HENRI COLE

ALCAUDÓN

Cómo silbas con colores brillantes, empujando las largas, suaves,
plumas sobre tu flanco a través de la rama,
igual que el delantal de un carnicero, cuando empalas a un grillo
en un penetrante gancho de carne en el interior del rododendro.

El pobre grillo apenas puede soportar los silbidos,
por no hablar del picoteo sangriento
(¿no podría ser un poco más fácil?), pero lo mantiene
bastante bien en un estado de dolor onírico.
Una vez, hace mucho tiempo, cuando estaban discutiendo sobre el dinero,
Padre puso la cabeza de Madre en el horno.
“¿Quién eres tú?” suplicó desde la boca del infierno.
Arriba, en el cuarto de baño, bebí agua directamente del grifo,
mis labios en la canilla. Todo estaba temblando y golpeándose.
La Tierra tomaba cuerpo dentro de mi existencia.

 

Versión de Carlos Alcorta