UN LUGAR EN EL MUNDO.

ALEX CHICO. UN LUGAR PARA NADIE. COL. LUNA DE PONIENTE. EDITORIAL DE LA LUNA LIBROS, 2013.

¿Puede existir un lugar tan inhabitable como para que nadie quiera vivir en él? Sin duda, existen cientos de lugares que, por razones diversas, se mantienen vacíos o desiertos, o son sólo lugares de paso en los que la permanencia se torna imposible, en los que uno puede perderse y vagar infinitamente, como si careciera de destino o el destino, más allá de una localización determinada, fuera restituir al cuerpo esa porción de realidad que la soledad nos hurta.  Son lugares para nadie, pero ¿cuál es el lugar para nadie que describen los poemas de Alex Chico en su último libro? Aventuro que, más que un lugar geográfico, se trata, en este caso, de un lugar interior sin fronteras visibles, un lugar inhabitable por incorpóreo, que la memoria del poeta va construyendo con el recuerdo de otros lugares físicos y mentales.

Un lugar para nadie (La luna de poniente, 2013) el último libro de Alex Chico— autor que ha publicado anteriormente los libros La tristeza del eco (Editora Regional de Extremadura, 2008) y Dimensión de la frontera (Isla de Siltolá,2011), además de las «plaquettes» Nuevo alzado de la ruina, Escritura y Las esquinas del mar— está dividido en cuatro partes. Los poemas que componen la primera de ellas, «Sur la Sorgue», están plagados de lugares reconocibles para quien visite esa región de la Provenza francesa. Un molino, la terraza de un café, las gradas de un anfiteatro, una iglesia, un río. En todas ellas hay un hombre que mira, que observa lo que ocurre a su alrededor. Da la sensación de que la mirada hacia el exterior construye su mundo interior, al que no es extraño la mirada de los otros. ¿Somos como creemos que somos o como los demás nos ven? “Soy, en su mirada, sólo un punto humano/ en un decorado antiguo”, escribe en el poema titulado “Sucede”. Esta mirada reveladora no está exenta, a veces, de incurrir en cierta distracción, porque algo que miramos sólo parcialmente es capaz de evocarnos un paisaje mental equivocado. Acaso eso ocurre cuando observamos, no del natural, sino cuando el paisaje se nos muestra a través de una fotografía, porque ésta ha inmovilizado sólo un fragmento de realidad que pierde su ubicación si no la relacionamos con su entorno. En cualquier caso, más que suponer una merma, lo que provoca en la escritura del poeta esa fragmentación resulta beneficioso, porque la perspectiva impuesta le permite recrear en su imaginación formas o lugares insospechados, lo que no hace más que enriquecer el botín de la mirada.

La segunda parte, titulada «Ischia», nos traslada a otro escenario, una isla del sur de Italia, pero la postura del poeta no ha cambiado sustancialmente. Acaso ahora tome mayor conciencia de que el hecho de mirar con detenimiento el entorno implica asumir la responsabilidad de mirarse por dentro de forma distinta. Sólo aquello que pasa desapercibido para nuestros sentidos, que, en realidad, no vemos, no deja huella en la piel de la memoria. “Descubro que soy sólo el que observa,/ el que se observa”, escribe Alex Chico. El poeta utiliza el paisaje como el escenario propio para el reencuentro personal, para el autoexamen, para el autoconocimiento. “No he venido hasta aquí para ver el paisaje./ Sólo he subido para constatar una existencia./ Para saberme aquel que fui./ Para prolongar lo que quise ser”. Estos versos no hacen sino constatar ese proceso de análisis interior, pero lo que el lector no puede percibir es por qué ese deslumbramiento interior se lleva a cabo en ese determinado lugar, en un promontorio, en una playa, junto a las barcas de los pescadores. El poeta no exhibe su intimidad inútilmente, sólo nos ofrece algunas pistas para que accedamos a ella. La llave de sus recuerdos está sólo en su poder, lo que obliga al lector a adentrarse en su propia memoria para hacer suyo el poema, incluso cuando determinados momentos de su biografía puedan coincidir con los que el poeta ficcionaliza.

En la tercera parte, «La Verneda», el poeta ha concluido el viaje por lugares extraños y regresa a su lugar de origen. “Vuelvo al lugar de esta casa” es un verso del primer poema, “Calle Mallorca, 14”, aunque pronto se dará cuenta de que ese lugar que habitó ya no le pertenece. “Otros han ocupado mi casa”, lo que no significa que las cosas hayan cambiado demasiado. Sólo lo aparente se transforma constantemente. Cambia la decoración exterior, pero el destino es el mismo. Lo verdadero, lo esencial es inmutable, y eso es lo que imprime carácter definido a nuestras oscilaciones emocionales. Se recrea aquí, de nuevo, como se hacía en el primer poema del libro,  una idea no lineal del tiempo, sino circular. Los acontecimientos suceden una y otra vez, aunque los protagonistas vayan cambiando, por eso, aunque la casa ya no sea la que el poeta habitó, sigue siendo la misma y las costumbres de sus moradores, similares a las que adquirió en su época escolar.

Llegamos así, después de este itinerario pactado por lugares geográficos que han actuado como símbolos de una indagación memorística y cognoscitiva, al verdadero lugar, el lugar donde se produce la escritura. “W o el lugar de la escritura” se titula la cuarta parte del libro. La escritura es esa herramienta capaz de “hacer de la mentira/ una forma de verdad”, la escritura es un lugar en el que la memoria se reconstruye con materiales propios y ajenos, la escritura es una habitación vacía, como la página en blanco, que el poeta va amueblando con sus dudas y sus fracasos, pero también con los efímeros instantes en los que la felicidad embellece su vida, aunque “A veces, la verdad de una vida/ no reside en uno mismo”, la escritura, el libro, es el lugar del misterio, porque dentro de él, aunque interrumpamos la lectura o lo cerremos, sigue bullendo la vida.

El libro finaliza con un “Epílogo”, una fe de vida en la que Alex Chico hace un recuento de lugares sin nombre que, sin embargo, han marcado su devenir emocional, tanto quizá como las situaciones vividas en ellos. La poesía de Alex Chico describe con detalle los lugares, pero detrás de esa descripción se esconde una reflexión de carácter moral que explora las revelaciones emocionales que suscita toda experiencia. Coexisten dos niveles de interpretación en la lectura de Un lugar para nadie, uno, el más superficial, en el que disfrutamos de ese inventario casi diarístico de sugerentes paisajes que el autor a visitado y otro, más oculto, en el que el poeta se interroga y medita sobre lo que ve, a la vez que indaga en su propia transformación personal gracias al acto poético. El conjunto de ambas categorías perceptivas nos da como resultado la escritura de unos poemas trabajados con manos de orfebre, ajenos a cierto convencionalismo estético que cada vez resulta más fatigoso. Por eso la voz de Alex Chico nos resulta tan atrayente, porque ofrece una mirada distinta sobre las cosas y una forma prosódica capaz de emocionarnos. Ese lugar para nadie resulta ser, al final de la lectura, un lugar para todos.

CARLOS ALCORTA

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