EL PRIMER MODERNISTA

Que un autor como Thomas MacGreevy —del que uno ha de confesar que hasta este momento ignoraba todo— avalado por firmas de la relevancia de Samuel Beckett o Wallace Stevens, digno heredero estético de Pound o Eliot haya permanecido en el limbo editorial durante tantos años alimenta algunas suspicacias especulativas. Uno no puede dejar de pensar qué clase de incuria intelectual ha permitido este desatino, ahora subsanado magistralmente gracias a la publicación de la Poesía Completa del autor que ofrece a los lectores Bartebly Editores, en la admirable edición de Luis Ingelmo, responsable de la traducción y de las nutridas notas que la acompañan. Esta edición respeta fielmente la que en 1971 realizó la editorial New Writers’ Press, que incluía Poems, el único libro publicado por MacGreevy, allá por el lejano 1934, y cinco poemas recuperados que vieron la luz en publicaciones minoritarias. A modo de presentación Michael Smith, responsable de la editorial irlandesa que publicó Collectec Poems of Thomas Mac Greevy, traza un magnífico perfil de las circunstancias literarias, sociales y políticas en las que apareció dicho libro. No trataré de justificar la ignorancia que confesaba más arriba, pero después de leer a Smith y comprobar que incluso en su propio país MacGreevy no ha sido reconocido hasta fechas recientes, ésta se ve mitigada y, gracias a la edición de Bartebly, plenamente corregida. La inclusión de un esclarecedor epílogo firmado por Anthony Cronin, poeta irlandés, editor, crítico literario y autor de las biografías de Samuel Beckett y Flann O’Brien resulta esencial para situar históricamente la poesía de MacGreevy, porque se trata —según Cronin— “del primer poeta irlandés al que se le calificó el adjetivo de modernista”,

MacGreevy fue un poeta culto que se interesó por otras tradiciones poéticas como la española (fue traductor de Machado, Juan Ramón o Lorca) o la francesa, que llegó a conocer detalladamente gracias a su estancia parisina. El contacto con poetas no muy difundidos en su ámbito lingüístico y una lectura inteligente y crítica de autores como Ezra Pound, bajo cuyo magisterio ha florecido la poesía anglosajona del pasado siglo, dotaron a su obra de ciertos registros estéticos, como el uso del verso libre, difíciles de comprender para los lectores de la época, lo que, sin duda, ha contribuido a su aislamiento, porque, citando de nuevo a Cronin, “aunque el silencio de un poeta no puede explicarse en exclusiva a partir del contexto que le rodea, los motivos externos a su obra suelen desempeñar un papel más importante  de lo que en general se está dispuesto a admitir”. MacGreevy regresó a Irlanda, pero no actuó como esos correligionarios que, tras vivir en el extranjero, regresan a su país y se convierten en genuinos representantes de un nacionalismo siempre insatisfecho. Si hubiera actuado así, un libro como Poems, publicado en 1934, no hubiera podido escribirse. La tradición donde se instala su poética no está circunscrita a un territorio restringido, más bien al contrario, heredó de los flujos y reflujos de la historia europea una heterogeneidad estética imprescindible para encontrar una voz propia original. Y esto cuanto debe importarnos a la hora de comenzar la lectura. Lo único que podemos lamentar de la poesía de Thomas MacGreevy es su escasez. Después de disfrutar leyendo la Poesía Completa, uno se queda con ganas de leer nuevos poemas, algo por lo demás irrealizable, aunque siempre nos queda el confortable resarcimiento privado de la relectura.

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