verdadero, y Juan Manuel Puente ha demostrado ampliamente que lo es, penetrar en los detalles y no dejarse engañar por lo que parece ser pero no es. La realidad se ensancha con la mirada, pero la frivolidad de gran parte del arte moderno se conforma con la repetición de clichés que han perdido todo sentido trascendente, este arte se ha convertido en esclavo de los ojos de un espectador consuetudinario.

Ese niño, ese adolescente que se levantaba temprano, estuviera el día frío y nublado o ya con una claridad incipiente, acompañado por un sol benéfico o inmisericorde que broncea la piel, agrieta la madera muerta de los muebles y desluce las cortinas, para percibir la extraña libertad que proporciona sentirse parte de la naturaleza; ese muchacho absorto en sus meditaciones, alteradas sólo por el canto de los pájaros, por el mugido de una vaca, por el traqueteo de una yunta perseguida a lo lejos por los ladridos de los perros encadenados, es capaz de percibir los distintos colores del cielo o de las frías aguas del arroyo, de un tren de nubes o de las hojas tendidas en las ramas de un árbol, ahora resplandecientes de luz, después más verdes y sombrías, porque la luz excesivamente intensa, la luz que deslumbra se acaba convirtiendo en esa solitaria oscuridad interior de la que procede la creación artística. Esa luz, ahora fraguada en la oscuridad es la que mueve los pinceles en la obra de Juan Manuel Puente, porque Juan Manuel pertenece a esa clase de hombre que ha elaborado meticulosamente un plan y lo lleva a cabo sistemáticamente. Un plan que no se reduce solamente a su labor creativa, sino que se extiende a dar voz a otros artistas, algo que viene haciendo durante más de 25 años como director de la Galería de Arte Robayera en el cercano municipio de Miengo. Tanto su pintura como su actividad cultural son un orgulloso tributo a ese plan, a su propia realidad. Fiel a los dictados de su verdad interior, a su origen, a su experiencia, Juan Manuel jamás se ha dejado tentar por los cantos de sirena de un arte decorativo. De dónde proviene ese arraigado convencimiento en la naturaleza sagrada del arte no lo han logrado desentrañar sesudas teorías y  es algo que yo, modestamente, sólo puedo intuir. Él tiene la llave de ese cofre y quien quiera abrirlo sólo debe admirar atentamente la ejecución de cada una de esas obras lentamente trabajadas, ahora sí, en la intimidad de su estudio. Elegir el camino de la autenticidad no está exento de riesgos ni, como pudieran pensar los más ingenuos, garantiza la satisfacción personal con lo logrado. Al verdadero artista, a un artista como Puente, le asaltan, a cada paso que da, esas dudas imprescindibles para evolucionar en busca de la imposible obra perfecta, esa obra que justifique todos los sacrificios a los que se ve sometido el artista, esa obra que no existe.

Hablar de un amigo antiguo no es nada fácil. Hablar desde el cariño, el afecto y la admiración fraguados a lo largo ya de tantos años provoca una invasión de recuerdos y emociones que uno debe mantener a raya, por eso, y para acabar, sólo quiero darle las gracias a Juan Manuel Puente por haberme permitido disfrutar de su amistad, de su honestidad, de su cordialidad, de su profundo sentido común, no exento de ironía, por haberme permitido compartir su pasión por el arte y por la vida, tan indisolublemente unidos que son una misma cosa. Mi más sincera enhorabuena.

Carlos Alcorta

 

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