FELIPE BENÍTEZ REYES

Las identidades. Col. Palabra de honor. Visor poesía. Madrid, 2012.

 

“El poeta es un ser sin identidad, lo es todo y no es nada” escribe John Keats en una carta fechad en 1818 y dirigida a Richard Woodhouse. Acaso por tener conciencia de esta paradoja, Felipe Benítez Reyes ha rotulado su último libro con el título Las identidades. No una, sino muchas identidades son la que componen la identidad del ser humano. Eso es de todos sabido. No es necesario ampararse en la filosofía, pasando por Parménides hasta llegar a Heidegger, para constatarlo, sin embargo,  la poesía se nos  brinda, tenemos siempre presente el caso de Pessoa, como una dúctil herramienta para desvelar algunos de los rasgos que conforman esa identidad múltiple y variable.

No soy partidario de establecer jerarquías entre los libros publicados por un determinado autor a lo largo de su trayectoria literaria. Cada obra es fruto de un tiempo, de una época y sólo desde esa perspectiva temporal debe leerse. Son legión, sin embargo, los que,  atendiendo a razones personales o movidos por un afán subordinado a la simplificación calificativa, se precipitan al abismo de las comparaciones, situando en uno u otro peldaño, en una especie de escalafón virtual, las distintas obras de un autor, como si fueran el mismo poeta que poco después de abandonar la adolescencia, escribió su primer libro, y el que escribe ahora, en plena madurez, en la cincuentena. Nadie es  quien fue en el pasado— aunque el pasado determine sus actos—  y, por tanto, el autor de hoy es diferente del autor que escribió los anteriores libros, aunque posea el mismo nombre. Los poemas son fruto de un estado mental definido y dan forma a  la identidad que se refleja en ellos. El yo es múltiple y coral y el poeta que vive en los poemas sólo existe en ellos, como persona poemática, como personaje que escribe el poema a la vez que éste le escribe y le adjudica una identidad momentánea (recordemos de nuevo a Keats: “Tal vez ni siquiera ahora estoy hablando por mí mismo [se refiere a la carta que está escribiendo], sino desde alguna individualidad en cuya alma vivo en este instante”), mientras, paralelamente, el poema es leído por un lector que asume además la identidad del personaje poetizado haciéndolo suyo, convirtiéndolo en parte de su ser. Viene esto a cuento del comentario titulado “Página final” que el autor coloca como epílogo  en el que se considera su primer libro, Paraíso manuscrito (Renacimiento, 1982) —libro que he vuelto a leer en estos días—, comentario que considero revelador para vislumbrar la profundidad de la indagación poética, porque el poeta estaba, desde bien joven, preparado para lamentar pérdidas esenciales y era consciente de que, sin estar al borde de la decrepitud, como parecen describir algunos poemas, abandonar la adolescencia, hacerse mayor, de entre las muchas posibilidades que el mundo le ofrecía, era una experiencia única que merecía ser poetizada. En estas palabras Felipe Benítez Reyes afirma que “la juventud intensifica lo mudable: a corta distancia de su redacción apenas me identifico en ellos”, es decir, el poeta pone  tempranamente en cuestión, sino su identidad, sí al menos la identidad que reflejan los poemas. Recordemos que ese magnífico libro nos descubrió de golpe a un jovencísimo poeta que, sin embargo, mostraba ya una voz personal —como es lógico, se transparentan en esos versos los ecos de otros poetas, pero Benítez Reyes ha gozado de lo que, en afortunada descripción, Mesa Toré ha llamado  “clarividencia para elegir sus maestros”— con unas características en agraz, pero definidas, que ha ido puliendo a lo largo de los años y que ahora vemos consolidadas en su nuevo libro. El tono melancólico, escéptico —como si pese a su juventud, el poeta fuera ya un hombre instalado en una perpetua melancolía, cansado de vivir, conocedor de todos los cuentos, todas las arterías con las que la vida trata de seducirnos— que predominaba en los poemas de su primer libro, lo encontramos también, y ahora con una verdad justificada por el paso del tiempo, en Las identidades, pero, aunque encontremos muchas similitudes temáticas y simbólicas, ahora todo es diferente. No se trata sólo de significar el distanciamiento irónico con el que se enfrenta a las consecuencias que lleva aparejadas un dejarse llevar por la emoción, palpable en muchos poemas, sino de resaltar cómo el proceso de autoconocimiento y la experiencia acumulada han llevado al autor a descreer de todo, hasta de ese yo escrito que oculta el verdadero ser.

El arraigado gusto de Felipe Benítez Reyes por la paradoja, por internarse en las resbaladizas consideraciones sobre la identidad,  se constata desde el primer poema, “Inacción de gracias”, que concluye con estos versos: “Cuídate tú de ti para ser nadie/ / Custodia tu ser nadie de ti mismo”, pero, con todo, estos versos no son más que un aperitivo de la inseguridad identificatoria que nos aguarda más adelante. Basta con leer poemas como “Aprendizaje del espejo” — de clara influencia borgeana, lo que se trasluce en otros poemas, como el metafísico “Una divagación”— en el que podemos leer estos versos: “Llega el momento en que no es verdadera/ la imagen que tú ves/ ni la que se refleja allí” o en “Nocturno del pensamiento”: “Lo que fuiste sólo lo sabrá/ esa parte de ti que desconoces”, o “La lección inexplicable”: “pesa más quien no fuiste en lo que eres/ -tu leyenda de ti, tu nada propia-/ que el balance de todo tu vivir”. Pero no sólo encontramos en este libro esa indagación elegíaca, realizada casi a tientas, sobre las dificultades de aprehender una identidad consolidada por la experiencia vital, Las identidades esconde entre sus páginas muchas más inflexiones tanto estilísticas como semánticas, porque el carácter sentencioso, aforístico podríamos denominarlo, que apreciamos en toda la obra de Felipe Benítez Reyes, no sólo en su poesía, se ve refrendado aquí por versos como los siguientes: “Cuando el viento anda oscuro calla el mar” o “tu nada viene y va, pero está siempre”. Junto a poemas narrativos, plagados de enumeraciones, como “Nápoles, plaza Garibaldi”, conviven otros de tono más lírico, aunque contengan también enumeraciones como el titulado “Son de insomnio” o “Los mirlos”, de aliento hímnico como “24 de noviembre de 2008”, o que llevan incurso una nada complaciente sátira social a la que se enfrenta, sin embargo, no de un modo directo, sino con las herramientas que la sabiduría del lenguaje le brinda, como ocurre en el poema titulado “Dinero”, al que califica como “prestidigitador de operaciones en el aire/ a escala mundial” y que tanto me recuerda al poema de Mascha Kaléko, “La luna del espejo”.

La tercera de las tres partes en las que está divido el libro, la titulada «Entre sombras y bosquejos», es acaso la más reflexiva, la que funciona como resumen de lo expresado en las partes precedentes. Definitivamente el autor toma conciencia del paso del tiempo. Lo ve ya como algo que no sólo afecta a los demás, algo ajeno, sino como parte de su devenir vital, “la gran deriva”. El poeta confirma que el paraíso es un paisaje sólo recreable en la infancia —y conviene señalar aquí la diferencia entre la infancia como paraíso y el paraíso que suponen algunos instantes de la infancia—, y ésta forma parte de un pasado irrecuperable. Pero no todo es lamento, porque el presente ofrece también alternativas, recursos que permiten reconstruir la identidad sin anclarse en la mitología individual de cada uno: “Los grandes cambios de identidad/ exigen un método basado en pequeñas supersticiones/ recién adquiridas”, escribe en el poema “Tabaco: El propósito y la enmienda”. El tiempo, parece insinuarnos Benítez Reyes, no es el responsable de las variaciones del ser. El tiempo no transcurre igual para todos, por eso es las transformaciones que sufre la identidad con el paso de los años, pueden afectar de manera desigual al lector y al poeta, incluso al hombre y al yo pensativo y contradictorio en el que se ha suscitado la perturbadora  incógnita de saber quién se es, si el que eres o el que nunca fuiste. Las identidades aborda de forma suntuosamente metafórica el problema metafísico del ser, con un lenguaje embriagador, cargado de sutilezas y significados complejos, que no se dejan apresar en una primera lectura.  Escuchamos en estos poemas la voz seductora, sin resentimiento alguno por lo perdido, de un hombre consciente de su destino, que ignora quién de los muchos yos que le habitan conforman el ser que llegará ser. La voz de un hombre, en suma, que habla por nosotros sin miedo al futuro. ¿“Quién dice permanencia?” se pregunta Felipe Benítez Reyes, recordando a Quevedo, en el poema final. Modestamente nos atrevemos a afirmar que estos poemas son intemporales, permanecerán en la memoria de quien los lea, creando identidades y, más allá de la propia construcción individual, eso es lo que realmente importa.

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